España - Cantabria

Festival de Santander

La frescura interpretativa de un viejo maestro

Xoán M. Carreira
jueves, 17 de agosto de 2017
Charles Dutoit © Luzerner Sinfonieorchester Charles Dutoit © Luzerner Sinfonieorchester
Santander, lunes, 14 de agosto de 2017. Palacio de Festivales de Cantabria. Sala Argenta. Royal Philharmonic Orchestra. Charles Dutoit, director. Hector Berlioz, Obertura Le Corsaire Op 21. Edward Elgar, Variaciones sobre un tema original para orquesta Op 36 'Enigma'. Ludwig van Beethoven, Sinfonía n. 5 en do menor Op 67. Festival Internacional de Santander 2017
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Uno de los grandes atractivos del Festival Internacional de Santander 2017 ha sido este concierto de la Royal Philharmonic Orchestra con Charles Dutoit, con un programa de repertorio bien articulado y de grata escucha en una jornada estival, cuya única pega fue no haber contado con la ingrata acústica de la Sala Argenta que perjudicó gravemente la escucha de la Obertura de El Corsario, obra que se programa relativamente poco a causa de su gran dificultad de empaste y ajuste, aspectos en los cuales Charles Dutoit es maestro indiscutible.

La refinada orquestación de las Variaciones 'Enigma' es un traje a la medida para el talento concertador de Dutoit. Su amable y lúcida visión de esta obra maestra de Elgar empezó espléndida y fue mejorando en el transcurso de la obra hasta alcanzar lo excelso a partir de Nimrod, variación en la cual Dutoit logró la mejor sonoridad posible en la Sala Argenta. Sin renunciar a la sutilidad dinámica, Dutoit consiguió que los asistentes percibiéramos muchos de los innumerables toques magistrales de pincel de Elgar, como el conocido redoble del timbal en pianissimo.

Reconozco que tenía una gran curiosidad por escuchar la interpretación de la Quinta sinfonía de Beethoven por Dutoit y la RPO. Varias personas asistentes al ensayo general de ese día me comentaron que Dutoit había realizado una 'deconstrucción' radical de las tradiciones interpretativas de la RPO, pidiendo incluso una nueva lectura por parte de las cuerdas. Ese trabajo dio frutos excepcionales en el segundo movimiento e incluso en el tercero. Fiel a su sensibilidad francesa, Dutoit cuidó con esmero la característica sonoridad de las maderas beethovenianas vinculando estos dos movimientos al milagro tímbrico conseguido por Beethoven en la Primera sinfonía y el Septimino.

La luminosidad y la belleza de esta interpretación me llevaron a desechar mis escrúpulos sobre la perspectiva retórica de Dutoit, pues lo que legitima a una interpretación son los resultados globales (calidad de sonido, coherencia interna, comunicación y capacidad emocional) quedando en segundo lugar las cuestiones eruditas sobre la supuesta fidelidad a unas fuentes que por su propia naturaleza gozan de gran elasticidad. Quede constancia de mi satisfacción por el hecho de que Dutoit rehuya cualquiera de los excesos tímbricos, rítmicos, dinámicos, y/o de plantilla que tanto placer y vanidad proporcionaron a muchos grandes directores de su generación y la anterior. Un desequilibrio en la dinámica en la intervención del piccolo y el fagot (ignoro si por defectos de la acústica de la sala o por un error de cálculo de la flautista secundario a la acústica) no fue suficiente para empañar la fortuna de esta interpretación de la Quinta dotada de un encantador aroma old-fashion que sólo un veterano como Charles Dutoit puede legitimar. 

El público ovacionó y fue recompensado con otra propina old-fashion -qué otra cosa si no son las propinas- una Danza húngara de Brahms-Dvorák, que todos salimos tarareando y sintiendo el sabor de una tarta Sacher vienesa. Con estos criterios, benditos sean los festivales estivales. ¡Se lo dice un reconocido cascarrabias!

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