Danza y Ballet

Champán sin espuma

J.G. Messerschmidt

viernes, 20 de enero de 2017

Las galas de ballet son siempre ambivalentes. Es muy difícil justificarlas desde un punto de vista artístico. ¿Qué sentido tiene juntar extractos de distintos ballets entre los que no hay ninguna relación y presentárselos al público uno tras otro? Como mínimo falta cohesión. Cada fragmento ha sido pensado para estar dentro de un contexto concreto. ¿Se los puede separar de ese contexto sin que pierdan su razón de ser? Es verdad, todos los números que se bailan en una gala son “puntos culminantes”, pero ¿no hacen falta momentos de calma entre ellos para poder asimilar lo que se ha visto? ¿A quién le gustaría comer una cena de varios platos que constara solamente de postres y champaña? El problema no es sólo del público, también es de los bailarines, que no tienen tiempo para ser poseídos por el personaje que interpretan y que deben salir de modo abrupto al escenario para dar los mejor de sí mismos.

Una gala, en el mejor de los casos, puede llegar a ser una función de fuegos artificiales, con mucho de virtuosismo circense. Volviendo a la comparación culinaria, para el espectador una buena gala es como una orgía de dulces y vino espumoso: para ser digeribles, los postres y el champaña deben ser (¡por lo menos!) de primera categoría. Por este motivo, no abundan las compañías que puedan salir bien paradas de una gala. Es probable que la única capaz de superar brillantemente el desafío sea la del Teatro Mariinsky...

Lamentablemente el Ballet del Estado de Baviera, a pesar de todas sus virtudes, no es el Kirov. Tiene un buen cuerpo de baile, pero muy pocos solistas de gran nivel, que es lo que hace falta en un evento de esta clase. El primer problema con el que nos encontramos en esta función es la música. No hay orquesta, la música sale de un equipo de esterofonía que no es, ni mucho menos, de los mejores. El motivo tal vez sea que la Orquesta del Estado de Baviera, que normalmente acompaña a al Ballet, esta noche tenía una función de ópera en el Teatro Nacional. Pero en Múnich hay unas cuantas orquestas profesionales que la misma velada estaban libres: la Orquesta de la Radio de Múnich, la Sinfónica de la Radio de Baviera, la del Teatro Estatal Gärtnerplatz, la Sinfónica de Múnich y la Orquesta de Cámara de Múnich. ¿Habría sido tan difícil (o tan caro) emplear a una de ellas? Es inimaginable que en una gala de ópera los solistas canten con un acompañamiento orquestal de disco. En todo caso, sería ya hora de que el ballet dejara de ser una especie de Cenicienta de las artes.

La función que reseñamos, que se celebró el 12 de enero en el Prinzregententheater y constó prácticamente sólo de pas de deux, se abrió con uno del Cascanueces (coreografía de Vainonen y música de Chaikovsky). La ejecución de Tatiana Tiliguzova y Dmitrii Vyskubenko fue de corrección escolar y nada más.

Siguió un número protagonizado por los mejores bailarines que posee esta compañía, Maria Shirinkina y Vladimir Shklyarov. Se titulaba Parting y la música era una pieza compuesta por un músico llamado John Powell (compositor de cine) que llevaba el título de Assasin’s Tango ¿Hace falta decir algo más sobre ella? Pasemos pues a la coreografía de Yuri Smekalov (un bailarín del Mariinsky), muy digna de la composición del Sr. Powell. Difícil será hallar una más banal colección de lugares comunes acerca del tango y su significado: erotismo fogoso, pasión incontrolable, hombre desesperado y débil, mujer fatal y dominante, lucha de sexos... No habla enfavor del público el hecho de que se entusiasmara hasta el delirio con una creación de esta calaña. En todo caso, la pieza, que pretendía pasar por moderna, tenía sus dificultades, que Shirinkina y Shklyarov resolvieron brillantemente. En bailarines como ellos se ve la categoría artística independientemente de lo que bailen. Lástima que se les haga perder el tiempo con cosas como ésta.

A continuación le tocó el turno a El lago de los cisnes (Coreografía de Petipa e Iwanow, música de Chaikovsky). Erik Murzagaliyev se limitó a acompañar discretamente a Priska Zeisel. Ésta se mostró poco inspirada, se echaron de menos acentos y el port de bras fue bastante débil. Todo resultó un poco mecánico y falto de fluidez.

