España - Galicia

Ejercicios de respiración

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 23 de febrero de 2017
A Coruña, sábado, 18 de febrero de 2017. Palacio de la Ópera. Khatia Buniatishvili, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 1 en Do mayor, op. 15; Toshio Hosokawa: Woven Dreams; Richard Strauss: Tod und Verklärung, op. 24. Asistencia: 80%
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Tras besar galantemente la mano de Khatia Buniatishvili, el concertino Massimo Spadano se quedó tan patidifuso al observar el generosísimo escote posterior de su vestido que no reparó en la mano que le tendía Dima Slobodeniouk. No había para menos: aquello no era un “palabra de honor” por la parte de atrás, sino todo un “lo juro por La Bohème de Karajan.” Media hora después era el público entero –y un servidor el primero- quien se quedaba boquiabierto con la interpretación que hicieron todos del Primer Concierto de Beethoven.

El Concierto en Do mayor es de esas piezas de las que uno ha escuchado muchas versiones adocenadas, que hacen pensar en qué razones han podido llevar a ponerla en atriles. La de esta noche, por el contrario, fue una revelación: solista, orquesta y director comulgaron con un mismo concepto basado en la fluidez, la transparencia y la elegancia, e hicieron de la obra el mejor ejemplo de eso que llamamos “el estilo clásico” en la más noble de sus acepciones. Buniatishvili exhibió un toque limpio y un fraseo delicado, mientras Slobodeniouk mimaba todos los detalles de la orquesta en una interpretación desde luego históricamente informada pero en absoluto antipática.

Valga como ejemplo el movimiento lento, en el que pianista y orquesta se cedían mutuamente la palabra para empezar o terminar las frases, respirando con naturalidad y a la vez, en comunión de tiempos y de dinámicas para no taparse una a otra: Buniatishvili hizo una entrada del piano casi irreal, y Slobodeniouk se relamió en el acorde final de los clarinetes con un ligero sforzando. El público les premió con ganas, y la georgiana correspondió con la segunda parte de la Rapsodia húngara nº 2 de Liszt-Horowitz, tocada a una velocidad que dejaba atrás el vértigo.

Ensayo de Khatia Buniatishvili con la  Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, directorEnsayo de Khatia Buniatishvili con la Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director © 2017 by Consorcio para la promoción de la música

Asistí en Lucerna en 2010 al estreno mundial de Woven Dreams del japonés Toshio Hosokawa, que esta noche se daba por primera vez en España. La obra, según el autor, refiere el sueño que tuvo acerca de su propia vida mientras fue un feto dentro del vientre materno, representada como un viaje sin retorno hasta que vino al mundo. Entonces no me gustó demasiado, y sin embargo hoy la escuché con agrado: la obra es premiosa pero no aburrida, nace del silencio y acaba en el silencio, apenas interrumpida en algunos momentos de trepidancia por el flujo y el reflujo del líquido amniótico (las trompas emitiendo sólo aire), el lenguaje es fácilmente asimilable para todo el mundo, y se emplean con prudencia los recursos orquestales; aunque me siguen sobrando algunas de sus muchas campanitas. La versión de Slobodeniouk y la OSG me pareció muy cuidada, y al público le gustó.

Si damos por buena la transcripción literaria que de Muerte y Transfiguración hizo el dramaturgo Romain Rolland –oportunamente citada en las notas del programa de mano-, el moribundo protagonista entra en escena no ya con la respiración entrecortada, sino directamente faltándole el aire. A mí me parece una interpretación acertada, y por esa misma razón la de Slobodeniouk no me acabó de convencer, porque arrancó la obra con respiración asistida; después se enmendó, dando los episodios de enfrentamiento con la guadaña con todo su dramatismo; pero en el final volvió a las andadas y la transfiguración salió de laboratorio.

Esto es, en el comienzo eché de menos un tiempo más pausado y sobre todo más irregular, dando significado a las pausas; y en la conclusión –de nuevo con prisas- me faltó un aliento más expansivo (eso que un día me resumió el compositor canario Falcón Sanabria diciendo: “cómo es posible escribir casi diez minutos seguidos en Re mayor sin dejar de ser glorioso”). Lo que no quita para reconocer y admirar una ejecución de muy alto nivel por parte de la Sinfónica de Galicia –estupendamente empastada-, así como la concentración de Slobodeniouk, que supo dar cuerpo a la cuerda y contención al metal. 

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