España - Cataluña

Victoria por puntos en el Liceo del segundo reparto del Holandés

Jorge Binaghi
jueves, 1 de junio de 2017
Barcelona, viernes, 26 de mayo de 2017. Der fliegende Holländer (Dresde, 2 de febrero de 1843). Libreto y música de R.Wagner. Dirección escénica: Philipp Stölzl. Codirección: Mara Kurotscha. Escenografía: Philipp Stölzl y Conrad Moritz Reinhardt. Vestuario: Ursula Kuudrna. Luces: Olaf Freese. Intérpretes: Egil Silins (El holandés), Anja Kampe (Senta), Attila Jun (Daland), Daniel Kirch (Erik), Itxaro Mentxaka (Mary) y Mikeldi Atxalandabaso (El timonel). Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Conxita García). Directora: Oksana Lyniv.
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La presente reseña será más breve que lo habitual ya que se trata ‘tan sólo’ del cambio de los dos protagonistas en la misma producción y teatro comentada recientemente en Mundoclasico.com. Con este cambio se han ganado puntos aunque no para convertir un espectáculo no muy satisfactorio en muy bueno.

El holandés de Silins es joven, apuesto, bien timbrado, con una voz bastante poderosa en el agudo y centro, corta en el grave, como sucede con los barítonos ‘puros’ que abordan esta parte. En lo que le permite esta producción es un artista correcto aunque menos relevante que Dohmen, al que supera de lejos vocalmente.

Kampe es, como se sabe, una artista intensa –a veces demasiado desde mi punto de vista- a la que se le suelen perdonar las limitaciones vocales. Su órgano no es muy poderoso y ahora hay visos de pérdida de timbre en algunos momentos. Empieza con un vibrato excesivo, que por suerte corrige para cantar una balada muy ‘habitada’, pero calante en grado sumo. Siempre ha tendido a gritar para superar sus límites en zona aguda, pero esta vez apenas se ha notado, salvo en un par de momentos, ya promediada la representación, cuando podría ser el cansancio el factor que lo ha provocado. Dice con gran participación y actúa aún más: su orgasmo libro en mano en el segundo acto (entre la salida de Erik y la llegada de Daland y su invitado) es un momento teatral fortísimo.

Como para compensar esta superioridad de la pareja protagónica, salvando a Mentxaca, Atxalandabaso y el coro (que estuvo aún mejor que en la anterior representación), el resto resultó claramente inferior a la ejecución de la vez anterior.

La violencia de la dirección pareció aún menos necesaria y superficial, y hubo momentos en que los metales parecían en sí mismos una banda. Sorprende en Lyniv que haya poca empatía para los momentos más líricos o íntimos (la obertura es una buena prueba, y se me hizo interminable por primera vez).

Los otros dos cantantes principales resultaron mucho menos adecuados que entonces. Jun vociferó, exhibió un vibrato incontrolado y su emisión de algunos agudos fue más que discutible, aunque menos que la forma de desgañitarse de Kirch, que tiene una voz importante aunque no muy bella ni personal, y que tal vez debería dedicarse a otro tipo de roles en Wagner.

De la producción escénica no repetiré nada porque sigo encontrando los mismos problemas, aunque diré que esta vez pude comprobar cómo una dirección ‘innovadora’ se manifiesta claramente opuesta a la música. Como todos los buenos autores Wagner se encarga muy claramente en su música (no sólo en sus acotaciones escénicas) de marcar la entrada de sus artistas. Para no hablar del caso de Senta, presente desde la obertura (¿quién resiste hoy a dejar un trozo largo inicial de música sola sin ‘ayudarlo’ con una escenificación?), Erik entra en el último acto mucho antes de que la música así lo indique con el resultado de que ese momento musical parece inadecuado dramáticamente cuando es justo lo contrario.

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