¿Qué es eso de la crítica musical?

Un soneto me manda hacer Violante

Jorge Binaghi
viernes, 13 de octubre de 2017
Lope de Vega © Dominio Público Lope de Vega © Dominio Público
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Este texto es parte de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música.

Hay un famoso soneto de Lope de Vega que comienza: ‘Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto’. Pues tal cual, solo que uno no es Lope y ya le gustaría hacer un soneto y acabar con este asunto. Éste podría tener también como epígrafe un texto de Los libros que no he escrito, donde George Steiner anotaba que había siempre procurado distinguir a los grandes creadores de los críticos, los comentaristas y los profesores: los segundos necesitan de los primeros para existir, pero a la inversa no es cierto.

¿De veras sirve la crítica, musical o de otro tipo? ¿Y crítica de qué? Porque es muy distinto, aunque haya elementos comunes, si se trata de música clásica o no, y en la primera no es lo mismo ocuparse de ópera (escenificada o no), de música de cámara, de ‘conciertos’ (un recital de un intérprete en solitario, los programas dedicados a lo sinfónico, a los grandes oratorios exigen sin duda un punto de partida idéntico, pero no sé si es lo mismo hablar de un gran conjunto y un director que de un solista o solistas), y en conexión con esto se presenta el problema de la ‘dimensión’ de la crítica. La limitación de la prensa o de un medio audiovisual frente a la posibilidad de explayarse en un libro –erudito o no– o en Internet. ¿Es deseable que la crítica sea larga? ¿Debe referirse a la(s) obra(s) y a su interpretación o solo a esta última? Si a ambas, ¿en qué proporción? Está luego la diferencia entre la reseña, el comentario y la crítica. Da la sensación de que la crítica requiere algo más ‘profundo’ o especializado, puesto que conlleva el riesgo del juicio de valor. Tampoco es lo mismo escribir sobre un espectáculo en vivo o de una grabación en disco o ‘video’ , y tal registro no es lo mismo si es ‘en vivo’ (aunque sepamos que hoy puede no ser tan fiel como en el pasado) o ‘en estudio’ (con su posibilidad de varias tomas en busca de la mejor).

En el plano ideal (la realidad suele ser otra bastante distinta) la tarea de la crítica sería la de orientar al público que asistirá o ha asistido a una ejecución musical (o que desea saber si vale la pena ir, o qué versión registrada es la más aconsejable), ayudar a comprender, a valorar: bueno, eso es lo que a mí me contaron hace tiempo, cuando solo existía la prensa escrita o radial (la tele nunca se la tomó muy en serio). Antes no había tanto ‘espacio’ en la prensa escrita –y en la radial no digamos– y lo importante era decir ‘bien’, ‘mal’ y con suerte ‘por qué’. Un artículo o un libro, sean de ‘divulgación’ o ‘eruditos’, no parecen tener esa limitación ni la prisa de lo cotidiano. Internet no tendría por qué tener restricciones, salvo la ‘urgencia’ de publicar cuanto antes la ‘noticia’ sobre el ‘evento’ (¿Es la crítica una noticia? ¿Es todo siempre un evento? ¿Esta palabra es siempre positiva?). Pero hoy, al menos, en la época de los 140 caracteres, atrévase uno a pasar de una página: si es así, lo seguro es que lo escrito se lea en diagonal o no se llegue al final, o ambas cosas.

En cualquier caso, con la explosión de los medios digitales, ahora (casi) todo el mundo puede escribir y, sobre todo, juzgar. ¿Es juzgar lo fundamental de la crítica? Sí, de la ejecución, pero también habría que hablar de la obra que ‘precede’ a la ejecución. ¿Hasta qué punto la precede? ¿Hay obra si no hay ejecución? ¿Basta con leer la partitura? ¿Cuál es la ‘proporción ideal’ entre ambos aspectos, si es que hay que ocuparse de ambos? Porque suele haber grandes obras a las que es difícil hacerles totalmente justicia, y no es raro que otras menos ‘perfectas’ o ‘importantes’ resulten ‘superiores’ gracias a la ejecución material. Y me parece que es un aspecto importante que no se puede rehuir cuando se escribe, suponiendo que se haga con un mínimo de conocimiento y experiencia, un mínimo de objetividad (‘objetividad’ me parece algo un tanto reñido con una valoración, por más que alguien intente frenar sus gustos o disgustos y procure ser ‘imparcial’: sí, yo también me río de esta palabra, así que adelante). Pero precisamente por eso me temo que hoy hacer una crítica sirva sobre todo para que a su vez la critiquen, y por uno que la encuentra bien o correcta o aceptable, hay muchos más a los que les parece, como mínimo, cuestionable. Lo que estaría bien y sería interesante para confrontar criterios o ideas si no fuera que muchas veces el afán es, por decirlo con un eufemismo, poco constructivo: en general el crítico es un burro, por lo general ‘enchufado’ cuando no comprado y ‘yo’ (o ‘nosotros’) sabemos todo, más y mejor.

