Musicología

Xavier Benguerel. Búsqueda e intuición

Jorge de Persia

jueves, 10 de agosto de 2017

“Hablar de Xavier Benguerel, sin que se descubran a través de nuestras palabras los tonos cálidos de una ya lejana amistad y de la más íntima colaboración, sería hacer fantasías e informar mal. Y es que Xavier esconde, tras su apariencia poco afable y su aspecto de hombre de difícil penetración, unas indiscutibles dotes para la amistad y su ágil, soñadora y casi diría yo infantil imaginación. Quienes conocemos bien a Xavier Benguerel no nos sorprendemos, al oír sus obras, de que detrás de sus texturas rigurosamente actuales se descubra constantemente a un lírico, un imaginativo, un compositor con inagotables recursos que, por otra parte, debemos constatar que utiliza bien, con inteligencia y habilidad extremas. Todo ha influido en que Benguerel siguiera una línea de progresiva expansión como compositor."

”Benguerel tiene un aspecto oculto de su personalidad que nos gustaría resaltar: es un infatigable trabajador. Buena parte de su proyección la debe a su constante entrega al quehacer musical. Pero, su influencia se ha ejercido también en la vida musical barcelonesa a través de su labor en Juventudes Musicales. Él es, allí, desde hace años, el mejor abogado de los compositores contemporáneos. Contribuyó a perfilar las directrices del Festival Internacional y, si repasáramos la ya repleta vida de la Asociación, en cada una de las realizaciones que afectan a la mejor difusión del hecho musical actual hallaríamos su huella, su pulso, su idea. Como él dice, Juventudes Musicales le ayudó mucho, pero, lo que sí es cierto es que él cuenta en su haber con brillantes servicios prestados a la música catalana actual”.1

Acertadas palabras que, si bien dichas hace ya más de un tercio de siglo, mantienen su actualidad. No hay duda de que detrás de un cierto formalismo, o más bien adscripción a las fórmulas de actualidad, o más aún, utilización de voces contemporáneas, siempre surge en la música de Benguerel la personalidad del autor, y se manifiesta con una cuidada sensibilidad. Casi como aparenta ser él, como desentendido de las cosas, como más allá; pero quienes lo conocemos sabemos que las cosas le afectan, y mucho.

Su catálogo revela realmente el transcurso de esta segunda mitad del siglo XX y la entrada del nuevo siglo, dentro de una variedad formal y estilística que hace difícilmente clasificable su trabajo. Asistimos en él al largo camino que transcurre entre la destrucción de un sistema y la recomposición, entre el alejamiento casi completo de las pautas musicales tradicionales y su rescate en función de nutrir una actividad creadora que se sustenta en la tradición pero sin anquilosarse, de forma viva. Durante estos años del siglo XX se construyó y se deconstruyó un mundo; el hombre decapitó ideales, el arte entró en laberintos personales y la necesidad de cambio abonó esa sensación que comentó Benguerel hacia la parte central de su catálogo: “Tengo la sensación de que mis partituras envejecen con demasiada prisa”.

No es fácil mirar atrás con Benguerel, no se prodiga ni en recuerdos, ni en anécdotas… creo que no le gusta hablar de su música. Sin embargo, es su esencia vital y allí está constantemente, aunque más presente y con proyección de futuro. Refiriéndose a sus primeros años de trabajo, los tiempos de estudios con Taltabull, Benguerel reflexionaba en 1982, cuando tenía 51 años: “Ahora me avergonzaría si se volvieran a interpretar las obras que trabajé en esa época”. Una década antes, en 1972, había declarado que él rara vez volvía a oír su música, ya que por su sentido de la autocrítica, al poco de terminada una obra ya no le gustaba, “le encuentro demasiados defectos”, decía.

Ahora, cuando trabajábamos para preparar este libro2, escuchando obras, revisando viejas partituras que el propio autor había olvidado hace ya muchos años, dejándolas fuera de catálogo por ese fuerte sentido de la autocrítica manifestado ya casi a mitad de su carrera de compositor… cuando repasábamos algunas de aquellas partituras por tantos años descatalogadas, Benguerel no contenía en algunos casos su asombro y esbozaba una sonrisa cómplice y decía: “Vaya, no estaba tan mal… ¡y pensar que esto ya tiene casi 50 años!” Y, en efecto, algunas de esas obras ya mostraban un potencial y características que las mantendrían hoy perfectamente en escena.

