Rumanía

Mahler y otras delicias vienesas

Alfredo López-Vivié Palencia

martes, 19 de septiembre de 2017
Bucarest, viernes, 8 de septiembre de 2017. Gran Sala Palatului. Anne-Sophie Mutter, violín. Pittsburgh Symphony Orchestra. Manfred Honeck, director. George Enescu: Obertura de concierto sobre temas populares rumanos, op. 32; Antonin Dvorák: Concierto para violín y orquesta en La menor, op. 53; Gustav Mahler: Sinfonía nº 1 en Re mayor. Festival Enescu. Ocupación: 100%

Es llamativo que, desde la toma de posesión del austríaco Manfred Honeck (Nenzing, 1958), la Sinfónica de Pittsburgh se haya convertido en una de las orquestas norteamericanas con más presencia internacional, tanto en giras de conciertos como en ediciones discográficas. Naturalmente, esto se debe a que cuentan con buenos y generosos patrocinadores; pero también al reconocimiento de la mejora de la calidad de la orquesta en los diez años que Honeck lleva al frente: sobre todo en su cuerda, que ha ganado en cuerpo y en elasticidad.

Lo cual se puso de manifiesto ya en la Obertura de concierto op. 32 de Enescu. Obra no tan fácil ni de ejecutar ni de comprender como podría sugerir su título, porque cuesta reconocer en ella esos “temas populares rumanos”, que están siempre presentes en el elemento rítmico pero no tanto en el melódico. Es una pieza de tonalidades oscuras y de carácter más bien dramático, pero espléndidamente orquestada; y los de Pittsburgh dieron brillante cuenta de ella.

La alemana Anne-Sophie Mutter (Rheinfelden, 1963) fue durante muchos años la única mujer destacada en el panorama violinístico (por sus propios méritos, desde luego, pero también por la promoción incondicional que obtuvo de Herbert von Karajan). Hoy ya no lo es, y no tanto porque haya bajado la calidad de sus interpretaciones -que diría que ha bajado, por lo escuchado esta noche-, sino porque ahora sí hay una tremenda competencia femenina en este terreno. Pero ahí sigue, tan guapa y tan rubia y tan con su vestido ceñido de escote bañera; y con su Concierto de Dvorák.

Mutter se ha hecho la campeona de esta obra, y no para de tocarla allí donde va. En ella ha encontrado Mutter su particular refugio, porque se trata de una pieza prácticamente ignorada por parte de los solistas de violín, habida cuenta de que no es de lo mejor que escribió su autor. Pero Mutter la defiende con convencimiento; aunque su línea de canto ya no tiene la firmeza aplastante de antaño (se empeñó en dar muy piano la última parte del adagio y sufrió lo suyo para conseguirlo), y aunque de vez en cuando la afinación no siempre caiga en el centro de las notas. Mutter ya grabó este concierto con Honeck (DG), de modo que el acompañamiento también estaba más que entrenado. Al público le gustó la interpretación, y Mutter correspondió con una propina bachiana. 

Decía Leonard Bernstein que la Filarmónica de Viena odia a Mahler; pues bien, parece que Honeck -que se crió en esa orquesta- le da dado la vuelta al asunto y hace de Mahler un músico con sabor vienés. En su versión de la Primera sinfonía no hay ninguna exageración dramática, sino que Honeck suaviza todas las brusquedades de la partitura: la culminación del primer movimiento se escucha como algo natural y no precipitado, y el finale es más una fiesta sonora que otra cosa con los metales norteamericanos mostrando su proverbial poderío.

Pero es en los movimientos centrales donde Honeck deja bien claro que sabe valsear: el scherzo sonó con una elegancia muy lejos de su pretendido carácter rústico, y en el episodio de la marcha fúnebre que sigue al Frère Jacques rubateó con auténtica clase. Tal y como volvió a hacer -en la más pura imitación del gesto de Carlos Kleiber- en las dos propinas straussianas que dio para agradecer la ovación del público: La Libélula (de Josef), y la polca rápida Furioso (de Johann).

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