Reino Unido

Apocalypse now?

Agustín Blanco Bazán
viernes, 20 de enero de 2017
Londres, sábado, 14 de enero de 2017. Barbican. Le grand macabre, ópera en cuatro escenas con texto de György Ligeti y Michael Meschke, y música de György Ligeti. Escenografía: Peter Sellars. Elenco: Peter Hoare (Piet le Pot), Pavlo Hunka (Nekrotzar), Frode Holsen (Astradamors), Heidi Melton (Mescalina), Anthony Roth Costanzo (Principe Go Go) Audry Luna (Gepopo) Elizabeth Watts (Amanda), Ronnita Miller (Amando), etc. Orquesta Sinfónica de Londres y Coro de la Sinfónica de Londres bajo la dirección de Simon Rattle
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En el programa de mano para esta representación semiescénica de Le Grand Macabre, Peter Sellars alude a la ambivalencia de este divertimento musical sobre la muerte de György Ligeti, estrenado en versión original en un mes de abril ocho años antes del abril de Chernobyl y reafirmado después de este incidente como versión definitiva en el Festival de Salzburgo de 1997.

Según Sellars la obra es irreverente, “toda hilaridad”, pero como el protagonista principal es la muerte, aquí no se trata solo de chistes. “Ligeti perdió casi toda su familia en Auschwitz y esto él se lo toma muy en serio.” Y también Sellars se lo toma en serio, hasta el punto de actualizar su catastrófica metáfora nuclear post Chernobyl a una actualidad similarmente premonitoria. “Cuando la pieza era nueva todos decíamos que era una locura, y ahora nos damos cuenta que Ligeti pegó en el clavo. Es una obra que sigue hablándonos de manera extraordinaria porque alude a lo que estamos viviendo en este momento.” 

Muchos pensamos lo mismo cuando acudimos al Barbican este fin de semana precedente a la asunción al poder de un mitómano patológico, alguien similar en su ramplonería y malevolencia a Nekrotzar. En la inolvidable producción de Alex Ollé y Alfons Flores este charlatán que se la pasa anunciando un apocalipsis que finalmente no llega, encaraba la ambigüedad de la obra combinando su negrura con rasgos de comicidad a lo Dulcamara. No así en Sellars que propone un Nekrotzar sin atenuantes en su lúgubre y radical nihilismo. Pavlo Hunka canta y actúa el rol de su vida en su personificación de voz a la vez densa en su oscuridad y mefistofélicamente incisiva en su articulación. 

Momento de la representación de 'El gran macabro' de Ligeti. Dirección musical, Simon Rattle. Versión semiescénica, Peter Sellars. Londres, Barbican, enero de 2017 Momento de la representación de 'El gran macabro' de Ligeti. Dirección musical, Simon Rattle. Versión semiescénica, Peter Sellars. Londres, Barbican, enero de 2017 © John Phillips/Getty Images, 2016

El único problema es que si Nekrotzar no es presentado con siquiera un mínimo de humor, la obra cambia radicalmente de sentido y la maravillosa teatralidad de bromas escénicas de muertes y resurrecciones desaparece frente a una trascendencia pseudowagneriana que aplasta cualquier risa. De cualquier manera, la transgresión de Sellars invita a preguntarnos como doña Elvira: “Divertirti?” Es difícil darse el lujo de “divertirse” con la política, especialmente en el caso de un artista que todo lo ve siempre como reflejo de una realidad “made in the USA.” 

