Italia

Yo no pido más

Jorge Binaghi
martes, 18 de julio de 2017
Milán, jueves, 29 de junio de 2017. Teatro alla Scala. Die Entführung aus dem Serail (Viena, Burgtheater, 16 de julio de 1782). Libreto de Christoph Friedrich Bretzner en la versión de Gottlieb Stephanie y música de W. A. Mozart. Dirección escénica: Giorgio Strehler (repuesta por Mattia Testi). Escenografía y vestuario: Luciano Damiani (escenografía repuesta por Carla Ceravolo y vestuario por Sybille Ulsamer). Orquesta y coro del Teatro (maestro de coro: Bruno Casoni). Intérpretes: Lenneke Ruiten (Konstanze), Mauro Peter (Belmonte), Tobias Kehrer (Osmin), Sabine Devieilhe (Blonde), Maximilian Schmitt (Pedrillo), Cornelius Obonya (Selim) y Marco Merlini (Esclavo mudo). Director: Zubin Mehta.
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Hacía mucho que no se daba aquí esta maravillosa ópera, acusada de algo larga desde el vamos y desde el vamos defendida por su autor ante la testa coronada que profiriera el juicio (peor le iba a ir más adelante, al final de su carrera, con una reina estúpida que tachó la extraordinaria Clemenza di Tito de ‘porcheria tedesca’). La última vez había sido en 1994, pero desde 1972 se utilizaba ya esta producción, nacida en Salzburgo años antes. Aunque figure en rojo la siguiente leyenda “en ocasión del vigésimo aniversario de la desaparición de Giorgio Strehler y del décimo de la de Luciano Damiani’, alguno ha cuestionado que se siga reponiendo un montaje nacido hace más de cincuenta años.

Tics del Piccolo Teatro de Milán, museo, arqueología teatral. Puede ser. Ciertamente el teatro ha evolucionado, pero no se sabe si siempre para bien. Al menos de esta ópera recuerdo dos espectáculos francamente penosos aunque muy modernos ellos. Y aquí puede ser que por momentos algo suene a ingenuo, que no sorprenda tanto como entonces el contraste entre arias y recitativos o diálogos (las primeras en el proscenio y a contraluz, con un efecto de siluetas mágico), que los telones pintados –bellísimos- parezcan eso, que el agradecimiento al final de cada aria pueda ser hoy redundante (no estoy muy seguro, visto que la obra no ha sido nunca de gran público y fuera del área ‘germánica’ el público no se sabe todas las arias), pero todo está en su sitio, todo funciona, hay mucha frescura, poca ‘naturalidad’ si se quiere porque siempre se tiene presente que estamos en una representación teatral, el siervo mudo que hace una escena deliciosa robada al Arlequín de la commedia dell’arte tiene su sentido (¡¡bravo Marco Merlini que ya interpretaba el papel en 1994!!), los cantantes están cómodos y se divierten. Yo no pido más, personalmente. Me parece tantísimo. El público estaba encantado. Dejemos para otro momento que la contemporaneidad o lo que algunos entienden por tal irrumpa en el mundo lírico. Aquí, además, había un gran conocimiento y amor por la música, y eso hoy no está, ni de lejos, garantizado, y si es un espectáculo de Strehler y Damiani (muy bien repuesto) no lo es porque se superponga o viole a texto y música sino porque están en función de ellos. La humildad, viniendo de los grandes, nunca viene mal como recuerdo y advertencia. Justificado homenaje.

'El rapto en el serrallo'm de Mozart. Dirección musical, Zubin Mehta. Dirección escénica, Giorgio Strehler. Milán, Teatro alla Scala. junio de 2017'El rapto en el serrallo' de Mozart. Dirección musical, Zubin Mehta. Dirección escénica, Giorgio Strehler. Milán, Teatro alla Scala. junio de 2017 © Brescia e Amisano / Teatro alla Scala, 2017

Por una vez he comenzado por la puesta en escena, pero claro que sin la parte musical hubiera sido insuficiente con ser bello y pertinente el espectáculo. Se daba el caso, además, de que el que dirigió en Salzburgo el estreno de esta producción era el mismo que ahora se encargaba de reponerlo. Hoy Mehta puede sonar más lento, crepuscular, melancólico (lo que a una página como ‘Traurigkeit’ le sienta de maravilla; en otros momentos quizá se languidezca un poco), pero la orquesta responde a la perfección, nunca se atosiga a los cantantes, y cuando hace falta un poco de sal y pimienta (Osmin, Blonde, Pedrillo) no falta.

Los cantantes: un equipo sin –hasta ahora- estrellas, bien avenido, que canta y se mueve bien. Faltan, sin duda, grandes personalidades y una gran virtuosa (sobre todo cuando ‘Martern aller Arten’ se canta como un aria de concierto con la sala iluminada y delante del telón, lo que de paso nos salva de desplazamientos, gestos y personajes forzados, inadecuados, gratuitos), pero todo está en su sitio.

'El rapto en el serrallo'm de Mozart. Dirección musical, Zubin Mehta. Dirección escénica, Giorgio Strehler. Milán, Teatro alla Scala. junio de 2017 'El rapto en el serrallo' de Mozart. Dirección musical, Zubin Mehta. Dirección escénica, Giorgio Strehler. Milán, Teatro alla Scala. junio de 2017 © Brescia e Amisano / Teatro alla Scala, 2017

Ruiten no tiene espesor vocal ni timbre personal, la voz no es muy grande pero se oye y la extensión suficiente (no es la única carente de esos graves terroríficos que aparecen en la susodicha aria), se mueve bien. No es una gran Konstanze, pero sí es buena.

Más cerca de lo sensacional, si no fuera que en esta sala la voz suena algo pequeña, es la Blonde de Devieilhe, vivaracha, buena dicción, cantante brillante de excelente técnica.

Peter no tendrá un instrumento vocal excepcional, pero canta y frasea con gusto y naturalidad, tiene buena planta y la voz, algo mate, es de importancia, y estilo y técnica no ofrecen flancos a la crítica (si pudo cantar bien el aria del tercer acto, que por lo común se corta, algo querrá decir).

'El rapto en el serrallo'm de Mozart. Dirección musical, Zubin Mehta. Dirección escénica, Giorgio Strehler. Milán, Teatro alla Scala. junio de 2017'El rapto en el serrallo' de Mozart. Dirección musical, Zubin Mehta. Dirección escénica, Giorgio Strehler. Milán, Teatro alla Scala. junio de 2017 © Brescia e Amisano / Teatro alla Scala, 2017

Kehrer es un cantante relativamente joven, nada exagerado para un rol cómico que si se lo mira bien no lo es tanto, el malvado pero estúpido Osmin, y lo hace todo muy bien. No tiene los graves que hacen falta en algunos momentos de la parte (no sólo en la célebre ‘canción del triunfo’), pero no se los inventa ni fuerza en exceso.

Schmitt es un Pedrillo ideal, casi hasta con demasiada voz para la parte, y su juego escénico es magnífico.

Obonya pertenece a una familia ‘noble’ de actores austríacos. Lo que no me acabó de convencer es la voz en sí, pero interpretó con mucha autoridad.

Para una sala de las dimensiones de ésta y para este tipo de ópera había una muy buena asistencia, que aplaudió con calor.

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