España - Castilla y León

Fazil Say, un mozartiano de raza

José del Rincón
martes, 7 de marzo de 2017
Valladolid, jueves, 12 de enero de 2017. Sala sinfónica del Auditorio “Miguel Delibes”. Fazil Say, piano; Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Damian Iorio, director. Emilio Aragón, La flor más grande del mundo; Mozart, Concierto nº 23 en La Mayor, K. 488; Ottorino Respighi, Las fuentes de Roma, P. 106; Edward Elgar, In the South (Alassio), op 50. Abono de proximidad de Soria/Aranda de Duero de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León.
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Desde hace varios años, disfruto de un abono de los llamados “de proximidad” de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, excelente iniciativa de la orquesta de una comunidad autónoma muy extensa. Y debo reconocer que no suelo encajar bien la noticia de que la primera vez que voy a escuchar a un pianista muy virtuoso (y quién sabe si la última), se anuncie que éste va a tocar un concierto de Mozart, compositor que me gustaría escuchar a “especialistas” como Daniel Barenboim, Maria João Pires o Christian Zacharias. Alguna vez se han visto confirmados mis presagios, como cuando vi en tales lides a un Nikolai Luganski a quien no me importaría haber escuchado tocar Prokofiev, por ejemplo, en vez de la música del salzburgués.

He de reconocer que, en el caso de Fazil Say, me equivoqué del todo cuando volví a ser presa de esos prejuicios. Say demostró ser un mozartiano descomunal, un mozartiano de raza a quien yo ahora mismo sitúo con los mayores merecimientos en el selecto grupo de los que considero especialistas en el genio de Salzburgo. El pianista turco eligió esa obra maestra absoluta que es el Concierto nº 23 en La Mayor K. 488. Huelga decir que Say fue sobrado en cuestiones técnicas, porque es capaz de tocar sin despeinarse obras técnicamente mucho más difíciles. Musicalmente me pareció excelso. El extraordinario movimiento lento fue interpretado con una intensidad emocional fuera de lo común; igualmente, los dos movimientos rápidos demostraron la expresión de una vitalidad extraordinaria y fueron tocados con una profundidad no exenta de la alegría que corresponde al modo mayor en que fueron compuestos. Tal fue la calidad de la ejecución que no le doy la menor importancia a las excentricidades extrapianísticas en que incurre el pianista turco, de las cuales la gestualidad es la que menor importancia tiene: no sólo pone las consabidas ‘caras’ tan habituales en muchos pianistas, sino que hace exagerados movimientos laterales de vaivén con el tronco y mueve la mano izquierda cuando no toca de tal manera que uno no sabe si está queriendo dirigir la orquesta o si es un gesto sin más utilidad que la libre expansión del músico. El exceso gestual tiene fácil arreglo con ignorarlo o con cerrar los ojos, pero Say también canturrea mientras toca, a la manera de un Glenn Gould o de un Radu Lupu y, como cualquiera de los dos pianistas citados, también canta mucho peor que toca. Sin embargo, a diferencia de este último, me gusta tanto cómo toca Say que le perdono hasta que cante. Canturreos aparte, el pianista de Ankara fue original en todo momento sin llegar a ser arbitrario en lo musical, que es lo que importa.

El acompañamiento de Damian Iorio no desmereció en absoluto de la excelencia de Fazil Say y dirigió a la OSCyL con limpieza y con sobrada musicalidad, acoplándose a la perfección al solista. Como propina yo esperaba otra vez alguna obra técnicamente muy difícil que demostrara el gran virtuoso que es Say, pero éste volvió a sorprenderme tocando, con la ayuda inestimable de Iorio y de la orquesta, el Andante del Concierto número 21 K. 467, que comparte con el del número 23 el hecho de ser quizás el movimiento central más conocido de todos los conciertos para piano y orquesta de Mozart. Tan sublime música fue servida por Say y por Iorio con la misma calidad que el concierto que figuraba en el programa.

Precedió al concierto de Mozart La flor más grande del mundo, obra orquestal del polifacético Emilio Aragón, que escuché en Radio Clásica poco después de su estreno y que me sorprendió en su momento por su buena factura. Ya en una música como ésta, muy tonal y basada en buena medida en los clichés de cierta música cinematográfica de las últimas décadas, Damian Iorio demostró su calidad como director. Vaya por delante que un proyecto como 'Mosaico de sonidos' me parece admirable, no sólo por la integración de los discapacitados psíquicos, sino también por el intenso e ilusionante trabajo que ha vertido en él un buen puñado de músicos de varias orquestas sinfónicas españolas. Algo menos me gusta el oportunismo de Aragón al aprovechar la coyuntura de un proyecto humanitario para reestrenar a diestro y siniestro en las mejores plazas una obra que ya gozó en su momento de inmejorables oportunidades de ser tocada y cuya grabación recibió incluso muy buenas críticas; estaría bien que otros músicos españoles actuales más centrados en la composición pudieran disfrutar también de estos privilegios.

Damian Iorio dirigió hace cuatro años a esta misma orquesta una excelente versión de la Novena de Shostakovich, que a mí se me hizo corta. En la segunda parte del concierto que ahora estamos reseñando, dirigió dos obras: Las fuentes de Roma, P. 106 de Ottorino Respighi, y In the South (Alassio), op 50 de Edward Elgar. Respighi es muy buen compositor y un excelente orquestador, injustamente tratado por algún manual español que estudié en mis años mozos. También fue muy bien elegida In the South, que no es la obra de Elgar que más programan las orquestas españolas pero sí una obra muy interesante, digna de ser escuchada y que se presta al lucimiento de orquesta y director. Iorio dirigió ambas obras aún mejor que el Shostakovich al que nos referíamos antes; en su biografía del programa de mano se nos dice que “dirige un variado repertorio que se centra en la música tardorromántica y de principios del siglo XX, pero llega hasta el periodo clásico temprano y transita por el contemporáneo” y que “sus antecedentes familiares angloitalianos (…) le influyen en ese sentido”. Yo no podría expresar mejor la afinidad que Iorio tiene con las obras que dirigió en la segunda parte de este concierto; si me he permitido la inusual licencia de citar de forma literal la biografía de un intérprete es también porque está traducida a castellano ejemplar.

Las versiones de Iorio fueron a ratos delicadas y en otros momentos, vigorosas y brillantes. Si tuviéramos que destacar algún rasgo que distingue al británico de otros excelentes directores jóvenes que hemos escuchado en los últimos meses en este mismo auditorio es la extraordinaria transparencia que consiguió de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Por cierto, coincido con mi colega de Mundoclásico.com Samuel González Casado en resaltar el espléndido momento que está atravesando la orquesta.

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