Francia

La noche de los libertinos vivientes

Jesús Aguado
jueves, 20 de julio de 2017
Aix-en-Provence, sábado, 8 de julio de 2017. Théâtre de l'Archevêché. Wolfgang Amadé Mozart. Don Giovanni, ossia Il dissoluto punito. Libreto de Lorenzo da Ponte. Dirección de escena, Jean-François Sivadier. Escenografía, Alexandre de Dardel. Vestuario, Virginie Gervaise. Iluminación, Philippe Berthomé. Intérpretes: Philippe Sly, Don Giovanni. Nahuel di Pierro, Leporello. Eleonora Buratto, Donna Anna. Isabel Leonard, Donna Elvira. Pavol Breslik, Don Ottavio. Julie Fuchs, Zerlina. Krzysztof Baczyk, Masetto. David Leigh, Il Commendatore. English Voices. Tim Brown, director del Coro. Orquesta Le Cercle de l’Harmonie. Jérémie Rhorer, dirección musical
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Pido perdón de antemano por el lamentable chiste del título, pero unos momentos antes de sentarme a escribir esta crítica he leído la noticia del fallecimiento del director de cine George A. Romero, considerado el creador de la figura del zombi cinematográfico tal y como lo conocemos hoy en día, y puesto que uno de los aspectos que pensaba resaltar de la producción del mozartiano Don Giovanni presentada este año en el siempre interesante Festival d’Aix-en-Provence es, precisamente, la no desaparición del seductor tras su muerte, sino su presencia en el escenario desde un más allá desde donde aún controla la vida de los demás personajes, no he podido resistir la tentación del juego de palabras. Mi reino por un juego de palabras.

Comencemos, pues, por la producción, firmada por Jean-François Sivadier, en general agradable, sin grandes alardes conceptuales (tómese como alabanza o descrédito, según se prefiera), y yo diría que centrada exclusivamente en lo visual. Me explico: hay ciertos elementos que podrían ser explicados con algún abstruso concepto filosófico o esotérico, pero no lo son, y simplemente funcionan bien visualmente. Por poner un ejemplo, el vestuario comienza con los personajes vestidos de una manera bastante contemporánea, y a medida que va transcurriendo el primer acto, poco a poco los va llevando hacia un siglo XVIII un tanto desharrapado, de pelucas un tanto despeluchadas y camisas un tanto deshilachadas. Comienza el segundo acto, y los personajes vuelven a la época actual sin más explicación, lo que puede sorprender un poco. Creo que simplemente, a medida que el acto se encamina hacia la fiesta en casa de Don Giovanni, esa progresiva transformación ayuda a ir creando ese ambiente de mascarada, y tras la fiesta y el entreacto todo vuelve a la normalidad. Todo en la producción tiene un algo (deliberado) de ligeramente descuidado, casi de función de fin de curso, eso sí, de una escuela de un nivel altísimo. Cuerdas a la vista accionadas por los propios personajes que mueven pequeños telones que van subiendo y bajando, bombillas desnudas, y, cómo no, ya tardaba en salir, idea de teatro dentro del teatro.

'Don Giovanni' de Mozart. Dirección musical, Jérémie Rhorer. Dirección escénica, Jean-François Sivadier. Aix-en-Provence, Théâtre de l'Archevêché, julio de 2017'Don Giovanni' de Mozart. Dirección musical, Jérémie Rhorer. Dirección escénica, Jean-François Sivadier. Aix-en-Provence, Théâtre de l'Archevêché, julio de 2017 © Festival Lírico de Aix-en-Provence, 2017

El escenario está ocupado por un gran rectángulo ligeramente elevado en el que transcurre la acción fundamental. En el fondo y los laterales vemos a los personajes, a veces preparándose para entrar en escena, a veces simplemente esperando. Ese fondo a veces se oculta con telones más o menos transparentes que ocultan o revelan determinadas partes. En resumidas cuentas, nada que no se haya visto ya, pero que tampoco molesta especialmente. Otro tic muy visto, muy de ser muy moderno y muy así, es el hecho de que los personajes, a los que aún no conocemos, estén en escena no ya durante la obertura, sino desde antes, mientras el público va ocupando sus asientos (y créanme que en el Théâtre de l'Archevêché el proceso es largo, en parte, supongo, por la estructura del edificio y el acceso al patio en el que está el teatro, y en parte por la cantidad de besos, abrazos, saludos y galanterías que se distribuyen, en número que sin duda supera todas las medias estudiadas). Con estas cosas reconozco que me sale la vena cascarrabias y no puedo dejar de preguntarme qué hace allí esa gente moviéndose, hablando entre ellos y mirando al público. ¿Deberíamos observarles nosotros, es parte de la representación? Se me ocurre que tal vez fuera una estratagema del Festival para intentar aligerar el mencionado y proceloso proceso, de hecho, al inicio del segundo acto fue así, con Don Giovanni y Leporello ostensiblemente mirando a los últimos espectadores que no acababan de tomar su asiento. En fin, lo dicho, nada nuevo pero tampoco nada (a estas alturas) demasiado provocativo ni sorprendente.

