España - Euskadi

Cantar en tiempos revueltos

Jesús Aguado
jueves, 1 de junio de 2017
Bilbao, sábado, 20 de mayo de 2017. Palacio Euskalduna. Umberto Giordano. Andrea Chénier. Libreto de Luigi Illica. Dirección de escena, Alfonso Romero. Escenografía, Ricardo Sánchez Cuerda. Vestuario, Gabriela Salaverry. Coreografía, Sergio Paladino. Reparto. Gregory Kunde, Andrea Chénier. Anna Pirozzi, Maddalena di Coigny. Ambrogio Maestri, Carlo Gérard. Elena Zilio, Contessa di Coigny / Madelon. Manel Esteve, Roucher. Francisco Vas, Incredibile / Abate. Mireia Pintó, Bersi. Fernando Latorre, Il Sanculotto Mathieu. José Manuel Díez, Pietro Fléville / Fouquier Tinville. Gexan Etxabe, Schmidt / Dumas / Il maestro di casa. Coro de Ópera de Bilbao. Sergio Dujin, director del Coro. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Stefano Ranzani, dirección musical.
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Verismo que no lo es del todo, romanticismo italiano a medio camino de Alemania y sin terminar de llegar a Villa Puccini, Andrea Chénier es una obra que por varias razones puede considerarse que está flotando en terreno de nadie, pues es muchas cosas a la vez pero no termina de ser ninguna de ellas plenamente. El punto de partida dramático no puede ser más interesante: la evolución de tres personajes a lo largo de una época convulsa que acabará devorándolos, pero cuando termina la función se tiene la sensación de que la evolución no ha sido tanta, y que en realidad los protagonistas se mueven a golpe de aria, lo que acaba lastrando la acción, que parece ir buscando deliberadamente esos puntos culminantes más que dejar que surjan de las peripecias vitales de los personajes. Lo que sí es, indiscutiblemente, es un título favorito del público, y diría que ello se debe a que realmente esos momentos, si bien desde el punto de vista dramático no siempre están del todo justificados o desarrollados previamente, desde el musical sí que aciertan de pleno, lo que hace que el aficionado los disfrute ampliamente.

Andrea Chenier.  Producción de Alfonso RomeroAndrea Chenier. Producción de Alfonso Romero © 2017 by E. Moreno Esquivel

Terminaba con Andrea Chénier su temporada ABAO y no pudo hacerlo con mejor pie, con una representación de gran nivel general y tres estupendos protagonistas. Gregory Kunde, que sorprendentemente aún no ha sido nombrado hijo predilecto de Bilbao, encarnaba al revolucionario poeta que acaba siendo guillotinado por esa misma revolución. El protagonista de la obra es el personaje al que menos vemos evolucionar: empieza siendo un poeta de ideas revolucionarias y muere (en parte a causa de los celos y la envidia de Gérard y en parte a causa de no sabemos muy bien qué) siendo un poeta de ideas revolucionarias pero enamorado, fin de la trama. La presencia y la vocalidad de Kunde sobre un escenario resultan arrolladoras, con un agudo poderoso y restallante y una línea de canto de enorme nobleza y expresividad. Todo ello, unido a una entrega dramática realmente notable, hace que su Chénier resulte convincente y conmovedor, entusiasmando al público especialmente en su aria del primer acto y en el dúo con Maddalena del segundo.

Anna Pirozzi y Gregory KundeAnna Pirozzi y Gregory Kunde © 2017 by E. Moreno Esquivel

Anna Pirozzi era Maddalena di Coigny, la muchacha boba y despreocupada a la que la historia le pasa literalmente por encima. La voz es cálida y de grato timbre, homogénea en todo el registro y con una muy bella zona aguda en la que consigue evitar cualquier sensación de tirantez. Más convincente como actriz a partir del segundo acto, ya que en el primero la dirección de escena casi conseguía convertir su personaje (y algunos más) en algo paródico, exagerando el aspecto infantil y caprichoso del papel, pero en cualquier caso resultó encantadora en todo momento. Gran lucimiento en el dúo con Chénier, que ya mencionamos al hablar de Kunde, y cómo no, en ese regalo para la soprano que es La mamma morta, que el Euskalduna premió con un muy cálido aplauso.

Ambrogio Maestri era Gérard, el criado enamorado de Maddalena que se convierte en prohombre de la revolución, y al que vemos debatirse entre el amor por la hija de sus antiguos patrones y el desprecio que siente por la clase que representan. Intentará detener y salvar alternativamente a la muchacha, y acabará provocando su muerte al propiciar, con una denuncia falsa, la de Chénier, al que posteriormente también intentará librar de la guillotina, sin conseguirlo. La voz de Maestri es rotunda y poderosa, su timbre de barítono es cálido y posee un volumen muy de agradecer en grandes recintos como el Euskalduna. Algún agudo un tanto destemplado no consiguió empañar la excelente impresión causada, y fue muy aplaudido por el público.

