Rumanía

Un viejo Beethoven y un nuevo Stravinsky

Maruxa Baliñas

lunes, 18 de septiembre de 2017
Bucarest, lunes, 11 de septiembre de 2017. Palatului. Frank Peter Zimmermann, violín. Royal Philharmonic Orchestra. Charles Dutoit, director. Maurice Ravel, Pavana para una infanta difunta. Ludwig van Beethoven, Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61. Igor Stravinsky, Petruska (versión de 1911). Festival Enescu: Ciclo de grandes orquestas. Entradas agotadas
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Cuando salió a escena Zimmermann y comenzó el Concierto para violín de Beethoven me quedé fastidiada, no me gustó nada su enfoque. E inmediatamente me dí cuenta de cuánto había cambiado mi imagen sonora de esta obra en los últimos años. Hace apenas dos décadas, Zimmermann era uno de mis violinistas favoritos, no es que me llevara a las alturas celestiales, pero siempre disfrutaba. Y de repente le escuchaba y era 'viejo'. Pero es que en los últimos años me he acostumbrado -como todos, supongo- a una generación de violinistas -jóvenes y guapos en su mayoría- que son mucho más brillantes y aparentemente expresivos. Busqué entonces mentalmente qué me gustaba de Zimmermann (y de Vengerov, y de Mutter) y comencé a disfrutar enormemente del Concierto de Beethoven, cuyo primer movimiento se me pasó en un soplo, de un tirón. Porque con la llegada del siglo XXI esa es una de las cosas que hemos perdido, el concepto unitario de la obra, la idea de que la construcción formal es un valor estético y como tal hay que dedicarle su atención. ¿Qué antes se exageraba la preocupación por la armonía y la forma? Es muy posible, pero ¡qué sólido resulta el Concierto para violín beethoveniano desde esta perspectiva!

Mientras hago esta reseña está a mi lado el editor, Xoán M. Carreira, diciéndome que estoy totalmente equivocada, que Beethoven intentó escribir un concierto para violín de éxito, imitando los conciertos militares de Viotti, especialmente el nº 22, en el cual el timbal obligado tiene que tener una enorme presencia y por momentos ser co-protagonista con el violín, como en la cadencia original de Beethoven para este Concierto. Y que cuando Dutoit atenúa los timbales en Beethoven está siguiendo una tradición interpretativa totalmente legítima pero alejada de la concepción original. Clemens, el dedicatario, era un espléndido violinista con muy buena afinación y espléndida proyección (virtudes de las que carecía Joachim, el gran divulgador de este Concierto y creador de la tradición interpretativa mayoritaria) pero ni a Beethoven ni a Clemens les interesaba especialmente el aspecto constructivo de la obra.

Dutoit y la RPO habían comenzado su concierto con una versión de la Pavana para una infanta difunta muy atractiva tímbricamente, impecable, preciosista, que demostró hasta qué punto son buenos orquesta y director. Pero su versión fue poco romántica. Recurriendo al símil plástico, tuvo muy poco de modernismo y mucho de figurita de Lladró. Preciosa mientras duró, pero de recuerdo fugaz.

Lo mejor de la noche fue sin duda Stravinsky. Aunque todavía me quedan muchos conciertos por escuchar en este festival, casi me atrevo a decir que una de las cumbres -junto con el Cosí de Minkowski- será esta Petruska. Si en las dos obras anteriores predominó la tradición, Petruska me sonó totalmente nueva. Lo más evidente fue la gran primacía dada a la percusión. He escuchado muchísimas veces esta obra (siempre la preferí a la Consagración) y nunca había oído tanto a esta sección, especialmente los contrastes tímbricos del xilófono. Curiosamente me sonó más rusa pese a habersela escuchado a varias orquestas y directores rusos anteriormente. Si se hacía caso omiso de la 'modernidad' del lenguaje, fue un Petruska muy chaicovquiano, incluso más que rimskiano, muy romántico y muy trágico. 

En un concierto que ya había dado muchos saltos estilísticos, de Ravel a Beethoven -pasando por Bach en la propina de Zimmermann- y luego a Stravinsky, Dutoit optó por una propina sencilla, no banal pero casi: un número de Mi madre la oca de Ravel. Después de la gloria hay que volver al suelo ....

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