Rumanía

Reencuentro con la Filarmónica Checa

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 15 de septiembre de 2017
Bucarest, miércoles, 6 de septiembre de 2017. Atheneul Roman. 6 y 7 de septiembre de 2017. Valentin Radutiu, violonchelo. Nicolaj Znaider, violín. Orquesta Filarmónica Checa. Cristian Macelaru, director. Día 6: George Enescu: Suite para orquesta nº 3 en Re mayor, op. 27; Dmitri Shostakovich: Concierto para violonchelo y orquesta nº 1 en Mi bemol mayor, op. 107; Antonin Dvorák: Sinfonía nº 8 en Sol mayor, op. 88. Día 7: Johannes Brahms: Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 77; Bohuslav Martinu: Sinfonía nº 4, H 305. Festival Enescu. Ocupación: 100%

No escuchaba en vivo a la Orquesta Filarmónica Checa desde los tiempos de Vaclav Neumann, así que ya he perdido la cuenta de las canas que me han salido desde entonces. En todo este tiempo la orquesta ha vivido una época llena de turbulencias, con los tijeretazos presupuestarios derivados de la crisis generalizada, y con el nombramiento de directores que venían con fallidas promesas de grabaciones discográficas –o que se han demostrado incompatibles de carácter-.

Todo ello se ha traducido en una muy escasa presencia en los circuitos internacionales de una orquesta que se ha visto obligada a viajar en los aviones de la fuerza aérea checa. O en autobuses de poca fiabilidad, como se puso de manifiesto en el accidente sufrido tras un concierto en Viena en marzo de 2015, resultando heridos trece de sus miembros.

Esa incompatibilidad de caracteres se demostró incluso con Jiri Belohlavek, que fue elegido titular tras la llamada “revolución de terciopelo”, y removido poco después. Y recuperado de nuevo en 2012, esta vez con plenos poderes y en olor de multitud. Tras cinco años en el puesto, cuando la orquesta estaba dando signos evidentes de recuperación financiera, discográfica y artística, Belohlavek murió de cáncer el pasado mes de mayo.

De manera que había que buscar un sustituto para estos conciertos del Festival Enescu en Bucarest. Y se ha encontrado en el director rumano Cristian Macelaru (Timisoara, 1980), de quien leo que en 2014 ganó el Premio Solti, que desde 2013 es director residente de la Orquesta de Filadelfia, y que recientemente ha sido nombrado responsable del Festival Cabrillo de música contemporánea en California.

Macelaru tiene la energía propia de su edad, sabe mandar, y su fraseo revela un estudio más que suficiente de las obras en cartel. Por su parte, la orquesta suena –casi- como la recordaba: una cuerda sedosa como hay pocas –se dice que los checos nacen con un violín bajo el brazo--, una madera dulcísima y un metal afilado pero no agresivo; tal vez les falte aún por recuperar el último punto de su mágico empaste de conjunto. Aunque quizás su rasgo distintivo más evidente es la flexibilidad de su sonido: estos músicos son incapaces de doblar una esquina en ángulo recto, tal vez porque –en palabras de Belohlavek- “más del 99 por ciento de sus miembros son checos” (lo cual es un caso prácticamente único en la globalizada actualidad sinfónica).

Otra cosa es que estas cualidades puedan apreciarse en toda su intensidad en el Ateneo Rumano. El edificio es precioso, y la sala tiene una acústica excelente, pero ni el escenario ni esa acústica resultan adecuados para un concierto de música sinfónica: aquí lo apropiado es dar recitales o sesiones camerísticas. Sea como fuere, la Filarmónica Checa se apiñó como pudo –sus ocho contrabajos incluídos- en ese reducido escenario y dio un par de conciertos estupendos.

El primero de ellos dio comienzo con la Suite para Orquesta nº 3 de Enescu, subtitulada en francés “Villageoise” (“campestre” es una posible traducción); composición escrita en 1938 por encargo de la Filarmónica de Nueva York. Cinco movimientos, por supuesto con abundante material folclórico y bailable (con la excepción de un tedioso solo de oboe entre bambalinas en el cuarto de ellos), en los que orquesta y maestro se sintieron muy a gusto.

