Italia

La inutilidad de las palabras

Jorge Binaghi
jueves, 16 de febrero de 2017
Milán, domingo, 5 de febrero de 2017. Teatro alla Scala. Ciclo extraordinario: Mahler: Sinfonía nº. 9 en re mayor. Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks. Dirección: Mariss Jansons
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Una reseña –más que crítica, sobre todo en este caso- debe ser consciente de sus limitaciones: de espacio, de tiempo, de capacidad. Pero hay veces en que uno entiende el porqué de esa vieja verdad de que la música expresa todo aquello a lo que las palabras no llegan, o sólo lo hacen en manos de un artista. Yo amo la palabra (más la escrita que la hablada), me he ganado la vida de diversas formas con ella en diversos idiomas (siempre menos que los deseables y en el nivel deseable), pero no soy capaz de expresarme con y sobre ella como – por ejemplo- lo hace Neruda en sus memorias.

Mientras salía, como cada vez es más raro que me ocurra, casi sin poder hablar de este concierto comenzado a hora temprana de una tarde de domingo lluviosa y detestable, una de las primeras preguntas que me formulé en silencio (mientras escuchaba –sin poder evitarlo-a algún maniático de las comparaciones explayarse sobre la mayor o menor bondad de otras lecturas de la obra en programa) es ‘¿y yo qué escribo?’. Porque decir, en ese momento, no podía. Como me suele pasar con Mahler, cuando se lo hace de este modo, si durante el concierto se me aparecen imágenes caleidoscópicas de todo tipo, al final, casi invariablemente, pienso en varios de mis ausentes y en lo que probablemente habrían experimentado (‘disfrutado’ es un participio que ni me gusta para una comida, así que mucho menos para la música).

Yo no sé si la novena es un enorme poema sobre la ausencia, pero seguramente lo es –y me perdonen los partidarios de entenderla como ‘música pura’ y por tanto de juzgarla en tanto que resumen de lo anterior y previsión o profecía de futuro (por descontado, con algunos hombres como Mahler)- sobre una muerte para la que ya le faltaba poco tras una vida de experiencias variadas, pero en la que predominaban los problemas y sufrimientos. Con sólo haber escrito el último movimiento de esta sinfonía en concreto (su última realizada por entero, y la décima si consideramos sinfonía La canción de la tierra –otra que tal…) el inmenso Gustav tendría asegurado, no sé si el acceso al panteón de los grandes músicos que han expresado del mejor modo lo mejor –que no es mucho- de la especie humana, pero seguramente sí el agradecimiento de todas las personas ‘de buena voluntad’ (tampoco son legión; yo no sé si formo parte de ellas, aunque no me disgustaría), casi siempre consideradas imbéciles, inmaduras, irrealistas, ingenuas, y otras lindezas, esas sí propias de los bípedos parlantes.

Pero, claro, hay otros tres movimientos por delante, y cada uno tiene lo suyo. Ese primero de dimensiones más que amplias (y que no se hace largo), y que termina disolviéndose (morendo literalmente), donde en los primeros minutos ya está expresado todo, o casi, lo que vendrá después, y donde las cuerdas más de una vez –como en otros momentos de la obra- ‘tiemblan’. El segundo, con esa veta de inspiración de los Ländler apenas da algo de tregua, con sus evocaciones entre melancólicas y un punto divertidas que van a desembocar en el vigoroso tercero (‘allegro assai’) que con su forma ‘rondó-burleske’ examina los aspectos más ‘irreverentes’ y grotescos antes de que dé comienzo el ‘adagio’ final (indicado ‘sehr langsam und noch zurückhaltend’ –o sea ‘muy lento y además circunspecto’) que es esa meditación, resignación, aceptación del final que, dicen, en muchos se produce en la fase última de la existencia (ese breve silencio antes de los últimos compases tiene el efecto de un mazazo: parece –si no es- la pausa tras la recapitulación y antes de echar la última mirada hacia atrás mientras se prepara a ‘lo que viene’).

Desde ya una obra tan ‘variada’ y ‘contrastante’, de hora y veinte, requiere una interpretación acorde y un público dispuesto.

Los tuvo aquí. Si el teatro no estaba agotado, sí estaba muy lleno, y muy participativo en el mejor sentido: atento, silencioso, con apenas alguna tos que probablemente se haya debido más que a un resfriado al ‘clima’ que se iba construyendo. Por una vez no sólo se esperó a que Janssons dejara la batuta (tardó un buen momento), sino que ‘de común acuerdo’ pasaron algunos instantes más hasta que la ovación y los bravos atronaran, con justicia, la sala.

De la interpretación, ¿qué se puede decir? La orquesta es de las mejores europeas como lo prueban sus diferentes directores estables e invitados. Tienen un nivel técnico notabilísimo, un empaste típico de los que están para hacer música más que para exhibirse (buena mezcla de edades, sexos y nacionalidades, mucho mejor receta que los muros de antes, de ahora y de mañana): un clarinete sonriente, un fagot muy serio, complacidos por el resultado, pero también por la interpretación general y de sus otros colegas, podrían resumir la actitud de toda la orquesta. El solo de violonchelo del último momento quedará para el recuerdo. La perfección de los metales, el diálogo de vientos y cuerdas, el terciopelo no sólo estético de las violas; las pequeñas pero decisivas intervenciones de las arpas, un pequeño microcosmos, como algunas de esas breves frases que no parecen tener en sí una elaboración o desarrollo posterior ejecutadas como intensos aunque brevísimos ‘monólogos’. Claro, además, que todo tiene que responder a la concepción del director. Nadie va a descubrir a Jansons, su enorme vitalidad, su empatía, su gusto por la partitura que ha elegido (verlo sonreír también a él era también una reseña formidable de lo que estaba ocurriendo), su gesto preciso, su capacidad para dirigir por sectores o a algún instrumento solista sin perder de vista el conjunto, su dinámica nunca exagerada, su ritmo en absoluto mecánico y sin ninguna concesión a la complacencia, su capacidad para cambiar la batuta de mano y a veces casi hacerla desaparecer o parecer inútil (su formación en Rusia es clara, como también su independencia de ‘modelos’): esto último, junto con un juego de brazos más abarcador fue notable en el último movimiento, donde la concentración fue, si cabe, aun mayor (la sonrisa es una cosa, la sensibilidad y la expresividad otra, y no hay contradicción entre ambas).

He sido largo, discursivo casi, y me doy cuenta de que no puedo reflejar con exactitud lo que ocurrió esa tarde en la Scala. Supongo que ni aunque hubiera una grabación fidelísima sería lo mismo. Y eso es lo que hace única la experiencia en vivo. Aunque nos deje noqueados. O, mejor, precisamente por eso: porque nos deja noqueados.

 

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