Con la misma claridad con que expone su sentido crítico para consigo mismo, Benguerel asume su condición de “autodidacta”, sus dificultades para seguir estudios sistemáticos, pero a la vez su capacidad para estudiar y analizar las grandes obras de la historia de la música, su necesidad de conectar con sus “verdaderos maestros”, como suele decir, en cuyas partituras sí podía sumergirse en la convicción de que “difícilmente se puede enseñar a ser compositor; se nace o no se nace para ello; yo no tuve paciencia para seguir métodos, pero sí para estudiar a Bach, a Bartók”, e incluso a los más contemporáneos, como Berio, Ligetti, Penderecki, Lutoslavski: “Todos me han enseñado una cosa u otra”. Pero especialmente Bartók –subraya–, lo que supone una manifestación de su admiración por el compositor húngaro tan poco conocido en la España de mediados del siglo, y cuyas partituras están siempre en su mesa de trabajo. Y como aprendió de las grandes obras, también lo hizo de los grandes intérpretes. La figura del intérprete –lo hemos visto– está constantemente vinculada en Benguerel a la labor de compositor y a su catálogo, en el que figuran destacados nombres, en cuyas posibilidades técnicas y musicales se inspiró al trabajar en la composición. Uno de sus objetivos, al estructurar un discurso musical, estaba centrado en quién iría a interpretarlo.

Hemos intentado describir a través de este libro algunas de las variables que se desprenden de las actitudes de Benguerel frente a la música, en un camino marcado por una increíble ansia de innovación, de no insistir en fórmulas, e incluso de desmentirse a sí mismo; no hay dudas en sus miradas retrospectivas, sino más bien una distancia que da sensación de que lo pasado es algo casi ajeno. Son rasgos de una personalidad que no para de mirar al futuro. Xavier Benguerel es parte de una generación muy destacada para la música en España y Cataluña; un grupo importante de músicos nacidos en torno a 1930, años marcados por la caída de la monarquía y la instauración de la II República, y fundamentalmente por la muy cercana Guerra Civil, que todos vivieron de niños. En Madrid se dan entonces los nombres de Ramón Barce, Cristobal Halffter, Luis de Pablo, Carmelo Bernaola y Antón García Abril, entre otros. Entre los más destacados en Cataluña se encuentran Leonardo Balada (Barcelona, 1933), Narcis Bonet (Barcelona, 1933), Jordi Cervelló (Barcelona, 21935), Josep Lluís de Delàs, Joan Guinjoan (Riudoms, 1931), Carles Guinovart, Josep Mª Mestres Quadreny (Manresa, 1929), Padrós, Salvador Pueyo, Josep Soler (Vilafranca del Penedés, 1935), Francesc Taverna-Bech (Barcelona, 1932); todos en un contexto que transcurrió en compañía de destacadas figuras de las artes plásticas, como el grupo Dau al Set, y las individualidades indiscutidas –Ràfols Casamada, Modest Cuixart, Antoni Tàpies, Joan Brossa–, en unos buenos años de coincidencia con las figuras ya universales de Dalí y Miró. Si no en diálogo, sí en relación intergeneracional, convivieron con Xavier Montsalvatge, una figura de mucha presencia en la composición y en la crítica en esos años; cuando ellos comenzaban ya Montsalvatge había alcanzado en 1945 un alto reconocimiento. También independiente y algo mayor fue Joaquim Homs (1906-2004), discípulo de Robert Gerhard, más cercano a las actividades de la generación de Benguerel y el único que no registra en su formación la ruptura de la guerra.

Les une, quizás, además de la contemporaneidad cronológica, la heterogeneidad de sus propuestas y el desarrollo de opciones claramente personales dentro del controvertido mundo de las tendencias de la creación musical de estos últimos tiempos. No conforman ningún grupo –los intentos fueron escasos y efímeros– y sus vidas transcurren, a diferencia de la generación anterior, la del Círculo Manuel de Falla, por ejemplo, por caminos individuales, incluso cultivando cierta soledad poética. No se diferencian en ello de artistas de otras áreas en el mismo contexto generacional; ya no hay una forma que los cohesione, son un manantial de contenidos y formas diversas y emergentes de esta dimensión que busca una expresión, un lenguaje personal.

Hemos compartido con Xavier Benguerel una larga temporada de trabajos, que yo agradezco profundamente por todo lo que he aprendido, aunque quedan aún muchas preguntas, muchas dudas. Uno siempre piensa que el verdadero libro debería comenzar después de acabado el primero, y en este sentido este trabajo es para mí simplemente la puerta y el comienzo de un camino. Su sensibilidad, generosidad y entusiasmo fueron fundamentales para poder avanzar en la construcción de esta historia, a la vez que su confianza y consideración, que es para mí un honor.

Nada más que gratitud pues por esta experiencia, cuyo corolario es nada más y nada menos que la amistad. Mis agradecimientos también a Eduardo Bautista, Ramón Muntaner y a Agnela Domínguez y su equipo de SGAE por la comprensión, facilidades, entusiasmo y aliento; y a Mari Carmen Gómez Muntané, destacada medievalista y musicóloga, que estuvo en el origen de este trabajo, que tiene en los libros de Guinovart y Marco3, y el de Rodríguez Picó4 dedicados a Benguerel, dos precedentes difíciles de superar y que han sido referencia constante.

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