Discos

Héroes a medias

Alfredo López-Vivié Palencia
miércoles, 1 de marzo de 2017
Richard Strauss: Don Juan, op. 20; Ein Heldenleben, op. 40. NHK Symphony Orchestra, Tokyo. Paavo Järvi, director. Director de grabación e ingeniero de sonido: Tomoyoshi Ezaki. Un disco compacto de 62 minutos de duración, grabado en vivo en el Suntory Hall de Tokyo los días 18 y 19 de febrero de 2015. RCA 88985391762
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No es habitual que lleguen a este continente grabaciones de la Orquesta de la NHK (la corporación de la televisión pública japonesa) con obras del canon centroeuropeo. Tal vez a causa de la proverbial prudencia nipona y el respeto que tienen allí a los viejos maestros alemanes (a los compositores y a los directores). El caso es que, aprovechando el segundo curso de titularidad de Paavo Järvi, que la orquesta acaba de cumplir 90 años, y que en estas fechas se lanzan a su primera gira por Europa, RCA edita un concierto en vivo –y con una toma de sonido que hace justicia a la aclamada acústica del Suntory Hall de Tokyo- en lo que se presenta como primera entrega de una colección dedicada a los poemas sinfónicos de Richard Strauss.

El éxito de una interpretación de Don Juan reside en arrancar con valentía y arrogancia, y después dejarse llevar por los acontecimientos. Järvi lo sabe, lo hace, y además tiene ocasión de presumir de una orquesta virtuosa, que suena equilibrada en todas sus familias, aunque la cuerda presente ciertas aristas metálicas. Hay algún altibajo en el discurso del estonio: el oboe frasea con distanciamiento en la escena de amor (6’40’’), pero luego la llamada de las trompas es impresionante (10’05’’), y a la conclusión le falta ese punto de arrebato que haga inexorable la condena del protagonista. Pero en conjunto es una versión brillante.

Con Ein Heldenleben las cosas no son tan sencillas. Por de pronto, las dificultades técnicas ponen a prueba a las mejores orquestas (Sir Henry Wood dedicó nada menos que diecisiete ensayos para el estreno de la pieza en Londres en 1903). Pero el auténtico secreto está en trascender su ramplonería superficial y bucear en aguas más profundas: en cierta ocasión, estaba el propio Strauss ensayando la obra con la prestigiosa orquesta del Augusteo de Roma (previamente preparada a conciencia por su entonces director Bernardino Molinari), cuando de pronto detiene el ensayo y dice: “Caballeros, puedo oír todas las notas; ahora por favor denme una impresión de la música.”

Järvi lo consigue sólo a ratos. La entrada del héroe es fulgurante y tiene fuerza; la representación de los críticos es deliciosa en su tratamiento más pueril que sarcástico (espléndidas las maderas de la orquesta); y la batalla se hace –conscientemente- de mentirijillas, mientras se escucha absolutamente todo en este número complicadísimo, coronando en una victoria de sano regodeo. Sin embargo, la intervención de Pauline a cargo del concertino Fuminori Maro Shinozaki sale más bien tibia (es bien sabido que Frau Strauss era una mujer de armas tomar, y éste es el número más auténticamente autobiográfico de la obra), y en consecuencia la escena de amor queda deslucida.

En los dos últimos movimientos a Järvi se le escapa la introspección (la meditación del corno inglés suena plana cuando debería recordar a Don Quijote) en una lectura que sí, está dicha en voz baja, pero olvidando su carácter agridulce y su íntimo recogimiento: aquí está la verdadera escena de amor de la obra, vivida en serenidad y en plenitud. Y es en este momento cuando uno cae en la cuenta de que para acceder al Suntory Hall hay que atravesar una plaza que lleva el nombre de Herbert von Karajan.

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