Alemania

La revolución, pronto llegará

Jesús Aguado
jueves, 30 de marzo de 2017
Múnich, domingo, 12 de marzo de 2017. Bayerische Staatsoper. Andrea Chénier de Umberto Giordano. Luigi Illica, libreto. Philipp Stölzl, puesta en escena. Philipp Stölzl y Heike Vollver, escenografía. Anke Winckler, vestuario. Michael Bauer, iluminación. Jonas Kaufmann (Andrea Chénier), Anja Harteros (Maddalena di Coigny), Luca Salsi (Carlo Gérard), J’Nai Bridges (Bersi), Doris Soffel (Comtessa di Coigny), Elena Zillo (Madelon), Andrea Borghini (Roucher), Kevin Conners (Incroyable), Nathaniel Webster (Pierre Fléville), Christian Rieger (Fouquier-Tinville), Tim Kuypers (Mathie), Ulrich Reß (Abad), Anatoli Sivko (Mayordomo / Schmidt) y Kristof Klorek (Dumas). Coro de la Bayerische Staatsoper (Stellario Fagone, director). Bayerisches Staatsorchester. Omer Meir Wellber, director musical.
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Noche de estreno el pasado 12 de marzo en Múnich, de estreno, de gala y de gran expectación. Reparto de campanillas para un título de gran tirón entre los aficionados que, por extraño que parezca, nunca se había representado en la Bayerische Staatsoper. Andrea Chénier no es La Traviata, pero es sorprendente que un teatro tan importante no hubiera programado la obra de Giordano en ninguna ocasión. Pero, consideraciones históricas aparte, el gran atractivo de la cita muniquesa era su pareja protagonista: Anja Harteros y Jonas Kaufmann son por separado reclamo suficiente para llenar cualquier teatro, y juntos hacen que el interés del público resulte multiplicado, más aún si recordamos que Múnich es la ciudad natal del tenor.

Los dos triunfaron, naturalmente, aunque es de justicia empezar diciendo que, si bien en principio eran sus dos nombres lo más atractivo del cartel, el tercero en discordia, el barítono Luca Salsi, demostró sin problemas que estaba a la altura de sus muy famosos compañeros de reparto y triunfó como ellos.

 Jonas Kaufmann y Anja Harteros Jonas Kaufmann y Anja Harteros © 2017 by Bayerische Staatsoper

Qué decir de Anja Harteros; no soy amigo de hacer rankings de los y las más, pero en cualquier lista de sopranos de la actualidad ocuparía uno de los puestos más altos, si no directamente el primero. Escuchándola uno duda si realmente se puede llegar a cantar mejor, pues parece tenerlo todo; el timbre es hermoso y aterciopelado, el volumen le permite sonar poderosa y llenar sin problemas cualquier espacio escénico y a la vez resultar delicada y frágil en los momentos requeridos. Pero además de las cualidades puramente vocales, destacan las interpretativas; su capacidad para hacerse uno con el personaje que interpreta es realmente notable, y si se leen las críticas a sus actuaciones, en muchos casos acaba surgiendo la frase “Ella es…” Ella es Tosca, es la Mariscala, y en este caso, ella es, sin duda, Maddalena di Coigny: una joven caprichosa y bastante bobalicona en el primer acto, a la que los acontecimientos obligan a madurar a la fuerza a partir del segundo, transformándola en una mujer enamorada capaz de morir por ese amor al final de la obra. Enloqueció al público con La mamma morta, y sin duda fue la grandísima triunfadora de la velada.

Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl.Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl. © 2017 by Bayerische Staatsoper

No le fue a la zaga Jonas Kaufmann, que estuvo estupendo, aunque yo le pondría en esta ocasión un peldaño por debajo de Harteros. No por cuestión de voz, que suena espléndida tras los problemas de salud que le llevaron a cancelar unas cuantas funciones meses atrás; tal vez simplemente no tuvo su noche, y aunque también fue muy aplaudido y braveado, le faltó un punto de soltura o de apasionamiento. No hay que explicar que estamos hablando de cantantes del máximo nivel, que nos tienen acostumbrados a la excelencia absoluta, y el más leve descenso en esa excelencia se deja notar. En cualquier caso, el nivel general de su actuación fue sobresaliente, como siempre, y desde el punto de vista técnico únicamente hubo un ataque en pianissimo de una nota aguda en la que el sonido inicial, plano y mate, fue muy desafortunado en alguien de este nivel.

Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl.Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl. © 2017 by Bayerische Staatsoper

Luca Salsi era Carlo Gérard, y no quedó en absoluto por debajo de sus compañeros, lo que no es poco. De entrada, desde el punto de vista dramático, su papel es el más interesante: Maddalena es una niña rica y boba que es arrancada de su cómoda existencia y se ve obligada a madurar a golpe de guillotina, y Chénier es un poeta que hace versos muy bonitos y muy revolucionarios y se enamora muchísimo de Maddalena. Gérard es el único que presenta contradicciones creíbles, debatiéndose entre el desprecio que siente por la nobleza, a la que Maddalena al fin y al cabo pertenece, y el amor que siente por ella, dos polos que le van a llevar a tomar decisiones de las que se arrepiente, y que al final no le van a permitir salvar a su amor. Salsi tomó este material y nos lo sirvió con una voz poderosa y timbrada, y con una expresividad y un dramatismo francamente envidiables. Un gran barítono que completaba un gran trío protagonista.

También muy bien los personajes más breves: Doris Soffel era la madre de Maddalena y realmente hacía desear que estallase la revolución cuanto antes. J’Nai Bridges era Bersi, la criada de Maddalena que sigue ayudándola en todo momento, y cantó su parte con gracia y entrega. Algo más desapercibido pasó Kevin Conners como el Increíble, el espía malo malísimo que quiere capturar a Chénier a toda costa. Y destacó en su breve intervención Elena Zilio como Madelon, que le valió una cálida ovación. Todo el resto de comprimarios estuvo a la altura, al igual que el Coro de la Bayerische Staatsoper, dirigido por Stellario Fagone.

Al frente de la estupenda Bayerisches Staatsorchester estaba Omer Meir Wellber, a la que condujo con pulso firme y de la que extrajo un sonido general redondo y pleno, con la dosis justa de intensidad que hizo las delicias del público asistente.

La producción, firmada por Philipp Stölzl, con escenografía del propio Stölz y Heike Vollmer, fue opulenta y detallista hasta resultar abrumadora: presentaba la acción en diferentes planos simultáneos, lo que hacía a veces difícil saber dónde mirar. En el primer acto, por ejemplo, veíamos en la parte superior la escalinata de entrada al palacio de los Coigny, el porche del mismo y la primera estancia en la que se estaba preparando la fiesta a la que Chénier es invitado. En un plano inferior se podían ver los sótanos del mismo palacio, en los que la servidumbre se hacinaba y se afanaba en prepararlo todo.

Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl.Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl. © 2017 by Bayerische Staatsoper

 No quisiera hacer descender bruscamente el elevado tono intelectual de mi crítica, pero si el amable lector recuerda las entrañables historietas de 13, Rue del Percebe del gran Ibáñez, se hará una idea bastante clara de lo que pasaba en escena. No por su chusquedad, volvamos rápidamente a la cosa intelectual, sino por la acumulación: desde el punto de vista visual la propuesta era muy potente, el vestuario de Anke Winckler era espléndido y las imágenes recreadas eran de gran belleza. El problema es que eran demasiadas, y ocurrían todas a la vez, con lo que el resultado final terminaba por ser confuso y abigarrado. Técnicamente fue un despliegue de medios realmente impresionante, puesto que las estructuras no estaban quietas: se iban desplazando durante la acción, en algunos casos para descubrir otras escenas laterales (por ejemplo, mientras Harteros cantaba La mamma morta, todo el “edificio” en el que estaba se fue desplazando hacia la izquierda del escenario para mostrar a la derecha a la mamma efectivamente morta), y en otros para cambiar de escena, haciendo que toda la estructura saliera del escenario descubriendo otra, igual de imponente, detrás, que avanzaba hacia el primer plano. Apabullante, sin duda, pero visualmente agotador también.

Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl. Andrea Chénier. Producción de Philipp Stölzl. © 2017 by Bayerische Staatsoper

La ópera concluye con la muerte de Chénier, y en este caso, con su cabeza, tras ser guillotinado, levantada por su verdugo, detalle un tanto gore que provocó una airada reacción por parte del público en forma de violento abucheo. Menciono el detalle de la cabeza porque es lo único en la producción que se me ocurre que pudiera provocar semejante reacción; por confusa que pudiera resultar la puesta en escena en algunos momentos, no creo que nadie abuchee por algo así. Gran parte del público no participó del abucheo y continuó aplaudiendo, pero desde luego los descontentos no fueron pocos. No creo que la producción lo mereciera en absoluto: si bien, como ya he dicho, resultó excesiva desde el punto de vista visual, también fue muy hermosa, y la reacción de ese sector del público me resultó incomprensible. Misterios bávaros, supongo. Una gran noche en lo vocal, no tanto en lo escénico, y un sector del público que tiende a perder la cabeza cuando no debe (o cuando la pierde su héroe).

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