Francia

“Sin trampa y con cartón”, o “Los fantasmas atacan a Rigoletto”

Jesús Aguado
jueves, 29 de junio de 2017
París, domingo, 18 de junio de 2017. Opéra Bastille. Giuseppe Verdi. Rigoletto. Libreto de Francesco Maria Piave, basado en Le Roi s’amuse, de Victor Hugo. Dirección de escena, Claus Guth. Escenografía y vestuario, Christian Schmidt. Coreografía, Teresa Rotemberg. Željko Lučić, Rigoletto. Nadine Sierra, Gilda. Vittorio Grigolo, Il Duca di Mantova. Kwangchul Youn, Sparafucile. Elena Maximova, Maddalena. Marie Gautrot, Giovanna. Robert Pomakov, Il Conte di Monterone. Christoph Gay, Marullo. Julien Dran, Matteo Borsa. Mikhail Timochenko, Il Conte di Ceprano. Veta Pilipenko, La Contessa di Ceprano. Laure Poissonnier, Paggio della Duchessa. Christian Rodrigue Moungoungou, Usciere di corte. Henri Bernard Guizirian, actor, doble de Rigoletto. Coro de la Ópera nacional de París. José Luis Basso, director del Coro. Orquesta de la Ópera nacional de París. Daniele Rustioni, dirección musical.
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Rigoletto recuerda todo lo que ocurrió. Situado en un terrible futuro, con su mueca de bufón transformada en rictus de terror, de una caja de cartón probablemente igual a la que le sirve de lecho extrae algunos objetos que le hacen revivir su historia. Historia que, al ser contemplada desde fuera, se convierte en una especie de perfecta maquinaria de la desgracia, y así el triste personaje, o lo que queda de él, contempla impotente cómo es él mismo el que pone en marcha el mecanismo que le destruirá a él y a todo lo que ama, sin poder hacer nada para evitarlo, pues todo se ha cumplido hace ya demasiado tiempo. Esa caja de cartón que es su presente se convierte también en su pasado, pues es dentro de ella donde vamos a ver todo lo que sucedió. Este es el punto de partida de la producción, firmada por Claus Guth, que la Ópera Nacional de París repone esta temporada en el Teatro de la Bastilla. El planteamiento es interesante y funciona realmente bien, pues como ya he dicho le da a la historia un doble aliento trágico: vemos a Rigoletto cometer sus errores en el presente, y le vemos en el futuro lamentándolos y deseando haber podido evitarlos.

Rigoletto. Producción de Claus Guth Rigoletto. Producción de Claus Guth © 2017 by Monika Rittershaus

Este fantasma del futuro, interpretado por el actor Henri Bernard Guizirian está permanentemente en escena, y también en algún momento vemos a varias Gildas, en este caso del pasado, que enmarcan la acción. Debo confesar que, a priori, no tengo excesiva confianza en estas propuestas con espectros en escena, sean de las navidades pasadas, presentes o futuras, ya que suelen terminar por resultar un tanto cansinas, pero lo cierto es que la idea de Guth se sostiene perfectamente durante toda la función, pues esa presencia constante de alguien que sabe que el desastre es inevitable realmente añade algo aún más trágico a la muy trágica historia que se nos cuenta.

Rigoletto. Producción de Claus GuthRigoletto. Producción de Claus Guth © 2017 by Monika Rittershaus

La escenografía, a cargo de Christian Schmidt, es, por lo tanto, un prodigio de minimalismo: lo que vemos en todo momento es una caja de cartón, trasunto de esa con la que hemos visto a Rigoletto al principio, que se abre ante nosotros, dándole a todo lo que ocurre un cierto aire de perverso guiñol. Los paneles de la caja, que adoptarán diferentes posiciones en los distintos actos, permiten por un lado crear interesantes efectos de sombras, y por otro, proyectar vídeos, realizados por Andi A. Müller, en momentos puntuales, apoyando y subrayando la acción de manera bastante poética. Un acierto, en general, con algún momento realmente mágico, como la muerte de Gilda, que en vez de morirse metida en un saco, lo que no deja de ser una ordinariez, va caminando lentamente hacia una luz que la lleva fuera del escenario, y por lo tanto, de la caja, que se convierte así en símbolo del sórdido mundo para el que la pobre no parece estar hecha. También hay algún momento de locura tal vez excesiva, al transformar la casa de Sparafucile de miserable tabernucha en cabaret con vedettes convenientemente emplumadas, pero la extravagancia sorprende más que molesta.

Nadine SierraNadine Sierra © 2017 by Charles Duprat

La gran triunfadora de la noche, desde el punto de vista vocal, fue Nadine Sierra como Gilda. Voz amplia y hermosa, expresiva en todo el registro, con agudo cristalino, fácil y penetrante, estuvo espléndida en todo momento, como cantante y como actriz. Dejó al público sin aliento en el Caro nome, lo mejor de la noche junto con la escena de su muerte que ya he mencionado anteriormente. Željko Lučić cantó bien el papel de Rigoletto, demasiado bien, por contradictoria que pueda parecer la observación. La emisión fue impecable y su voz es espléndida, pero estuvo demasiado contenido. No es papel para semejantes contenciones, y le faltó garra, parecía que todo aquello no fuera realmente con él. Tan solo en Cortigiani, vil razza dannata! sacó un poco más de genio, pero no fue suficiente para redondear una actuación excesivamente plana.

Y también plana, aunque de otra manera, fue la interpretación que del duque hizo Vittorio Grigolo. Llenó el teatro con su enorme voz que sube al agudo sin dificultad, pero lo hizo de manera bastante tosca, tanto vocal como actoralmente, y como es lógico, fue muy aplaudido, pero no resultó un duque particularmente memorable. Me sorprendió ver a Kwangchul Youn, un bajo de tan brillante trayectoria, en un papel en principio menor como es el de Sparafucile, que bordó; su voz sigue siendo tan rotunda como siempre. Elena Maximova era Maddalena; resultó inaudible en el cuarteto y estuvo correcta en la escena posterior. Bien el resto de comprimarios, al igual que el estupendo Coro de la Ópera nacional de París, dirigido por José Luis Basso.

Željko Lučić y Vittorio Grigolo,Željko Lučić y Vittorio Grigolo, © 2017 by Charles Duprat

Daniele Rustioni dirigía a la Orquesta de la Ópera nacional de París, y salvo en el primer acto, en que se empeñó en que la orquesta no sonara, estuvo espléndido. Puso tanto afán en conseguir el efecto de orquesta detrás del escenario, como si efectivamente fuera la música de la fiesta que se desarrolla en escena, que creo que por primera vez en un teatro de ópera eran las voces las que tapaban a la orquesta. Una vez pasado ese extraño momento, todo volvió a su cauce, y la dirección fue ágil, vibrante y todo lo dramática que la ocasión requería.

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