Muy bien Manel Esteve como Roucher, el amigo de Chénier al que el poeta dictará sus últimos versos antes de morir, su voz amplia y manejada con maestría y su convicción dramática dejaron con ganas de escucharle con más detenimiento, algo que tendremos ocasión de hacer la temporada próxima en que encarnará a Lescaut, el hermano de la Manon de Massenet. Francisco Vas doblaba como Abate en el primer acto y como Incredibile a partir del segundo. Muy bien vocalmente, como Incredibile consiguió cantar bien y resultar detestable sin truquitos vocales.

Elena Zilio también doblaba como Condesa de Coigny, la madre de Maddalena, y Madelon, la anciana que entrega a su nieto para que luche por la revolución. En el primer papel su intervención fue francamente desafortunada, con unos cambios de color en la voz demasiado evidentes. La dirección de escena, que ya mencionaba en cuanto al papel de Maddalena, transformaba a su madre en un verdadero esperpento. Por supuesto que el personaje es odioso, pero la gesticulación constante y exagerada la hacía prácticamente ridícula. Sin embargo, en el breve papel de Madelon estuvo estupenda, con momentos realmente conmovedores. Tampoco fue muy acertada la intervención de Mireia Pintó como Bersi, la mulata criada de Maddalena que la ayuda a esconderse y a buscar a Chénier cuando estalla la revolución. La voz es agradable, pero en su intervención del segundo acto resultó prácticamente inaudible por momentos. Bien también los comprimarios: Fernando Latorre, José Manuel Díaz y Gexan Etxabe.

Stefano Ranzani dirigía a la siempre competente Orquesta Sinfónica de Bilbao, y lo hizo con convicción y energía. No es Andrea Chénier obra de grandes lucimientos orquestales, pero el maestro italiano supo ser eficaz, creando un adecuado soporte a las voces, pues aunque estemos ya lejos del bel canto, la voz sigue siendo fundamental, y en los acompañamientos de las arias estelares fue donde más brillaron maestro y orquesta. Bien el Coro de Ópera de Bilbao, dirigido como siempre por Boris Dujin. Algún desajuste al cantar desde fuera del escenario, nada grave, aunque sí que señalaría un defecto en la escena del juicio, en que el coro desató una tormenta sonora que llegó a tapar el vozarrón de Ambrogio Maestri, cosa nada fácil. Un poco más de contención desde el podio hubiera podido evitarlo.

Andrea Chenier. Producción de Alfonso RomeroAndrea Chenier. Producción de Alfonso Romero © 2017 by E. Moreno Esquivel

La producción, coproducción de ABAO con el Festival de Perelada, tiene a Alfonso Romero como responsable. Un único espacio que se transforma levemente será sucesivamente el palacio de los Coigny, la taberna del segundo acto, la sala del juicio en el tercero y la prisión del último. La idea parece ambiciosa, pero funciona bien, acentuando la idea de círculo que se cierra: por mucho que los personajes cambien, los nuevos tiempos llegan con los mismos defectos que los antiguos, y acaban produciendo el mismo sufrimiento y dolor. Todo el fondo del escenario está cerrado, lo que siempre es bueno en el Euskalduna, y sobre el suelo se alza un plano inclinado sobre el que se mueven los personajes, una estructura cuyos andamiajes podemos vislumbrar, y que nos habla de algo inestable, un mundo a punto de hundirse en el primer acto y no demasiado asentado en el resto. El único y evidente defecto fue el ruido que hacía la estructura cuando los personajes caminaban sobre ella: en los dos primeros actos fue realmente molesto, aunque pareció solucionarse en los dos últimos, supongo que se buscó alguna solución en el entreacto. En el segundo acto una montaña de trajes y otra de pelucas, supuestamente de los nobles capturados, distraían un tanto la atención, pues constantemente iban cayendo más ropajes y pelucas. Entiendo el simbolismo, pero cada vez que caía un elemento nuevo los ojos se iban irremediablemente detrás, con lo que no resultaba demasiado eficaz. Pero en general, salvando esos dos defectos, la escenografía, a cargo de Ricardo Sánchez Cuerda y con iluminación de Félix Garma, cumplió perfectamente.

Gregory KundeGregory Kunde © 2017 by E. Moreno Esquivel

Los personajes no son conscientes de estar en el mismo espacio, pero hubo un detalle muy interesante: si en el primer acto vemos a Gerárd, aún como criado, colocando y calzando un sofá azul en el que se sentará la condesa, en el último, tras la muerte de Chénier y Maddalena, volvemos a ver al antiguo sirviente, tras haber intentado sin éxito salvarlos, en la misma postura, calzando el mismo sofá, en el que los protagonistas se han sentado en sus últimos momentos. Los movimientos escénicos fueron fluidos y la dirección de actores funcionó sin problemas, aunque, como ya he mencionado, el primer acto abusa un tanto de gesticulaciones exageradas que transforman a los nobles y sus invitados en meras caricaturas. Es evidente que la función dramática de ese acto es convencernos de la detestabilidad de esos personajes y hacernos desear que estalle la revolución cuanto antes, pero creo que el recurso se exageró y los convirtió en marionetas que causaban más risa que desprecio. El resto de la obra funcionó a la perfección. Estupendo el vestuario de Gabriela Salaverry.

Fin de temporada en alto, pues, en Bilbao, con una representación de muy alto nivel general. Nos vemos en octubre.

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