España - Cataluña

En conjunto, buena función

Jorge Binaghi
martes, 4 de abril de 2017
Barcelona, martes, 21 de marzo de 2017. Gran Teatre del Liceu. Rigoletto (Venezia. Teatro de la Fenice, 11 de marzo de 1851), libreto de F. M. Piave sobre el drama de V. Hugo ‘Le roi s’amuse’ y música de G. Verdi. Puesta en escena: Monique Wagemakers. Escenografía: Michael Levine. Vestuario: Sandy Powell. Intérpretes: Carlos Álvarez (Rigoletto), Javier Camarena (Duca di Mantova), Desirée Rancatore (Gilda), Ante Jerkunica (Sparafucile), Ketevan Kemoklidze (Maddalena), Gianfranco Montresor (Monterone), Gemma Coma-Alabert (Giovanna) y otros. Coro (maestra de coro: Conxita García) y orquesta del Teatro. Dirección de orquesta: Riccardo Frizza.
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Esta vez me he acordado de los nuevos aires de esta publicación y he puesto por delante la parte escénica. Que se anuncia como coproducción con el Real de Madrid, pero que yo vi ya en 2004 en Ámsterdam (si alguien se quiere tomar el trabajo, puede leer la crítica), y no recuerdo si era nueva o reposición. Al respecto decía yo entonces, allá lejos y hace tiempo: “ esta [producción] -con algunos contrasentidos, con alguna lobreguez demás (luces, vestidos recreaban los de la época, pero no en Mantua sino en Holanda), con una escenografía ingeniosa y hasta espectacular pero un poco complicada (casas subterráneas, escaleras estilo segundo acto de Turandot)- lograba transmitir la sensación de angustia con ese cuadrilátero en que el coro canta pero también observa -al modo de lo que se daba en la tragedia griega- o caracterizaba bien (cuando los intérpretes lo permitían) a los personajes…”.

Uno puede cambiar con el tiempo, aunque yo no lo hago mucho, y como esta vez un grupo minoritario pero significativo abucheó a la directora de escena al final del espectáculo, reconozco que los contrasentidos me molestaron más que entonces, que no recordaba que -en función de acentuar el papel del coro, que esta vez me pareció menos de tragedia griega y simplemente metido en todos los lados posibles y actuando mecánicamente como un conjunto con una sola alma- quien anuncia que Monterone debe ir a la prisión no es un solista sino el propio coro, que se supone que se ha marchado. No recordaba tampoco que, contra la música, Maddalena aparece en medio de ‘La donna è mobile’ para enlazarse con cierta -no mucha- lascivia al Duque, y, desde luego no había -o no se hablaba en esa época- un Rigoletto maltratador (fue lo que se dijo públicamente antes del espectáculo; a mí me lo pareció poco y no injustificado).

Pasemos a la música. El coro estuvo muy bien y la orquesta bien, y Frizza dirigió con conocimiento aunque con algún tiempo extraño (el dúo ‘E’ il sol dell’anima' más la extraña cadencia; la cabaletta ‘Possente amor’ que parecía más urgente que ‘Di quella pira’) y algún exceso de volumen.

En cuanto a volumen, precisamente, el cantante que más lo ofreció fue Jerkunica quien hizo un muy buen Sparafucile (pese a que en su aparición parecía otro miembro de la corte). Álvarez fue el mejor de todos, el más adecuado, aunque -normal con el tiempo pasado y las peripecias por que ha atravesado- ahora exhibe menos cantidad de sonido, pero en cambio la misma calidad y una mayor capacidad expresiva e interpretativa.

El debut de Camarena era esperado con ansiedad: en buena medida superó con éxito esta primera aproximación a un personaje difícil, que tal vez sería conveniente que reservara para más adelante. Por ahora continúa siendo un gran líricoligero, de bello timbre, agudos seguros y timbrados, pero se queda un poco corto en la incisividad que requieren muchas frases porque su voz carece de la suficiente anchura. Como el tenor es, lo saben todos, un hombre que derrocha simpatía y bondad por todos los poros, nunca llegó a convertirse en el peligroso libertino que es este rey convertido en duque por la censura, aunque así el personaje se acercó más al público.

Rancatore fue también muy aplaudida. Sigue sin convencerme: ha perdido esmalte y volumen, y cuando intenta darlo el vibrato metálico de su voz se acentúa (ocurre en particular en zona aguda, donde agregó un sobreagudo antes de consumar su sacrificio, que al igual que el sí requerido al final de ‘Vendetta, tremenda vendetta’, pasó a ser un grito). Las oscilaciones tampoco beneficiaron a la afinación.

Kemoklidze fue una Maddalena discreta, que no siempre se oyó fácilmente, y cuando ocurrió resultó algo engolada, pero no tanto como Montresor, de agudo deficitario y cuya contratación asombra un tanto (no mucho). Los locales estuvieron bien sin más, empezando por Coma-Alabert, siguiendo por Fadó y terminando por Marsol. Parecieron interesantes los medios de Gancedo, a quien he escuchado con ventaja en conciertos de cámara, pero el rol de la Condesa es muy breve como para emitir un juicio definitivo.

Teatro lleno y, al final, muy entregado a los cantantes.

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