Opinión

Los públicos del teatro

Andrés Amorós

miércoles, 22 de noviembre de 2000
En un coloquio que tuvo lugar en la madrileña Casa de Velázquez sobre Creación y público en la literatura española, las opiniones fueron tan discrepantes que tuvo que intervenir uno de los maestros, Noel Salomon, para recordarnos a todos que no existe hoy un solo público: en la sociedad actual, tan compleja, tan globalizada, lo que hay son públicos, en plural.Si no tenemos en cuenta este principio, tan básico, no podremos entender tantos casos en los que la valoración de los espectadores y la de los presuntos expertos difiere radicalmente.Baste con recordar un ejemplo. De don Pedro Muñoz Seca se dijo, en su tiempo, que nunca un autor había obtenido tal éxito de público a la vez que era vapuleado tan cruelmente por la crítica prestigiosa.El tópico tradicional suele oponer en el teatro –y el arte, en general- de masas, que es despreciable estéticamente, y el teatro de calidad, que no alcanza éxito de público.En la actualidad, esa barrera no está nada clara. Los estudios de María Francisca Vilches han probado, con una sólida base documental, que muchos espectáculos nacidos con vocación de populares –prefiero no poner ejemplos, aunque me sería muy fácil- no han tenido eco en el público; en cambio, espectáculos de altísima calidad, que podrían haber sido minoritarios, han alcanzado un enorme éxito popular: recordemos los espectáculos de Joglars o de la Fura dels Baus, las Luces de Bohemia de Valle-Inclán que dirigió Lluis Pasqual en el Centro Dramático Nacional o las Maravillas de Cervantesque ha montado Joan Font para la Compañía Nacional de Teatro Clásico.Este último espectáculo podría ilustrar un ideal que todos buscan: sobre la base de un texto de primera categoría, un espectáculo que divierte a públicos de todas las edades, de muy diversos niveles sociales y culturales. Por eso, en la gira por muchas ciudades españolas ha alcanzado un índice del 98% de ocupación.No despreciemos al público "popular": Shakespeare no escribía para los Shakesperianos ni Cervantes para los Cervantistas…..Recordemos lo que supuso La Barraca, la mayor ilusión de Federico García Lorca. Todos los que participaron en esta empresa la consideran inolvidable. Mencionemos sólo un testimonio de don Jorge Guillén:En la plaza del pueblo, a poco de comenzar la representación a cielo abierto, se pone a llover implacablemente, bien cernido y menudo. Los actores se calan sobre las tablas, las mujeres se echan las sayas por las cabezas, los hombres se encogen y se hacen compactos; el agua resbala; la representación sigue; nadie se ha movido.Este maravilloso público popular asistía a la representación de un auto sacramental de don Pedro Calderón de la Barca.En la historia del teatro español del siglo XX, nadie olvidará a Benavente, Valle-Inclán, García Lorca o Buero Vallejo, entre los autores; a María Guerrero o Margarita Xirgu, entre las actrices. Está muy bien pero no es suficiente. Habría que recordar también a Arniches y Muñoz Seca, a las parodias y el género chico, a Enrique Rambal y Loreto Prado, a José Isbert y Lina Morgan …..No menospreciemos el teatro cómico, el teatro popular. Muchas veces he repetido que un buen sainete es infinitamente mejor -y mucho más divertido- que una mala tragedia. La trascendencia mal entendida suele conducir al desinterés por estos "géneros menores", sin tener en cuenta que su valor histórico y sociológico -además del literario y teatral- suele ser enorme.El autor de teatro escribe para ser representado: si no, elegiría otro género. (Otra cosa es que algún genio como Valle-Inclán se anticipe a su tiempo).Puede haber teatro sin vestuario, sin coreografía, sin un local específico, incluso sin texto literario. No puede haber teatro sin un actor que se dirige a un espectador: un ser humano que se dirige a otros seres humanos, sobre un espacio vacío, como ha definido Peter Brook.Por eso, el teatro es un fenómeno humano de comunicación, un "boca a boca" que nos impide ahogarnos, una comunión que no puede morir.

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