Yendo al terreno más específico en lo que me atañe, la ópera, aquí la tarea de la crítica se vuelve más compleja porque, si no es una versión en forma de concierto (y cada vez las hay más, pero también ‘en forma semiescénica’), hay que ocuparse del aspecto teatral, lo que no solo implica tratar de estar más o menos al día en cuestión de conceptos y modas del hecho teatral (lo ‘tradicional’ frente a lo ‘innovador’ es una distinción cómoda, pero gruesa) e incluso sobre técnicas e instrumentos audiovisuales. Es bueno y deseable que un crítico guste del teatro de prosa y lo frecuente, pero ¿es una obligación? ¿En qué medida la crítica ‘musical’ se convierte en este caso concreto en ‘teatral’? En cualquier caso, no hay más remedio que hacerle frente, sobre todo cuando estamos, guste o no, en el mundo de la imagen. Y por fuerza la crítica ha de ser más larga y casi fatalmente termina siendo más ‘polémica’ aunque uno de los aspectos termine despachándose en dos o tres renglones.

Mi interés va más hacia el aspecto musical porque se me antoja lo primero y más importante. Pero hete aquí que en mundoclasico.com se acostumbra últimamente hacer preceder la información sobre la puesta en escena a la de los responsables de la interpretación. De todos modos, para mí, aunque escriba muchas veces ‘antes’ sobre la novedad o no de una producción y ‘después’ sobre la parte musical, el orden de importancia es exactamente el contrario. No comparto que una puesta pueda hacer buena una ejecución discreta, mediocre o algo peor. Incluso los escándalos de protestas tienden a hacer pasar al segundo plano lo que parecería fundamental y no un mero aspecto más. Si la ejecución musical es buena la partitura puede defenderse sola aunque el ‘espectáculo’ resulte carente de interés o directamente aberrante.

Escribo crítica por casualidad. Una vez un amigo que escribía para una publicación argentina pasó por mi casa, se puso a fisgonear en lo que estaba escribiendo sin mi permiso, y encontró un artículo para una revista literaria sobre el posible sentido de Capriccio de Strauss. Se lo comentó a su editor y éste me pidió que le enviara una reseña (no había correo electrónico en esa época arcaica, y todo iba por carta o, a lo sumo, fax). Gustó y escribí. Luego conocí en un teatro a un miembro del equipo de una revista italiana. Charlamos y me preguntó si podía cubrir ese y otros teatros que yo, por razones geográficas, visitaba con más frecuencia, y como escribía italiano, así fue. Luego llegó mundoclasico.com y no solamente. Casi siempre he escrito sobre espectáculos en vivo, predominantemente operísticos y recitales de canto, aunque alguna vez he escrito sobre conciertos sinfónicos y creo que en algún momento he reseñado algún disco.

Últimamente me pregunto por el sentido de seguir escribiendo. Claro que es importante tener una entrada asegurada (aunque no siempre sea así) e interesante que sea gratuita (aunque en un desplazamiento lejos del domicilio habitual no termine siendo la parte más costosa). No es tanto que me importe ir contra los criterios dominantes, ser tomado por un ejemplar prehistórico destinado a la extinción o, peor, un constante y típico laudator temporis acti (en palabras de mi viejo amigo Horacio, alguien que ensalza siempre el tiempo pasado): no creo serlo, o no totalmente o por principio sistemático y, en cualquier caso, no veo por qué habría que pedir perdón por serlo. Pero hace tiempo que me he rendido a la evidencia de que los molinos de viento son eso y punto, y que en los nidos de hogaño no están los pájaros de antaño, aunque a veces, todavía, por suerte, aparezca alguno (bendito sea), y entonces escribir vuelve a ser una necesidad imperiosa y una alegría, no un deber que se parece mucho a una carga. Pero constato que si nunca había considerado esta actividad un ‘trabajo’ en su sentido etimológico muchas veces empieza a asimilarse a una carga.

Dejaré de escribir cuando se harten del todo de mí o yo me harte del todo de lo que veo y oigo (la aplicación a la música clásica de criterios y medidas de otro tipo de música o músicas, respetables en sí mismas, me parece un error garrafal). Eso, si no me muero antes, que a estas alturas es algo cada vez más probable. Tranquilos, pues: dicen que no hay mal que dure cien años, aunque hasta sobre ese dicho soy escéptico.

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