España - Valencia

Werther, ¿precuela de La vuelta de tuerca?

Rafael Díaz Gómez
miércoles, 7 de junio de 2017
Valencia, sábado, 20 de mayo de 2017. Les Arts. Werther, drama lírico en cuatro actos, libreto de Édouard Blau, Paul Milliet i Georges Hartmann, basado en la novela Las penas del joven Werther de Johann Wolfgang von Goethe. Estreno: Hofoper de Viena, 16 de febrero de 1892. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. Escenografía y vestuario: Rudy Sabounghi. Iluminación: Laurent Castaingt. Videocreación: Julien Soulier. Elenco: Jean-François Borras (Werther), Anna Caterina Antonacci (Charlotte), Helena Orcoyen (Sophie), Michael Borth (Albert), Alejandro López (el Magistrado), Moisés Martín (Schmidt), Jorge Álvarez (Johann), Fabián Lara (Brühlmann), Iuliia Safonova (Käthchen). Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats (Luis Garrido, director). Escola Coral Venus Juntes de Quart de Poblet (Míriam Puchades y Lucía Durá, directoras). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Henrik Nánási. Nueva coproducción: Opéra de Monte-Carlo y Palau de les Arts Reina Sofía.
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Suena el preludio. Werther está tendido en el suelo. ¿Fiambre? Quizás, pero resulta un difunto saludable. Se alza. Se enfrenta a un gran espejo. Lo toca. Se rompe. Y analepsis: comienza la historia. Una historia en la que el muerto está muy vivo. O el vivo muy muerto. Pues Werther se pasea por el escenario siempre con su camisa blanca ensangrentada. El tiro descerrajado está fuera del tiempo. Al patrón literario de los suicidas se le niega así la posibilidad de una existencia vital siquiera sea por unas horas. Nace muerto. O los muertos son los otros, los que le rodean en una sociedad de normas absurdas. En cualquier caso no pertenecen al mismo mundo. Es imposible que se entiendan. Ni siquiera a través del espejo. Pese a la carrera de Charlotte en él reflejada durante el interludio entre los dos últimos actos. No se pueden encontrar en el mismo plano. No se pueden amar. Sólo destruir.

Si esta era la idea general de Grinda, más allá del simple flashback de quien ve pasar su vida por delante antes de fallecer, no me pareció que le exprimiera todo su jugo dramático. Tampoco que hubiera homogeneidad en la puesta. Junto a elementos notables (además de los asociados al espejo, la referencia a la naturaleza, básica en el original, a través de la presencia del bosque o la sencillez sofocante de la estancia del tercer acto) se encontraban otros que chirriaban: los ángeles niños que introducen al protagonista en la escena y que se lucen en el cuarto acto le pueden cortar la digestión a más de un espectador si en el descanso se ha hecho un piscolabis. Salvo que se haya de entender como una broma de humor negro en torno a la condescendiente aspiración a la eternidad del alma.

Werther. Producción de Jean-Louis GrindaWerther. Producción de Jean-Louis Grinda © 2017 by Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Tampoco la dirección de actores, y eso que Anna Caterina Antonacci es un talento escénico, resulta modélica. Así, por ejemplo, la caracterización y los movimientos de señores presuntamente mayores de Johann y de Schmidt son de serie B. No obstante es la escena final la menos satisfactoria, porque a los ángeles hay que añadirle una agonía del protagonista que alterna el abatimiento físico con la exultación olímpica (prodigios se ve que reservados para los que agonizan ya muertos). 

Anna Caterina Antonacci Anna Caterina Antonacci © 2017 by Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Lo que no puso de continuidad la escena lo otorgó en cambio generosamente la orquesta. Henrik Nánási volvió a demostrar en Les Arts que es un excelente constructor de atmósferas pero también de dramas. Le encuentra una lógica coherente y verosímil a las partituras que respeta idealmente. Y lo hace aun cuando no todos quienes están sobre las tablas se hallen en condiciones de servirla por igual. Un clímax es un clímax, y si el cantante no está al nivel, antes de renunciar a él Nánási lo sirve instrumentalmente (y esto no quiere decir en absoluto que no esté pendiente de las voces ni muchísimo menos). Desgraciadamente a un buen nivel vocal no se encontraba Antonacci. Excepto un centro que aún conservaba lustre, su registro grave no tenía consistencia y el agudo era inestable. Con todo, su magnetismo está fuera de toda duda y fue capaz de cautivar, en particular durante el tercer acto.

 Anna Caterina Antonacci  y  Jean-François Borras Anna Caterina Antonacci y Jean-François Borras © 2017 by Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Así las cosas, el favor del público (menos numeroso, esto es lo que hay, que en otras ocasiones) fue, merecidamente, para Jean-François Borras. El tenor francés exhibió medios y gusto. Su fraseo fue envolvente, sus registros equilibrados (incluso cuando recurrió al falsete lo hizo con verosimilitud), buena la proyección, bien apoyados los agudos, poderosos y compactos. Sí es cierto que con un punto más de pulpa su voz ganaría algún entero, pero se adecúa al juvenil personaje con suficiencia.

Albert fue encarado por un Michael Borth un tanto desigual, pues su emisión algo lastrada y de color no tan denso como sería de esperar para el marido de Charlotte afecta a su intencionalidad expresiva, que la tiene. Él, junto al resto de comprimarios, excepto Helena Orcoyen (una Sophie muy acertada en la ligereza de su línea de canto) pertenece al Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo. De entre ellos destacaron por lo grotesco de su actuación pero también por la seguridad de su canto Moisés Martín como Schmidt y Jorge Álvarez como Johann. Muy acertada, por lo demás, la fresca intervención de los niños, tanto dentro como fuera del escenario.

Werther. Producción de Jean-Louis GrindaWerther. Producción de Jean-Louis Grinda © 2017 by Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

Junto a Borras, la ovación de la noche fue para Nánási y para la orquesta. Se entendió así y se recompensó un trabajo refinado y rotundo en la interpretación lírica, ambiental y trágica de la obra de Massenet. Lo que no queda claro que se entendiera del todo fue la puesta de Grinda. Niños inefables, muertos vivientes, adultos atormentados… ¡Lo mismo se trataba de una estrategia de Livermore que nos estaba preparando para su próxima Vuelta de tuerca!

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