España - Castilla y León

Desmitificaciones

Samuel González Casado
miércoles, 28 de junio de 2017
Valladolid, viernes, 23 de junio de 2017. Centro Cultural Miguel Delibes. Elizabeth Watts (soprano), Clara Mouriz (soprano), Andrew Staples (tenor), Robert Hayward (bajo). Coros de Castilla y León (Jordi Casas, director de coro). Andrew Gourlay, director. Beethoven: Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 67, “Coral”. Ocupación: 98 %.
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Con un programa de mano especial, varios actos paralelos (miniconciertos, exposiciones, intercambio de opiniones con músicos y titular en el recibidor del auditorio, postal con la firma de los profesores de la OSCyL) y la interpretación de la Sinfonía n.º 9 de Beethoven se clausuró la temporada del 25 aniversario de la OSCyL. La elección de esta obra para el final de un ciclo que se ha consignado como el principio de una especie de nueva “edad de oro” de la orquesta resulta tan conservadora como arriesgada, dadas las conocidas dificultades que entraña, sobre todo si tenemos en cuenta que un “coro de coros”, por muy preparado por Jordi Casas que esté, no deja de tener sus límites a la hora de abordar una obra escrita tan inclementemente.

Sin embargo, los mayores problemas de esta versión dirigida por Andrew Gourlay no ocurrieron en el último, sino en el primer movimiento. La mayoría fueron de índole técnica y tienen que ver con algunas imprecisiones, pero también cabe destacar que faltó ir un poco más allá en el concepto historicista predominante (como sí se hizo en la magnífica Quinta dirigida por Noseda de hace unas semanas).

Y es que Gourlay tiene la destreza suficiente como para hilar más fino dentro de ese estilo y solventar algunos desequilibrios objetivos que eventualmente pueden surgir de una plantilla reducida, ya que tanto los metales como las maderas pueden matizarse más. Ajeno aquí a la gran tradición y comprometido con eliminar de Beethoven las capas depositadas por esta a lo largo de siglos, Gourlay firmó un primer movimiento que alternó momentos decepcionantes por anticlímax con otros perfectamente trabajados (la coda, por ejemplo), aunque en cualquier caso se utilizaron unos criterios honestos, propios y a veces sorprendentes, que pueden tener un recorrido excelente con mayor experiencia.

Dentro de esta tónica desmitificadora transitó también el segundo movimiento, más transparente y preciso, más rítmico. No se solventó cierta tensión de los músicos que no permitía una expresión más cómoda, pero es cierto que los resultados globales fueron mucho mejores, y Gourlay consiguió que estructuralmente el Molto vivace sonara diáfano, con un juego de volúmenes efectivo. Como es normal, el ambiente cambió en el tercero, y tanto director como orquesta supieron aprovechar y desarrollar con gran destreza las posibilidades que otorga este adagio. Hubo efectos muy sutiles en piano de la cuerda, que se imbricó perfectamente en un ambiente general de amabilidad polifónica, ligero, pastoral, fluido y matizado.

En el último no hubo grandes problemas y se pudo disfrutar incluso con destellos de una grandeza más familiar, aunque el director tuvo especial cuidado de evitar pasar de la rotundidad a la grandilocuencia. Las últimas intervenciones del coro, que se comportó como un bloque en todo momento, fueron realmente estimulantes, y la obra se cerró en un nivel netamente satisfactorio, aunque el equilibrio de los Coros de Castilla y León sufriera a veces por cierta falta de presencia en la cuerda de los tenores y la carencia de mayor definición tímbrica entre las distintas tesituras, lo que le resta posibilidades a la hora de contar con él para definir algunos detalles. Los cuatro solistas cumplieron, aunque la técnica inglesa de Andrew Staples mostró evidentes carencias a la hora de transmitir el sentido heroico de su parte.

Comenzaba esta crítica con el programa de mano, y con él acabará. Se ha publicitado bastante que en esta clausura de temporada habría una publicación especial. Efectivamente, en ella se han incluido algunos comentarios de Gourlay, López Cobos y otras personas vinculadas a la OSCyL, incluidos algunos críticos que narran anécdotas acaecidas junto a la orquesta. Todo esto resulta interesante, pero lo que realmente da al programa de mano un valor fuera de lo común, sobre todo en comparación a otros anteriores, son las notas de Xoán M. Carreira, y no solo porque permiten que, con total sencillez, se acceda a las facetas de Beethoven pegadas a la realidad (sus ambiciones sociales y económicas, por ejemplo), radicalmente alejadas de esa figura proclamada como intocable; sino también porque pocas veces el concepto musical de un director en un concierto y el teórico de un programa de mano podrán haber coincidido con mayor sintonía.

Parece claro que esto no se ha hecho a propósito, pero da una idea de dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. De hecho, si hace unos años lo revolucionario era que Beethoven hubiera dejado de serlo, hoy nos encontramos ante una realidad musicológica cuyos pilares ya soportan una reforma perfectamente asentada, que parte de otra revolución, la historicista, y que está dando lugar a logros que hace unos pocos años eran difíciles de imaginar

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