Reino Unido

El maestro y Margarita

Agustín Blanco Bazán
lunes, 25 de septiembre de 2017
Londres, lunes, 18 de septiembre de 2017. Barbican Centre. La condenación de Fausto. Leyenda dramática en cuatro partes con libreto de Hector Berlioz y Almire Gandonnière y música de Hector Berlioz. Karen Cargill (Marguerite), Bryan Hymel (Fausto), Christopher Purves (Mephistopheles), Gábor Bretz (Brander) Tyfflin Boys’, Girls and Children Choir. Coros y Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de Simon Rattle.
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El gran foyer del Barbican es en estos días un templo de adoración a un dios de enceguecedores rulos platinados, cuyo apellido, apropiadamente traducible al castellano como sonajero, resuena la persistencia de un mantra: Rattle, Rattle, Rattle, Rattle, Rattle. This is Rattle es el nombre del ciclo de conciertos que inaugura la aparición de la Divinidad como Gurú de la Orquesta Sinfónica de Londres. También hay una exhibición sobre Rattle en la Barbican Musical Library, y la BBC agrega un espacio interactivo, Rattle at Radio 3.

La adulación al hijo pródigo que volvió de Berlin está coronada por la tiara en la foto de la mismísima Soberana Brexit que abre el programa de mano, junto a un mensaje de bienvenida a “Sir Simon” con membrete del Palacio de Buckingham firmado por “Elizabeth R”, pero…¿no es éste aquél chico de Liverpool? ¿Ese que ni siquiera quería que lo llamaran Maestro? “Odio que me llamen ‘Maestro’ o ‘Mr Rattle.’ Lo considero como una agresión personal y me hace sentir muy incómodo.”nAsi que por el momento yo lo voy a seguir llamando Simon, como supongo él mismo sigue queriendo que lo llamen.

Simon es, sin duda, un director de gran talento pero propenso a un efectismo que en el caso de esta Condenación de Fausto hizo extrañar la palpitante sobriedad de Colin Davis en la misma obra, al frente de esta misma orquesta, y documentada en mas de una grabación extraordinaria, incluida la de la función en vivo que presencié en el mismo Barbican en tiempos en que las adulaciones de foyer eran de mal gusto. Davis sabía luchar contra la sequedad acústica del Barbican con un Berlioz cuya brillantez cromática salía sin estridencias. Simon, en cambio, sí que fue estridente, sobre todo en algunos pasajes corales, pero de cualquier manera su interpretación fue vibrante, sanguíneo y profundamente sensitiva Por la forma en que supo extraer toda la poesía y misterio de este maravilloso capolavoro.

La voz de Bryan Hymel, siempre precisa en la colocación de ingentes agudos pero antes algo estrangulada en el pasaje al registro agudo, ha crecido en densidad resonancia y lubricación, hasta el punto de permitirle una expresividad decantada y un squillo de láser. Su Fausto fue modélico en todo sentido y triunfante en la elevada intensidad de un dúo de amor en el cual lo acompaño Karen Cargill, una Margarita de timbre radiante y fraseo conmovedor. Su canción del rey de Thule, comentada por la viola solista en meditativo contraste con el aplacado semipiano de cuerdas y vientos queda como un ejemplo de lo que puede hacer una gran cantante junto a una gran orquesta bajo un gran director. Y también fueron antológicas la marcación y el irresistible ímpetus de la cabalgata al infierno de Fausto y el Mephistopheles cantado con efectivo énfasis e inflexión idiomática por Christopher Purves.

Si esta excelente versión de concierto hubiera terminado allí nos hubiéramos ahorrado la cursilona rimbombancia con que Simon arruinó, en mi opinión, la apoteosis de Margarita. La debacle comenzó cuando los sombríos acordes del final del aquelarre (“Un mystère d’horreur s’accomplit. Ô terreurs!”) fueron perturbados por el rumor de mil y un zapatitos. ¿Por qué? Pues porque al Gurú se le ocurrió convocar el coro celeste y de niños a una platea en la cual los corifeos ocuparon todos los corredores laterales y la estrecha separación entre la primera fila de espectadores y la orquesta. Fue entonces que Simon dio la espalda a una orquesta y coros en el escenario para dirigir a los recién llegados con espectacular gesticulación frente a un publico boquiabierto. De esta manera la apoteosis terminó siendo para el maestro, no para Margarita.

Notas

Entrevista con S. Rattle en “Maestro”, por Helena Matheopoulos, página 509. Hutchinson, Londres 1982.

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