España - Madrid

¡Lo que puede dar de sí una silla!

Jorge Binaghi
viernes, 9 de junio de 2017
Madrid, domingo, 28 de mayo de 2017. Teatro Real. El gallo de oro (24.10.1909, Teatro Solodovnikov, Moscú) libreto de V.Belsky y música de N.Rimski-Kórsakov. Puesta en escena y vestuario: Laurent Pelly (Repositor Benoît de Leersnyder). Escenografía: Barbara de Limburg. Luces: Joël Adam. Coreógrafo: Lionel Hoche. Intérpretes: Dmitry Ulianov/ Alexey Tikhomirov (Zar Dodón), Sergei Skorokhodov/Boris Rudak (Guidón), Alexey Lavrov/Iurii Samoilov (Afrón), Alexander Vinogradov (Polkán), Olesya Petrova/Agnes Zwierko (Amelfa), Alexander Kravets/Barry Banks (Astrólogo), Venera Gimadieva/Nina Minasyan (Zarina de Shemajá) y Sara Blanch (el gallo). Orquesta y coro (director: Andrés Máspero) del Teatro. Dirección: Ivor Bolton. Días 28 y 29 de mayo de 2017.
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Estreno en el Real, y en cualquier caso prácticamente para España, el último título de Rimski es muy bienvenida adición a la lista de títulos importantes que deben recuperarse. Parece que es la hora de Rimski ya que desde hace unos años vuelven algunos de sus títulos más prestigiosos y en coproducciones que aseguran su viabilidad y su representación en más de un lugar. Así, este ha sido un espectáculo preparado también para Bruselas, donde se estrenó, y la Ópera de Lorraine.

No es el autor célebre por la hondura psicológica de sus personajes, sino por la importancia de su música capaz de crear en un santiamén una atmósfera y por su interés por temas populares al tiempo que exóticos.

Mucho se ha hablado de esta última fatiga lírica, estrenada póstumamente por los problemas con la censura zarista. Desde la elección de una fábula de Pushkin (ya en su momento vista con sospecha entre otras por la frase ‘¡Quiquiriquí! Puedes seguir durmiendo mientras reinas’ que ya en 1834 parecía una alusión al mal gobierno de los Romanov) hasta la negativa reiterada a cambios que le impidieron ver su estreno pasando por el compromiso del autor con los estallidos de 1905 que le costaron su cargo en el Conservatorio aunque por poco tiempo. En cualquier caso, conviene recordar que entre sus alumnos se contaron Prokofiev y Stravinsky, y que, en esta ópera más bien breve, por oposición a la anterior, Kitej, la burla, o el sarcasmo, o la crítica, alcanzan al poder, el honor, el amor.

Venera Gimadieva y Dmitry UlyanovVenera Gimadieva y Dmitry Ulyanov © 2017 by Javier del Real

Como empieza su análisis Rubens Tedeschi en I figli di Boris (1990, EDT, Turín, págs.110-114), estamos ante ‘una ópera de fundamental importancia en el desarrollo de la música rusa y europea: es la bisagra entre el pasado y el presente que cierra el siglo XIX y abre el ciclo del nuevo siglo’. De allí que entre el mundo del astrólogo, la zarina y el gallo (todas tesituras agudas que llegan a notas estratosféricas), frío, cínico y cruel se oponga no sólo al de los inútiles guerreros, serviles boyardos, impotente y resignado ‘voivoda’(con marchas deliberadamente reiterativas y ‘fáciles’), sino al de la nodriza Amelfa (un poco como la del Boris, pero en burlesco) e incluso al pueblo, sometido y sin ningún discernimiento (‘si nos castigan, es que nos lo merecemos’) y puntualmente escucharemos, alterado como corresponde, el gran lamento inicial del coro de Boris en el de los soldados de principios del segundo acto.

Dmitry Ulyanov, Frantxa Arraizay Venera GimadievaDmitry Ulyanov, Frantxa Arraizay Venera Gimadieva © 2017 by Javier del Real

He creído necesaria esta pequeña introducción, siempre mejor que contar el argumento, y ahora paso a la versión, con dos repartos distintos.

