Alemania

Una más...

J.G. Messerschmidt

martes, 25 de julio de 2017
Múnich, sábado, 24 de junio de 2017. Teatro Cuvilliés (Temporada del Teatro Gärtnerplatz). Don Juan, ópera con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Lorenzo da Ponte, según el drama de Tirso de Molina. Dirección escénica: Herbert Föttinger. Escenografía: Walter Vogelweider. Vestuario: Alfred Mayerhofer. Intérpretes: Mathias Hausmann (Don Giovanni), Jennifer O’Loughlin (Donna Anna), Lucian Krasznec (Don Ottavio), Sergii Magera (Comendador), Camille Schnoor (Donna Elvira), Levente Pàll (Leporello), Matja Meic (Masetto), Sophie Mitterhuber (Zerlina). Orquesta y Coro del Teatro Gärtnerplatz. Dirección del coro: Karl Bernewitz. Dirección musical: Marco Comin

Quizá la culpa no sea tanto de los directores de escena y de orquesta como del espectador que acude al teatro lleno de vagas esperanzas, deseando asistir a un espectáculo inteligente y placentero. Lo primero es algo que también pretenden, aunque más no sea de palabra, los intérpretes de la obra. Lo segundo, el placer del espectador-oyente, es, parece ser, una pretensión inaceptable, casi vergonzosa. ¡Al teatro no se va para pasarlo bien! Una pena ... En la función que reseñamos, nos ocurrió exactamente lo que acabamos de describir. Pero vayamos por partes.

La nueva puesta en escena de Herbert Föttinger sitúa la acción en el presente, si hemos de dejarnos orientar por los trajes y otros requisitos. Este tipo de actualización (Leporello cantando el aria del registro con un ordenador portátil entre las manos) es siempre muy peligrosa, pues los anacronismos suelen acabar en el absurdo y en el aburrimiento si el director de escena no es un genio, y Herbert Föttinger no parece serlo, si hemos de juzgar por esta producción. Es ésta una de aquellas escenificaciones en las que casi todo aparece bastante explícito (Donna Anna sigue “enamorada” de Don Giovanni, aun sabiendo que es su burlador y el asesino de su padre) y ruidoso y en las que todos los personajes se pasan media ópera revolcándose por el suelo (¿no podría el escenógrafo hacer la caridad de ponerles un sofá y un par de sillas?). Humor, reflexión y sutileza se echan mucho de menos: don Giovanni no pasa de ser un pobre diablo sin mayor gracia. Pero lo peor de todo no es esto, sino que la historia está mal contada, resulta confusa, es comprensible sólo para quien ya la conoce. ¿Y por qué tiene la ópera que ser siempre cosa de iniciados? Personalmente creo que lo primero que se debe exigir a una producción es la claridad argumental que permita a un espectador “lego” seguir el argumento sin dificultades. Lo demás se dará por añadidura, si realmente hace falta ...

En el plano musical, esta nueva producción resulta igualmente decepcionante. Marco Comin marca tiempos monótonamente rápidos y acentos uniformemente violentos. No hay sombra de contrastes, el fraseo no es tal y el resultado es de una aspereza fatigosa y aburrida. Los cantantes se ven obligados a seguir al director y a la orquesta y a competir en volumen y patetismo. ¿Es esto Mozart? La falta de matices y el forte continuado matan la melodía, el cantabile se echa de menos en toda la función. Sólo Jennifer O’Loughlin y, en menor medida, Lucian Krasznec consiguen ofrecer algo de lirismo mozartiano. Unos tiempos más reposados habrían contribuido a hacer brillar la voz de Sophie Mitterhuber, ideal para el papel de Zerlina. Pero también Camille Schnoor, Levente Páll y Mathias Hausmann habrían merecido una mejor dirección musical, que les permitiera desplegar todas sus cualidades sin agobios ni apresuramientos.

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