España - Canarias

Música acuática en la época de su reproducibilidad técnica

Eliana Cabrera

lunes, 24 de julio de 2017
Arrecife, sábado, 1 de julio de 2017. Charco de San Ginés. Judith Pezoa, Esther Alfonso, Beni Ferrer, Besay Pérez, solistas. Coro infantil del colegio Antonio Zerolo, dirigido por Merche Arcas y Regla T. Santana. Orquesta Clásica de Lanzarote. José María Vicente, director invitado. IV Concierto en vela

Arrecife, capital de Lanzarote, era antes simplemente el puerto de la isla. Se trata de una pequeña ciudad con poco más de doscientos años de antigüedad. En realidad no hace tanto que arrebató a la villa de Teguise la capitalidad de la isla y todavía hoy tiene un aire a medio camino entre el pueblito marinero y la ciudad africana postcolonial crecida a las prisas. El arrecife al que hace referencia su toponimia es, como la ciudad misma, un lugar a medio camino entre el mar y la tierra: todavía hoy parte de la ciudad está construida en los arrecifes; y, al mismo tiempo, el corazón de Arrecife reside en una laguna, una lengua de agua del océano que se introduce, poblada de barcas marineras, en el centro del tejido urbano.

Fue precisamente ese lugar, el llamado Charco de San Ginés, la sede del cuarto Concierto en vela, evento organizado anualmente por la Orquesta Clásica de Lanzarote. Se trata de un concierto al aire libre que sitúa al público en unas gradas colocadas en una parte del popular paseo marítimo, y a una orquesta de formación clásica de 30 personas en el centro, en una tarima flotante sobre la laguna. El evento artístico lo completan un coro de niñas y niños de una escuela pública local, en la parte musical, y un equipo pirotécnico, un equipo de vídeo mapping que proyecta imágenes sobre enormes y esféricas pantallas flotantes, un equipo de sonido que amplifica la orquesta y el coro para un público de miles de personas; todos situados en tierra firme. Una serie de minúsculas barquitas de factura local, los jolateros, que van apareciendo en el escenario marino, completan la performance con disfraces y representaciones.

El programa de la última edición, que tuvo lugar el 1 de julio pasado, incluía una vasta selección de bandas sonoras, entre las que se colaban varios movimientos de la Water Music de Georg Friedrich Händel (como banda sonora de la película La locura del Rey Jorge) y un aria de La Traviata de Giuseppe Verdi (presentada como banda sonora de Pretty Woman). La plantilla de la Orquesta Clásica de Lanzarote se completaba con músicos de otras islas, el director invitado, José María Vicente, venido desde Tenerife, y varios solistas, Judith Pezoa, Esther Alfonso, Beni Ferrer y Besay Pérez; un grupo de profesionales que interpretó el concierto en condiciones bastante complicadas y que merece, sin duda, un aplauso.

¿Cabe para un evento de este tipo una crítica musical? En muchas ciudades las orquestas organizan espectáculos de luces y sonido, combinando la música con efectos de colores proyectados sobre fuentes o monumentos. En Tenerife, por ejemplo, son habituales los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Tenerife al aire libre, en la plaza, con repertorios análogos a los que ofreció la Orquesta Clásica de Lanzarote. No sé si estos eventos merecen crítica musical. El espacio abierto resta silencio y aislamiento, resta concentración. La amplificación impide escuchar la belleza frágil y delicada de los instrumentos musicales. La selección de un repertorio a gusto del público puede llegar a resultar cansina (al escuchar por enésima vez los temas de La lista de Schindler o Jurassic Park). De algún modo, la voluntad por hacer espectáculos urbanos de este tipo, ya bastante comunes en muchas ciudades españolas, parece trascender la necesidad de escribir sobre ellos, como si no tuvieran personalidad suficiente para describirlos y explicarlos.

Sin embargo, pienso que también estos conciertos merecen una referencia. Al menos en este caso, este espectáculo en concreto era capaz de sugerir un resultado artístico. Yo sospecho que ese resultado está relacionado con el esfuerzo por incidir en valores locales utilizándolos de manera significativa en relación al repertorio elegido.

