España - Valencia

Con la esperanza a cuestas

Rafael Díaz Gómez
lunes, 1 de abril de 2002
Valencia, jueves, 21 de marzo de 2002. Palau de la Música, Sala Iturbi. Primer concierto de abono de la temporada de primavera. D. Shostácovich: Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerda en do menor. G. Mahler: Sinfonía nº 6 en la menor. Alexander Toradze, piano. Konstantin Baryshev, trompeta. Orquesta del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Valery Gergiev, director. Aforo para la representación: 1800. Ocupación: 95%
0,0001385 Hasta cierto punto era lógico que se esperara un concierto de Shostácovich ligero, tirando a frívolo, como prólogo al vasto drama que la Sexta de Mahler suele considerarse. Algo así como una dosis previa de optimismo que contrarrestara la corrosiva carga expresiva de una sinfonía titulada Trágica. No hubo tal. Incluso pareció que en lo ofrecido por los músicos del Mariinski se dio un cambio de papeles: la obra del ruso fue pródiga en tensión, mientas que la del bohemio lo fue en belleza plástica. Gergiev es un director forjado en el mundo dramático de la ópera y del ballet. Sabe cómo se construyen las historias. Pues bien, en sus versiones, el concierto de Shostácovich se asemejó a un drama cantado; la sinfonía de Mahler a uno bailado.El Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerda fue escrito entre la primavera y el verano de 1933. Shostácovich intentaba con esta obra ampliar su repertorio como virtuoso del piano. Inmediatamente antes lo había hecho con sus 24 preludios. Es cierto que el carácter ecléctico de éstos, piezas que alternan lo sarcástico, lo lírico, lo dramático, se refleja en el concierto. Pero no lo es menos que Lady Macbeth de Mzensk había sido recientemente concluida (diciembre de 1932) y que algo de esta ópera también acontece en el concierto, o al menos así me pareció que lo asumía Gergiev. Su lectura de la obra no resultó nada superficial. Como en Lady Macbeth el concepto de lo satírico no se entendió en el sentido de ridículo o de burla, sino en el de obra desenmascaradora (son palabras del propio compositor citadas en el libro de Krzysztof Meyer). En la ópera parece claro, pero, en el concierto, música pura, ¿desenmascarar qué?¿La propia música quizá? ¿Una música despojada de antifaz, libre de seguir los derroteros que a su creador le placiera y no los dictados impuestos por la oficialidad? ¿Una música cuya independencia fuera conseguida a través del dolor? ¿O quizá, mucho menos probable, una predicción de Shostácovich, en una época relativamente tranquila, de los tiempos tan angustiosos que dos años después le tocaría vivir? Difícil respuesta, pero en la versión escuchada en el Palau sí hubo todo un proceso angustiado de conquista, que en el piano se manifestó en la evolución transcurrida desde el arranque en los registros graves hasta el final en los más agudos. Los solistas, por lo tanto, colaboraron en grandísima medida sobresaliendo sobre el tejido orquestal que finamente hilaba Gergiev. Pero si la trompeta sonaba con un brillo preciso, el piano convenció con la rotundidad de un excelente actor, plegado a las variadas exigencias estilísticas del guión. El sonido de Toradze nunca fue indiferente, podía acariciar en un momento y resultar áspero de repente, fraseaba líricamente y percutía casi con saña, pero siempre te venía de frente, con una calidez terrena, que poco tenía que ver con las estratosferas de Kissin. Buena parte del éxito de la versión estuvo en su hacer, pues supo hilvanar todos los detalles, muchos de ellos ligeros y deliciosos, en una unidad que tendía a la superación a través del enfrentamiento con los fantasmas de lo grotesco y del esperpento. En los mismos años que Shostácovich componía esta partitura escribió Ravel sus conciertos para piano. A pesar de la similitud entre los movimientos lentos de este de Shostácovich y el Concierto en sol mayor de Ravel, el mundo del Concierto para la mano izquierda me pareció mucho más próximo.También Mahler, otra personalidad compleja donde las haya, escribió su Sexta sinfonía en un periodo vital satisfactorio. Sin embargo, la música que contiene siempre ha sido asociada al sufrimiento, a la derrota, cuando no a la aniquilación total. ¿Es posible rescatar en ella alguna esperanza? Gergiev demostró que sí y que ésta se halla en el propio viaje, en la lucha misma. Despojando su discurso de una excesiva acidez, formando minuciosamente más que deformando con brochazos agresivos, el director ruso levantó un entramado en el que se balanceaban con un colorido casi visual los planos tímbricos, los fraseos atrapaban con presencia tangible y las texturas clareaban sin rigidez. Aunque todo tenía que avanzar hacia un inexorable fin, no se resaltó tanto éste como la cantidad de hermosos gestos con los que el camino se fue cuajando, gestos que parecían querer indicar, orgullosos, que siempre se repetirían en alguna parte, pues, a la postre, todos los finales no son sino acontecimientos individuales. El más de centenar de músicos que abigarraban el escenario rindió con entrega. Justamente, el director destacó al trompa solista y a los metales en general. El público aplaudió encantado. De este modo se rindió homenaje a Giuseppe Sinopoli, cuya muerte, su propio final, tuvo lugar poco tiempo después de que interpretara la Sexta de Mahler en este mismo auditorio.
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