Argentina

Espléndido inicio de temporada

Carlos Singer

viernes, 19 de mayo de 2017
Buenos Aires, lunes, 24 de abril de 2017. Teatro Colón. Mozart, Sinfonía Nº 33 en Si Bemol Mayor K. 319 y Concierto para violín y orquesta nº 4 en Re Mayor K. 218. David Fennesy, Hirts Rounds para cuerdas. Max Reger, Andante lírico para cuerdas. Haydn, Sinfonía nº 45 en Fa Sostenido menor, “Los Adioses”. Veronika Eberle, violín, Orquesta de Cámara de Munich. Concierto de apertura del primer ciclo de abono del Mozarteum Argentino

Una excelente demostración de sus virtudes y solidez ofreció el conjunto alemán, que actuaba por cuarta vez en los ciclos musicales que, a lo largo de 65 años, viene desarrollando esa entidad señera de nuestro medio como es el Mozarteum Argentino. Afinación intachable, una sonoridad limpia y clara, ponderable ajuste (tanto en los aspectos técnicos -con señalada precisión de ataques y cortes- como en la faz artística, con uniformidad de fraseo, intenciones y matices) así como gran destreza mecánica (donde solo hubo para empañar muy levemente una labor magnífica algunas, pareciera que inevitables, pifias de las trompas), fueron parte de los méritos que exhibió la agrupación, que por otro lado mostró una envidiable enjundia musical.

Se pudo apreciar así una acabada interpretación de la Sinfonía nº 33 de Mozart, plena de detalles deliciosos y pulcramente elaborada. Para nada se echó en falta la presencia activa de un director, notándose que el profundo trabajo previo había dado sus brillantes frutos. Un detalle a destacar de la obra es que, en el breve y contrapuntístico desarrollo del primer movimiento aparece un motivo de cuatro notas, que no se había escuchado antes en la exposición, que anticipa unos de los temas fundamentales de la Sinfonía Jupiter de 1788.

Completó la primera parte del programa otra página mozartiana, su Concierto para Violín nº 4 en Re Mayor, en las muy diestras manos de la joven Veronika Eberle, de sonido cristalino y límpido que lució además llamativa seguridad técnica a la vez que madurez interpretativa. Su encomiable labor, siempre mesurada, respetuosa del estilo y exenta de innecesarios alardes, incorporó atinadas cadencias, conformando un trabajo altamente atractivo.

En lugar de lo que es más habitual, que el solista retribuya los aplausos del público con una página a solo para su instrumento, en este caso tuvimos el privilegio de que la obra añadida fuera para violín y cuerdas: uno de los numerosos arreglos del vals Schön Rosmarin de Fritz Kreisler, del que Veronika y el conjunto ofrecieron una tan grata como elegante versión.

La segunda parte del concierto se inició con Hirts Rounds del irlandés David Fennesy. ¿Por qué?

A continuación, las cuerdas del conjunto abordaron con hondura, efusividad y adecuado balance una partitura mucho más interesante y de acendrada poesía, el breve pero sustancioso Andante lírico de Max Reger, para culminar su labor con una muy loable interpretación de la Sinfonía nº 45 de Joseph Haydn en la tonalidad (totalmente inusual para la época) de fa sostenido menor, una página que ha alcanzado gran celebridad por la segunda parte de su último movimiento, ese Adagio conclusivo de tono bastante lamentoso, en el que los intérpretes van abandonando el escenario hasta que quedan en él solo dos violinistas, que tienen a su cargo las notas finales: un descarnado “mensaje” para que el Príncipe Esterházy conociese el deseo de los músicos de regresar a sus hogares tras una estadía en el palacio de verano excesivamente prolongada, mensaje que fue de inmediato comprendido y atendido.

La versión que nos ofreció el ensamble muniqués estuvo lejos de apoyarse en la conocida bonhomía propia de muchas partituras haydinianas; antes bien, se encargó de resaltar los densos nubarrones que tiñen algunos momentos de esta sinfonía, de la que brindó una ejecución criteriosa, bien delineada y honesta. Por su intensidad no se puede siquiera cuestionar la excesiva lentitud con la que fue encarado el segundo movimiento, un hermoso Adagio que a ese ritmo ganó en pathos y dramatismo convirtiéndose en epicentro de toda la sinfonía.

Respondiendo a los cálidos aplausos de una concurrencia no tan numerosa como la importancia del concierto ameritaba, la orquesta agregó una vibrante y luminosa ejecución del Allegro con spirito, último movimiento de la Sinfonía nº 29, K. 201 de Mozart.

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