Francia

Alto voltaje

Jorge Binaghi
viernes, 7 de abril de 2017
París, domingo, 26 de marzo de 2017. Théâtre des Champs-Elysées. Andrea Chénier (Milán, 28 de marzo de 1896). Libreto de Luigi Illica, música de Umberto Giordano. Versión de concierto. Intérpretes: Jonas Kaufmann (Andrea Chénier), Anja Harteros (Maddalena di Coigny), Luca Salsi (Carlo Gérard), Kevin Conners (L’Incroyable), J’Nai Bridges (Bersi), Elena Zilio (Madelon), Doris Soffel (Contessa di Coigny), Andrea Borghini (Roucher), Tim Kuypers (Mathieu), Ulrich Ress (Abate) y otros. Coro (maestro: Stellario Fagone) y orquesta del Teatro de la Ópera Estatal de Baviera. Director: Omar Meir Wellber
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En los mismos días en que este equipo de cantantes, coro y orquesta representan la ópera en su escenario ‘natural’ en Múnich, han tenido tiempo para hacer una visita a París y ofrecer el título más popular de Giordano en una versión de concierto que sólo fue tal por la falta de decorados y los vestidos de gala de los cantantes. Pese a ellos las intervenciones estuvieron cargadas de intensidad, de entradas y salidas de escena, e incluso los dúos entre los dos protagonistas incluyeron abrazos, demostrando que incluso en un título como éste, nada adecuado para una presentación no escénica, la misma no hace ninguna falta si hay artistas adecuados. Puedo decir tranquilamente que se trata, en conjunto, de la mejor versión que he visto en mi vida, aunque aisladamente haya habido prestaciones individuales superiores.

Ciertamente no es el caso de Harteros, una Maddalena excepcional por cualquier concepto: voz, calidez, dicción, fraseo intenso, gestualidad acertada. Parece mentira que una cantante que nada tiene que ver con Italia reviva el verdadero gran estilo de la escuela italiana y haga un ‘verismo’ sin la menor exageración de ningún tipo, pero pleno de sentido y pasión. Si no la hubiera escuchado antes en lied, en Verdi y en Wagner (y lamento no haberlo hecho más y en cualquier repertorio) diría que es una cantante verista por excelencia: ignoro cómo logra ser tan natural en repertorios diversos y que parezca que todo es siempre fácil. En esta Maddalena tendrá a finales de año un hueso duro de roer Netrebko cuando incorpore el personaje.

Kaufmann es Kaufmann. Hoy seguramente el mejor Chénier posible. No sé, sin embargo, si le conviene frecuentar mucho la parte. Empezó a lo grande, realmente, y ya en el segundo acto, en un ataque en piano que es una de sus especialidades y de la que suele abusar aunque no siempre resulta adecuado (el principio del dúo del segundo acto ‘Ora soave’) tuvo un problema evidente que sólo logró superar por técnica y sangre fría. Pero esa técnica, tan particular, a veces se le vuelve en contra. Aunque la voz está más oscura no es un verdadero spinto (mucho menos un dramático) y el grave aparece a veces sucio y engolado, y a medida que la voz se cansa los famosos filados pierden color y la voz brillo. Así, estuvo mejor en la explosión del tercer acto (‘Sì, fui soldato’) que no se puede cantar más que de una manera, que en lo que aparentemente era ideal para él, la romanza del cuarto. En el gran dúo final recuperó, pero no pudo impedir que en más de una ocasión Harteros lo cubriera.

 Anja Harteros, Jonas Kaufmann y Omar Meir Wellber Anja Harteros, Jonas Kaufmann y Omar Meir Wellber © 2017 by Théâtre des Champs-Elysées

El otro vértice del triángulo amoroso era Salsi, un magnífico Gérard, cuya tendencia a cantar igual y fuerte no resultó tan marcada, quizá también porque en este papel importa -relativamente- menos.

También hay que decir que la buena labor de O. Meir Wellber (la mejor que le he presenciado) pareció no tener en cuenta siempre que la orquesta no estaba en el foso y en ese sentido no facilitó las cosas. Además, debería controlar los movimientos de sus piernas: hacía mucho que no veía un director tan saltarín. Orquesta y coro estuvieron simplemente soberbios.

La obra tiene un reparto largo con roles breves, pero de cierta importancia. Y Soffel fue un lujo, aunque un tanto excesiva, como la Contessa, mientras que Zilio emocionó con su Madelon, demostrando que aún posee un centro y un grave notables. La joven Bridges, como en el concurso Viñas del que resultó ganadora, evidenció buena voz y técnica, y una figura explosiva acentuada por el vestido que eligió para Bersi. Entre los señores nadie resultó desacertado, pero hay que destacar, por ese orden, las voces de Borghini (sumamente prometedor, como ya había advertido en su Silvano de Un ballo in maschera, también en Múnich ) y Kuypers (al que sólo ocasionalmente -‘oro e soldati’ en el tercer acto- se le advirtió alguna limitación). Conners tiene muchas tablas y seguramente en escena su Incroyable saldrá favorecido que al tenerlo que juzgar también y principalmente por la voz. Del resto hay que señalar las posibilidades de la voz de Anatoli Sivko en los roles menores de Schmidt y un servidor (asimismo oído con ventaja en el mencionado Ballo).

Teatro repleto (con algún desmayo por el calor durante el ‘Improvviso’ de Chénier) y frenética búsqueda de entradas, no sólo delante del teatro. Doy fe. Al salir del metro, a una manzana de la sala, dos señores ansiosos se dirigían a quienes salíamos dando por supuesto que íbamos a la función y solicitando una entrada. Debo darles la razón.

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