El violonchelista alemán Valentin Radutiu (Munich, 1986) lleva la música en los genes (su padre tocaba también profesionalmente el mismo instrumento en la Rumanía comunista hasta que decidió emigrar), y la regala con un sonido noble y elegante. Casi diría que demasiado elegante para el Primer Concierto de Shostakovich, que tengo por una pieza que requiere un poco más de fiereza, incluso un cierto salvajismo (reconozco que en ello influye la larga sombra de Rostropovich). Así, la cadencia que conforma el tercer movimiento sonó más reflexiva de lo habitual. Pero su interpretación fue coherente, y la orquesta –bravo por el primer trompa- supo seguirle. Radutiu agradeció la ovación con una zarabanda bachiana (qué bien suena un solo instrumento en esta sala).

Nunca me cansaré de escuchar la Octava Sinfonía de Dvorák. Y menos en una versión como la de hoy. Con semejantes músicos –y con una batuta rectora que sabiamente les deja hacer- se sobrepone uno con facilidad a las estrecheces de la acústica y se sumerge en esta sucesión inagotable de sonidos hermosísimos. En estas circunstancias, lo mejor fueron los movimientos centrales en sus episodios más líricos –el desarrollo del adagio, el tema del scherzo (si en alguna ocasión la indicación “allegretto grazioso” resulta exacta, es en ésta) para apreciar la calidad de los violines checos. De nuevo ovación del respetable, y propina de Dvorák para corresponderla.

Si el primer concierto fue bueno, el segundo lo fue más. Siempre es arriesgado manifestar algo así, pero creo de verdad que la de esta tarde ha sido la mejor versión que he escuchado jamás del Concierto para violín de Brahms. No puedo imaginar más poderío, más limpieza, mayor grandeza de sonido, mejor afinación, ni más atinada tensión brahmsiana que la que el danés Nicolaj Znaider (Copenhague, 1975) puso en su interpretación. En la larguísima introducción -llena de sentido de la expectación por lo que ha de venir-, en la elegancia del fraseo, en la pirotecnia de la cadencia -por cierto, no supe identificar cual es la que tocó, entre las más de docena y media que hay por ahí, pero no era la de Joachim-, en la magia del episodio en sobreagudo que le sigue –concentración y ensoñación en perfecto equilibrio-, en el canto del adagio, y en el torbellino bailable del final.

Macelaru y los checos pusieron la otra mitad de esta versión espectacular, igualmente llena de tensión y de fuerza, con los tutti juiciosamente administrados en sus dinámicas y haciendo oír todas las segundas voces que esconde la cuerda. Para mi sorpresa, el único pero estuvo en el célebre solo de oboe en el tiempo lento, que salió bastante soso. El público aplaudió ruidosamente, y Znaider regaló –como hizo Radutiu la tarde anterior- una zarabanda bachiana.

En cambio, en más de cuarenta años que llevo asistiendo a conciertos, las interpretaciones de las sinfonías de Bohuslav Martinu que he escuchado se pueden contar con los dedos de una mano –y sobran- (algo tendrá que ver el ostracismo al que fue condenado el autor por parte de la vanguardia más radical a causa de su lenguaje, que bordea la tonalidad pero sin bajarse de la acera). De modo que la versión de esta no miche de su Cuarta Sinfonía –estrenada en 1945 por Eugene Ormandy con la Orquesta de Filadelfia- fue para mí como un descubrimiento.

La pieza tiene un ímpetu imparable en sus cuatro movimientos –con un scherzo vertiginoso y con un tiempo lento lleno de dramatismo-, y Martinu demuestra lo bien que sabía escribir para orquesta, de la que extrae una inesperada cantidad de colores y con cuyos recursos tímbricos logra sutilezas muy finas. Y lo mejor es que consigue todo eso sin caer en el apabullamiento -a pesar de la gran plantilla instrumental que prescribe la partirtura-; de modo que el discurso fluye con facilidad. Y si me sonó así, es porque la Filarmónica Checa lleva esta partitura en la sangre, y porque Macelaru ha tenido tiempo suficiente para estudiarla. Ovación de nuevo, y de nuevo Dvorák en la propina, esta vez una de sus famosas Danzas Eslavas.

En resumen, el reencuentro tras muchísimos años con una orquesta muy querida, la felicidad por reconocerla, y el deseo ferviente de tener una nueva ocasión -más próxima en el tiempo- para volver a disfrutar de un conjunto único en el mundo. 

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