Y resultó como una concepción extrañamente retrógrada a los años setenta y al mismo tiempo de vital significado en el 2017. Todo ello en un escenario de dimensiones modestas que la Sinfónica de Londres tuvo que compartir con enormes barriles amarillos de residuos nucleares, mientras marcaba el tiempo a una alucinante secuencia de diapositivas y pelis proyectadas sobre una pantalla por encima de los agitados rizos de nieve de Simon Rattle. Luego que el público se acomodara mientras miraba el anuncio de una conferencia cumbre en Berlín y Londres sobre “clean energy”, ese eufemismo ambiental tan utilizado para promover la energía atómica, vimos en la pantalla las idas, venidas y saludos de conferenciantes mientras, en el proscenio, Astradamors y Mescalina, vestidos de bata blanca, practicaban su sadomasoquismo sexual…¡a través de sus dos laptops! La de Astradamors hizo también de “telescopio” para que el astrólogo observa el sistema solar en busca de una cometa destructora. Hacia el final de la segunda parte el astrólogo, Nekrotzar y Piet, ese hombre común continuamente borracho, cantan su trío apologético de “guerra y fuego” mientras la pantalla proyecta un mapa que se va llenando progresivamente de íconos nucleares que enumeran el numero de explosiones atómicas desde 1945 hasta 2017. Ya van 2058, incluyendo los "test” preparados en laboratorios como los de Mescalina y Astradamor y las dos bombas en Hiroshima y Nagasaki. 

Momento de la representación de 'El gran macabro' de Ligeti. Dirección musical, Simon Rattle. Versión semiescénica, Peter Sellars. Londres, Barbican, enero de 2017 Momento de la representación de 'El gran macabro' de Ligeti. Dirección musical, Simon Rattle. Versión semiescénica, Peter Sellars. Londres, Barbican, enero de 2017 © John Phillips/Getty Images, 2016

Al comienzo, y con el trasfondo de una central atómica detrás de una pradera amarilla por la sequedad, Piet le Pot combate su borrachera aferrándose a un podio desde el cual espeta un monólogo que Peter Hoare explora hasta sus últimas posibilidades en una antológica combinación de burla y drama. El convencido surrealismo de sus “la la la” cincelados con relieve en la precisa expresividad orquestal instruida por Rattle fueron una síntesis perfecta de drama y comicidad. Y en una conclusión que Sellars se resiste a poner en manos del nihilismo radical que ha dominado su concepción, dos enormes vacas con sus ubres llenas de leche nos muestran su trasero en la misma pradera, ahora verdeada por la lluvia. Bajo la batuta de Rattle la Passacaglia final fue modélica en su combinación de tersura e intensidad. Y del principio al fin, este Sir Simon dirigió con una sensibilidad y un énfasis que hizo recordar a los años en que era sólo Simon: sin efectismos ni amaneramientos bombásticos. Con la ilustración de un caballo negro en plena carrera el Galop cortó el hipo por la premura y la asertividad de tiempo y una diferenciación camerística permitió reconocer hasta el contrapunto de bajos reminiscente de la Eroica entre el agitado collage de cánones ortodoxos, ritmos brasileños, húngaros, etc. El mayor logro de Rattle fue una verdadera paradoja, a saber, el hallazgo de una coherente unidad interpretativa en medio del surrealismo radical de la narrativa dramático-musical. Heidi Merton cantó una Mescalina extrañamente lírica y agresiva, y Frode Olsen fue un incisivo Astradamor. 

Momento de la representación de 'El gran macabro' de Ligeti. Dirección musical, Simon Rattle. Versión semiescénica, Peter Sellars. Londres, Barbican, enero de 2017 Momento de la representación de 'El gran macabro' de Ligeti. Dirección musical, Simon Rattle. Versión semiescénica, Peter Sellars. Londres, Barbican, enero de 2017 © John Phillips/Getty Images, 2016

En la segunda parte los coros terminaron invadiendo los pasillos de la platea para acompañar con una estridencia apenas tolerable los desenfrenos finales de esos cameos de príncipes, políticos y policías que exponen ante su pueblo lo peor de sí mismos. El contratenor Anthony Roth Costanzo (Principe Go-Go) proyectó una voz de intenso squillo y una claridad de timbre sin engolamientos. Audrey Luna, puso una coloratura algo estridente pero bien apoyada al servicio de un Gepopo altamente contaminante, en una cama sólo visible a través de una transparente cobertura aislante. 

Las reflexiones de Sellars en el programa de mano evitan referirse a la exasperación con que su puesta tremendista fue recibida por el compositor con ocasión del estreno de Salzburgo. Exasperación porque eliminaba de la obra la genial ambigüedad teatral tan bien captada por Ollé y Flores. Pero así es Sellars, “tómelo o déjelo”, por definición parcial, pero siempre con algo que decir para reflejar la vida en el arte.

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