El pas de deux de Las llamas de París (coreografía de Vainonen, música de Asafyev) fue interpretado voluntariosamente por Elizabeta Kruteleva y Adam Zvonař. Éste se mostró como un bailarín eficaz y entregado. Su compañera bailó con decisión y gran seguridad, sin que en la coda faltara una sensacional serie de fouettés.

Cerrando la primera parte, Ksenia Ryshkova y Alexander Olmechenko, con parte del cuerpo de baile, interpretaron el Grand Pas Hongoris de Raymonda, con música de Glazunov y coreografía de Petipa. En Ryshkova sobresalió una elegancia que se correspondía plenamente con su papel. Con porte majestuoso ejecutó su parte de modo técnicamente limpio. Su acompañante quedó algo eclipsado por ella.

Otro pas de deux, esta vez de Espartaco (coreografía de Grigorovich y música de Jachaturián), abrió la segunda parte. Prisca Zeisel (Egina) se desenvolvió aquí con mucho más soltura y cómodidad que en El lago de los cisnes, mientras que Erik Murzagaliyev (Craso) se limitó a hacer acto de presencia y a servirle de apoyo en los momentos oportunos.

Uno no puede dejar de preguntarse por qué se incluyó en esta gala la fea coreografía Voces de primavera, de Ashton con el vals homónimo de Johann Strauss. Se trata de una pieza falta de musicalidad y de inspiración, en la que la danza se queda muy por debajo de la música, aun cuando ésta sale de un mediocre amplificador. No se puede evitar el comparar esta coreografía con la añeja de Leonid Jakobson titulada Vals vienés, una exquisitez que se debería recuperar. Pero volviendo a “Voces de primavera”, sus intérpretes, Mai Kono y Javier Amo, hicieron lo que pudieron, lo cual, dada la fealdad de la obra, no sirvió de mucho.

Para compensar un poco tanta mediocridad, siguió una actuación que fue realmente extraordinaria y, sin ninguna duda, la mejor de la velada: números como éste son los únicos que justifican la celebración de una gala, siempre que sean la mayoría, y no como en esta ocasión, un caso aislado. Maria Shirinkina y Vladimir Shklyarov en el pas de deux de El corsario (coreografía de Andrianov y Tschabukiani, música de Drigo) dieron una lección de virtuosismo y de rigor clásico. Shirinkina posee un muy hermoso port de bras, a lo que se une su increíble precisión en los pasos y un estilo que refleja en toda su pureza lo mejor de la tradición clásica de San Petersburgo. Sus giros, con los ejes perfectamente centrados, son de una rara blandura, sin que la exactitud se resienta de ello. Por su parte, Skhlyarov se revela nuevamente como uno de los más grandes bailarines de nuestros días. No es sólo que sea capaz de dar saltos y quedarse suspendido en el aire, que su elevation resulte fabulosa, ni que sus tours en l’air y su manège sean vertiginosos. Lo principal es que sabe ejecutar estas acrobacias con una elegancia enorme y propia de un bailarín muy hecho, muy maduro, y al mismo tiempo con frescura y empuje juveniles.

No es envidiable la suerte de los bailarines a los que les tocó salir a escena después de esta intervención de la pareja estrella. Jonah Cook y Ksenia Ryzhkova se defendieron bien en el pas de deux del balcón (aquí sin balcón) de Romeo y Julieta (coreografía de Cranko, música de Prokofiev). A Ryzhkova, elegante, le faltó algo de lirismo, mientras que Cook cumplió con su cometido sin tropiezos.

Para acabar, Ivy Amista y Osiel Gouneo ofrecieron el Grand Pas de deux de Don Quijote. Gouneo es un prodigio de flexibilidad, además de poseer envidiable elevation y un magnífico ballon. Se tomó muchas libertades en su variación, pero nadie se lo puede echar en cara en vista de los resultados. También se toma libertades en su trabajo con Ivy Amista a la que lanza en el aire en posición de grand écart para recogerla inmediatamente y pasar sin pausa a hacer el pez, un efecto verdaderamente espectacular. Se trata de una pareja extraordinariamente bien coordinada. Amista bailó una Kitri impecable, fogosa, con pasos y gestos de acentuación precisa y, para entusiasmar al público, bastantes acrobacias, como su larga y vertiginosa serie de fouettés.

A pesar de Gouneo y Amista, a pesar de Shirinkina y Shklyarov, al final de la gala uno se va a casa con una cierta decepción, como si al champán que le sirvieron a los postres le hubiera faltado la espuma...

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