Rumanía

La magia del violín

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 14 de septiembre de 2017
Bucarest, martes, 5 de septiembre de 2017. Gran Sala Palatului. Vadim Repin, violín. Russian National Orchestra. Horia Andreescu, director. Alberto Ginastera: Suite del ballet “Estancia”; George Enescu: Aria y scherzino para violin y orquesta; James MacMillan: Concierto para violín y orquesta; Piotr Illich Chaicovski: Sinfonía nº 5 en Mi menor, op. 64. Festival Enescu. Ocupación: 95%
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La Sala Palatului de Bucarest –ejemplo de la arquitectura oficial que se hacía en los mejores tiempos de la oprobiosa – no fue concebida con la finalidad de albergar conciertos de música sinfónica, aunque sólo sea porque su aforo (casi 4.000 localidades) dobla lo que hoy se considera como el máximo aconsejable a esos efectos. Por ello, y con la finalidad de mejorar en lo posible una acústica ingratísima, los responsables del Festival Enescu han colocado grandes piezas de tela en el techo y en el fondo de la sala. A este enorme espacio le cuesta llenarse de música, pero conforme avanza la función se acostumbra uno. 

Y por ese motivo es buena idea empezar el concierto con una pieza que tiene “mucha música”. El ballet Estancia es seguramente la obra más conocida del argentino Alberto Ginastera, y su número final “Malambo” una de las propinas más extendidas en el mundillo sinfónico. La Orquesta Nacional Rusa con el veterano maestro rumano Horia Andreescu (Brasov, 1946) dieron una versión vibrante y colorista, haciendo bueno aquello de que la música traspasa fronteras.

Aria y scherzino es una breve pieza de juventud de Enescu que fue editada en 2005 gracias al esfuerzo del violinista rumano Sherban Lupu; casi se diría una obrita de estudio consistente en una cantilena seguida de una sección rápida al modo inequívocamente cíngaro. Y el siberiano Vadim Repin (Novosibirsk, 1971) la tocó con entusiasmo, como aperitivo del Concierto del escocés James MacMillan (Kilwinnig, 1959) que se daba esta noche en primera audición en Rumanía, y con el compositor presente en la sala. 

No he escuchado muchas obras de Sir James, pero las que he oído me han gustado, y mucho. Y este Concierto también. Se nota a la legua que MacMillan tiene como objetivo primordial gustar al público; y no porque le ponga las cosas fáciles, sino porque las hace atractivas y con un lenguaje asequible a poco que se preste atención. A quien le complica la vida es al solista, con una parte que se las trae con abalorios: no es que la cosa reúna todas las semicorcheas del mundo, sino que apenas hay una sola línea melódica que no se toque con dobles cuerdas, y todo ello sin darle más momento de respiro –en la media hora que dura- que el tutti de la orquesta en el movimiento central.

Repin –a quien está dedicada la obra, y quien la estrenó en 2010- demostró porqué es uno de los grandes violinistas de hoy, acometiendo con aplomo todas esas dificultades y sacando de su instrumento un sonido grande y amplio. Andreescu y la orquesta –que tampoco lo tenían fácil- estuvieron al quite: para el recuerdo me quedan los diálogos del solista con los diferentes percusionistas, en un alarde de color de parte del autor, y de virtuosismo por parte de los ejecutantes; por no hablar de las contribuciones vocales de la orquesta –en alemán-. El público aplaudió a rabiar, y el compositor no pudo esconder la cara de satisfacción por haber logrado su propósito. 

Sin duda los músicos de la Orquesta Nacional Rusa aprendieron la Quinta sinfonía de Chaicovski antes que a leer y escribir. Y aunque su fundador Mijail Pletnev se preocupó muy mucho por hacer de ella la menos rusa de las orquestas –no hay sequedad en la cuerda ni asperezas en los metales, y todo suena muy occidental-, la siguen tocando a la rusa, como si les fuera la vida en ello. Por más que Andreescu ofreció una interpretación que no tuvo nada de especial, con tiempos bastante ligeros y algún efectismo de más al ralentizar el final de ciertas frases (por ejemplo, el arranque del tiempo lento salió premioso, y el solo de trompa fue más bien soso).

Pero es una obra que no falla nunca con el público. Como tampoco falla la Obertura de Ruslan y Luidmila con la que se correspondió su ovación. 

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