Este año el concierto, cuyo programa convocaba al público alrededor de famosas bandas sonoras, en realidad tenía como temática principal la celebración del tercer centenario de la Water Music de Händel, estrenada sobre las aguas del Támesis el 17 de julio de 1717. La interpretación de la obra, aún sin instrumentos originales, sonó a mis oídos increíblemente correcta, limpia y vivaz, pero la sugestión de las olas y la maresía nocturna elevaron el concepto de autenticidad de la interpretación a un nivel diferente. Y no por el hecho banal de interpretar la obra sobre una tarima fluctuante, ni tampoco (aunque el intento es apreciable) por el hecho de haber reconstruido una barca similar a la que reproducen las imágenes de la época de Händel para hacerle recorrer el Charco mientras sonaban las notas de la Water Music. No es la música la que suena más “auténtica”: esta representación sobre las aguas no reproduce tanto la obra como la representación original. Más allá del paralelismo más o menos atrevido entre el Támesis y el Charco de San Ginés, el espectáculo sugiere un discurso en relación al espacio y al ambiente (la fluidez acuática en medio del trazado urbano) y en relación al espectáculo mismo dentro de ese espacio y de ese ambiente. No hablo de una burda reiteración filológica de las circunstancias de su estreno, lo cual sería difícilmente repetible, sino del énfasis en una circunstancia particular y significativa del origen de la obra en tanto que texto representado y escuchado. Entiendo que el espectáculo, de entrada gratuita, tiene una pretensión más lúdica y pedagógica que artística: no es mi intención darle más peso del que tiene. Sin embargo, el adecuado montaje de sus elementos, aún en su sencillez y en combinación con herramientas de difusión de masas, resulta hasta cierto punto interesante, sugerente y significativo.

Las cerca de dos mil personas (hasta cuatro mil, según algunos medios de comunicación, quizá contando con quienes escucharon el concierto desde fuera del recinto de seguridad) que asistieron al espectáculo, llenando los espacios habilitados para el público ya una hora antes de que el concierto comenzara, estuvieron dos horas presenciando el concierto, valorando especialmente, a juzgar por la intensidad de los aplausos, las obras que incluían cantantes y coro. Los niños y niñas del colegio público Antonio Zerolo, situados entre el público y dirigidos desde la misma tarima flotante por el director de la orquesta, con el apoyo de las directoras del coro, contribuyeron a acercar, espacialmente, pero también simbólicamente, la música al público. Y debo decir que las voces infantiles, dirigidas por Merche Arcas y Regla Santana, interpretaron su parte de manera excelente. Fue precisamente el coro infantil y los aplausos entusiasmados tras cada una de sus intervenciones lo que hacía sospechar la importancia del elemento local: el proyecto ofreció una relectura de la obra musical que, apoyándose en elementos latentes en el texto de la obra, pero también en los recursos locales y actuales, hizo aflorar las potencialidades de la misma creando una interpretación realmente significativa para el público. El resultado es un evento decoroso es decir adecuado al lugar, al momento y a la ocasión.

Obviamente, me gusta y soy muy aficionada a escuchar la música, especialmente la música interpretada con criterios historicistas, en un espacio que me permita distinguir y apreciar las incisivas notas del clave y la delicadeza de las cuerdas de tripa con perfecta nitidez. Sobre todo, deseo escuchar obras completas de repertorios más ambiciosos. Sin embargo, un evento de este tipo – del mismo tipo del que muchas veces estudiamos historiadores y musicólogas, eventos históricos como conciertos al aire libre, sobre barcos, en medio de banquetes o durante partidas de cartas, como eran habituales en lo que llamamos Renacimiento y Barroco – tiene su sentido y su significado, y pienso que puede ser valorado en su especificidad. Queda en el aire la dificultad para obtener, con todas estas premisas de dificultad acústica, un buen resultado sonoro. Los esfuerzos de de las cantantes, de la orquesta y de su director, resultaron premiados por una amplificación de buena calidad, pero igualmente los oídos más exigentes deben llegar a un compromiso con la calidad artística propia del espectáculo de masas.

La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica – por decirlo con la expresión de Walter Benjamin – ofrece con frecuencia grandes facilidades para escuchar perfectamente la resonancia de las cuerdas simpáticas de la viola d'amore a través de la discografía. Hoy en día es la música grabada la que parece idealmente representar el aura perfecta de la obra de arte irrepetible. Sin embargo, lo que resulta imposible por definición es reproducir el evento histórico con carácter propio, aun un evento popular, ingenuo, imperfecto, que flirtea incluso con el kitsch, un evento imposible de repetir y trasladar, un evento al margen de las giras de los grandes intérpretes y de las programaciones de los grandes teatros. Sin lugar a dudas nuestra apreciación del evento debe adaptarse a este otro tipo de texto artístico, sin que esto se confunda con una suspensión del juicio crítico, sino su adaptación a las pretensiones y ambiciones específicas del evento. De cualquier forma, dos mil personas escuchando ávidamente una orquesta sinfónica en medio del viento isleño (que el día anterior era una alerta por mal tiempo), me parecieron un evento delicioso que merecía la pena rememorar.

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