'Don Giovanni' de Mozart. Dirección musical, Jérémie Rhorer. Dirección escénica, Jean-François Sivadier. Aix-en-Provence, Théâtre de l'Archevêché, julio de 2017 'Don Giovanni' de Mozart. Dirección musical, Jérémie Rhorer. Dirección escénica, Jean-François Sivadier. Aix-en-Provence, Théâtre de l'Archevêché, julio de 2017 © Festival Lírico de Aix-en-Provence, 2017

Algunos detalles interesantes: en esa pared del fondo vemos a Donna Elvira colgando una cruz ante la que reza por su amado. Esa cruz se convertirá en la “T” de la palabra “Libertà”, que uno de los figurantes pintará en la pared al final del primer acto. Y al final de la obra, en esa cruz terminará colgada la chaqueta que ha lucido Don Giovanni, una vez el personaje ha muerto. Otra idea interesante, que es la que motivaba el título de esta crítica: cuando Don Giovanni por fin es arrastrado al infierno, no desaparece de escena, sino que se transforma en una especie de fantasma. Casi desnudo, iluminado por una mortecina luz blanca, permanece en el escenario sin que los demás personajes puedan verle, pero ejerciendo sobre ellos todavía una evidente atracción; es decir, incluso desde el más allá el libertino va a seguir siendo una fuerte presencia en la vida de todos los demás. La idea es interesante y funciona muy bien en la escena, y diría que es el gran acierto de una producción que por lo demás, como ya he dicho, resulta agradable, muy divertida en algunas ocasiones y que, insisto, se ve con agrado y sin plantear grandes cuestiones existenciales.

Philippe Sly encarnaba en esta ocasión a Don Giovanni, y antes de comenzar la representación se anunció que estaba enfermo pero que pese a todo iba a cantar, por lo que no puedo emitir una opinión fundada sobre su voz. Lo que se pudo oír fue un timbre suave y hermoso pero amortiguado por la evidente indisposición. Como actor estuvo espléndido, saltando como un acróbata y encarnando a un Don Giovanni hedonista y lujurioso, es decir, como debe ser. Su criado Leporello era Nahuel di Pierro, quien encarnó el año pasado a Guglielmo en Così fan tutte. Sin ser una voz prodigiosa, estuvo realmente bien en el papel, cantando un aria del catálogo divertida y juguetona. Como actor no iba a la zaga de Sly, por lo que las interacciones de amo y criado fueron realmente estupendas, llenas de pequeños detalles que hicieron las delicias del público. Antológica la escena en la que se cambian los papeles para engañar a Donna Elvira y que Don Giovanni pueda seducir a la criada de esta, con los dos ocultándose alternativamente ante una pequeña cortina plateada que sujetaban, también alternativamente, mediante una pértiga.

'Don Giovanni' de Mozart. Dirección musical, Jérémie Rhorer. Dirección escénica, Jean-François Sivadier. Aix-en-Provence, Théâtre de l'Archevêché, julio de 2017'Don Giovanni' de Mozart. Dirección musical, Jérémie Rhorer. Dirección escénica, Jean-François Sivadier. Aix-en-Provence, Théâtre de l'Archevêché, julio de 2017 © Festival Lírico de Aix-en-Provence, 2017

En todo el reparto había un elemento de juventud que contribuía a aumentar esa sensación de función de fin de curso, pero insisto, un fin de curso de una escuela, al menos en lo canoro, de altísimo nivel. Eleonora Buratto era Donna Anna; posee una voz hermosa y amplia con gran fuerza, de poderoso agudo y gran presencia en todo el registro. También muy convincente como actriz, pasó de joven despechada y desesperada por la muerte de su padre a convertirse en una especie de ángel vengador cuando descubre la identidad del asesino. Pavol Breslik era en esta ocasión su enamorado, un Don Ottavio con bastante más arrojo que el blandengue tenorcito de voz angelical que suele encarnar el personaje. Sin perder un ápice de delicadeza vocal, consiguió hacer de carne y hueso a un personaje que normalmente es recordado tan solo por las hermosas dos arias que canta.

Isabel Leonard era Donna Elvira, y podríamos decir que las tres protagonistas femeninas resultaron vocalmente lo mejor de la noche. Fue, como manda el personaje, una mujer dolida, apasionada, resentida, bastante pesada, pero cantó como los ángeles (cuando los ángeles se sienten dolidos, apasionados, etc, por supuesto). Desde su entrada con 'Ah, chi mi dice mai' demostró que pisaba fuerte como actriz y como cantante, con facilidad para las coloraturas y una voz de timbre grato y carnoso.

Cerraba el trío protagonista femenino Julie Fuchs como Zerlina, y como decía antes, estuvo igual de bien que ellas, sensual y divertidísima como actriz y fantástica como cantante, con una voz hermosa, cálida y acariciante. Masetto, su pareja, era Krzysztof Baczyk, y fue probablemente el menos destacado de los personajes principales, con una voz sin especial relieve. Por último, David Leigh fue el Commendatore con una presencia escénica realmente imponente y un verdadero vozarrón tal vez un tanto demasiado tosco, pero que funcionaba perfectamente en su gran escena final con Don Giovanni.

La intervención del coro es casi anecdótica en Don Giovanni, pero English Voices, dirigidos por Tim Brown, estuvieron estupendos. Y también estupenda la orquesta Le Cercle de l’Harmonie, dirigida con mano firme y segura por Jérémie Rhorer, mozartiano a más no poder en todo momento, detallista y capaz de dar a cada instrumento su espacio de manera que se tenía a veces la sensación de escuchar un Don Giovanni nuevo, por el relieve que adquirían las maderas en algunos pasajes, convirtiéndose casi en solistas en lugar de formar parte del fondo armónico de la orquesta.

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