Francia

Présences 1. La bella y la bestia

José Luis Besada
lunes, 20 de febrero de 2017
París, viernes, 10 de febrero de 2017. Maison de la Radio. Kaija Saariaho: Graal Théâtre. Adriana Songs. Raphaël Cendo: Denkklänge. Jennifer Koh, violín. Nora Gubisch, mezzosoprano. Orchestre Philarmonique de Radio France. Dima Slobodeniouk, director.
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En 2017 el festival Présences ha decidido volver a sus orígenes. Durante los últimos años, el foco solía ubicarse en torno a una región geográfica –el año pasado Italia, por ejemplo–; en la actual edición se ha recuperado el formato de retrato en torno a una figura internacionalmente aclamada. Tal honor ha recaído este año en Kaija Saariaho, recién llegada a Europa tras su apabullante triunfo en el MET con su ópera –ya repertorio indiscutible– L’Amour de loin. Como obertura del festival, sus organizadores han empezado con una apuesta francamente arriesgada: la confrontación de la apolínea música de la finlandesa frente al ditirambo iconoclasta del nizardo Raphaël Cendo.

Bajo la precisa batuta de Dima Slobodeniouk, la velada arrancó con todo un clásico del catálogo de Saariaho. Su concierto para violín Graal Théâtre, compuesto en 1994, marca en cierto modo un hito fundamental en su trayectoria hacia un giro más conservador, pero al mismo tiempo hacia el estilo nítidamente reconocible que tanto éxito de público le ha hecho cosechar. Jennifer Koh estuvo soberbia al violín, con una paleta de dinámicas tan amplia como cuidada, y una gran pulcritud en la transición de sonidos ordinarios a armónicos tan querida por la compositora. Su diálogo con el director ruso fue del todo eficaz, y solo podemos lamentar algún exceso muy puntual en los metales y la percusión. El público recibió una interpretación tan transparente con un prolongado aplauso a la solista.

Tras este arranque llegó el estreno de la noche. Intuimos el poco aprecio por la partitura que tenían algunos músicos de la orquesta antes incluso de que empezasen a interpretarla: durante la afinación, el segundo chelista añadió un son écrasé, de alguna forma advirtiendo de la avalancha de sonidos saturados que nos esperaba. Este tipo de comportamientos, junto con algunas muecas y risas contenidas en los contrabajos y violas, son una actitud inaceptable en la primera lectura pública de la obra. En efecto, su labor era intentar dar la mejor versión posible de la pieza orquestal y manteniendo una seriedad profesional. Esto debería haber acontecido aunque pensasen que Denkklänge era una auténtica tomadura de pelo, opinión que en cualquier caso compartimos. Parece que Cendo, aún con ya más de cuarenta años a sus espaldas, no quiere salir del Neverland que cobija su radical impostura musical. Su enésima matraca saturada demuestra que sigue siendo capaz de explorar nuevas sonoridades insólitas en los instrumentos, pero que es del todo lego en el arte de la orquestación –entendida ésta como combinación y balance del compendio de sus materiales instrumentales– y que en el Conservatorio de París quizás nadie le debió hablar jamás de lo que es la forma musical. Sus pasajes en fortissimo puede que epaten todavía a algún oyente, pero, cuando desciende del umbral del mezzopiano, quedan a la vista todos los zurcidos propios de un músico con oficio limitado y con bastante menos imaginación de la que nos pretende convencer.

Salimos durante el descanso pensando hasta qué punto ambos presupuestos artísticos planteados eran fruto de convicciones estéticas, o, en todo caso, la consecuencia de unas aptitudes técnicas. En ese sentido, nos vino a la memoria una obra de juventud de Saariaho para electrónica y orquesta, Verblendungen, que arranca con una abrasadora y ruidista entrada del efectivo instrumental. A cambio, él no ha aportado hasta la fecha ningún pasaje de delicado control de las dinámicas y el timbre sin para ello recurrir a banales texturas de fondo, escasamente trabajadas en el detalle.

Un nuevo choque de intensidad dinámica se vivió en la última de las cuatro piezas que conforman Adriana Songs de Saariaho. Material escindido de su segunda ópera Adriana Mater, resulta un poco desconcertante su título. A fin de cuentas, el texto de Amin Maalouf cantado por la mezzosoprano poco o nada tiene que ver con una canción; refleja en todo caso las reflexiones del rol principal de la ópera. Nora Gubisch encarnó fielmente su papel, quizás incluso en exceso, dándonos la sensación de estar en la versión de concierto de una obra escénica; por momentos pensábamos que la colección de fragmentos debería haberse llamado en todo caso Adriana Arias. El momento más impactante tuvo lugar en el tercer movimiento, donde Saariaho concatena breves compases con importantes cambios de sensación de pulso y cinética agógica de los materiales. Slobodeniouk lo afrontó con gran precisión de gesto, pero dejando igualmente a la orquesta respirar. Mereció por tanto el prolongado aplauso que, tanto a él como a la cantante y a la compositora, tuvo el público parisino a bien regalarles.

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