El espectáculo de Pelly es excelente, al mismo tiempo atemporal, actual y ubicado en una vaga Rusia. Tiende a acentuar el aspecto cómico, y probablemente esté en lo cierto, al menos para lograr una accesibilidad más rápida a la obra (la puesta en escena que recuerdo de hace años en el Châtelet –cuando ese teatro parisino se preocupaba por la música clásica, claro está- no era mala, pero sí mucho menos interesante y ágil). Se acentúa el aspecto marionetístico y grotesco de los ‘personajes’ y se utiliza una excelente bailarina (Frantxa Arraiza) para el gallo, que desde la orquesta canta muy bien Sara Blanch. Los elementos escenográficos son pocos pero adecuadísimos, desde la tienda de la zarina hasta la silla de Polkán y Amelfa (hay que ver lo que puede dar de sí una silla). Acertados los grotescos pasos de baile y magnífica la iluminación. Mención especial merece la caracterización de los dos hijos del zar, a cual más imbécil y petulante.

Dmitry Ulyanov,  Frantxa Arraiza, Sara BlanchDmitry Ulyanov y Frantxa Arraiza © 2017 by Javier del Real

La dirección de Bolton fue muy buena, llena de energía, con una orquesta en excelente forma, y tal vez debería en algunos momentos calibrar mejor la relación de sus fuerzas con las del escenario porque en el tercer acto hubo momentos (coro femenino, en particular) en que el predominio del sonido orquestal era aplastante. Si no es por esto, el coro estuvo excelente y se nota su relación de confianza con Máspero.

Los dos repartos fueron en conjunto muy buenos, cada uno con sus peculiaridades. El zar Dodón de Ulianov fue vocalmente impecable y artísticamente en el justo punto de equilibrio sin desmelene. Tikhomirov tiene voz más oscura, pero al tiempo que más de una vez parecía estar cantado Boris (en el primer acto con una emisión problemática de los agudos, que no son tantos ni tan fieros) en lo escénico exageró más de una vez (el montaje se presta y aquí no es tal vez un reparo serio). Vinogradov repitió como Polkán y confirmó la buena impresión que de él me había formado anteriormente. La pareja de hijos fue mejor en el segundo reparto: Rudak y Samoilov no sólo cantaron muy bien sino que se entregaron a divertirse con esos bufones en cuerpo y alma; bien, pero con algunos problemas vocales los del primer elenco (Skorokhodov tiene un agudo destemplado, Lavrov una emisión engolado). La nodriza Amelfa resultó más interesante en el primer caso por las magníficas dotes vocales de Petrova. Zwierko suena muy veterana y prefirió también cargar más las tintas en la parte actoral. El astrólogo es un rol dificilísimo: Kravets lo cantó como corresponde a un tenor definitivamente característico recurriendo al falsete muy a menudo (lógico en su caso); Banks, una voz no muy bella pero de tenor ligero, estuvo formidable; ambos hicieron una creación muy parecida y adecuada del personaje. Gimadieva fue una zarina estupenda vocalmente (tal vez haya escatimado algún sobreagudo), insinuante y despectiva como corresponde. Minasyan es más liviana vocalmente, una auténtica coloratura, pero eso hace que si el agudo es más espectacular la voz suene en otros registros más pequeña y pobre. En el segundo acto se la notó muy envarada y con una idea de la sensualidad o la provocación que Mae West ya había superado de lejos. El público (una buena asistencia, pero nunca llenó la sala) se mostró atento, interesado y moderadamente entusiasta.

El gallo de oro. Producción de Laurent Pelly.El gallo de oro. Producción de Laurent Pelly. © 2017 by Javier del Real

Cabe agregar que entre el segundo y tercer actos (representados sin intervalo) hubo una pausa musical a cargo de Bolton al piano y la concertino Gergana Gergova (supongo, pues no se especificó) en la que se escuchó la versión del célebre ‘Himno al sol’ que hizo Fritz Kreisler, y que hizo las delicias de la audiencia.

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