Estados Unidos

Rodriguez, Shaw y Prokofiev: Música para chicos y mayores

José A. Tapia Granados

martes, 24 de octubre de 2017
Nueva York, sábado, 14 de octubre de 2017. Carnegie Hall. Robert Xavier Rodriguez: The Dot and the Line (estreno neoyorquino). Caroline Shaw: The Mountain That Loved a Bird (estreno mundial). Sergei Prokofiev: Peter and the Wolf. John Lithgow, locutor. Orquesta de Saint Luke, director: Edwin Outwater

Una chiquillería de varios cientos de mozalbetes y no tantos adultos formó el público que casi llenaba el Auditorio Stern del Carnegie Hall neoyorquino en este “concierto familiar” en el que se programaron tres obras para público infantil, todas ellas para narrador, video y orquesta,

Las tres obras del programa se interpretaron sin intermedio. La primera, del tejano Robert Xavier Rodríguez, estaba basada en The Dot and the Line, una narración de Norton Juster cuyo título podría traducirse como El punto y la recta. El argumento es una historia de amor. La recta, seriamente enamorada del punto, se lamenta de que este se halle perdidamente encaprichado de una maraña amorfa y desestructurada en la que, sin embargo, el punto encuentra grandes encantos de vitalidad y aventura. Herida en su orgullo y deprimida por la falta de atención del punto, la recta finalmente se quiebra en un ángulo y a partir de ahí todo cambia. Empieza ahora a comprobar que puede formar triángulos, cuadrados, pentágonos y hexaedros, prismas y poliedros de cualquier tipo, y hasta complicadas estructuras que parecen curvas. Habiendo ganado una nueva confianza en sí misma la recta muestra sus encantos al punto, que ahora comienza a ver simple vulgaridad t falta de inteligencia en la falta de estructura de la maraña. El final feliz es el de la recta y el punto disfrutando juntos su amor geométrico.

La segunda obra del concierto, con música de Caroline Shaw, era un estreno basado en la narración The Mountain that Loved a Bird, de Alice McLerran. Se trataba en este caso de una montaña desolada, seca y pedregosa, una vez visitada por un pajarillo que quizás había perdido la senda. La montaña se sintió conmovida en su soledad por el canto del pájaro y le pidió que se quedara, pero el pájaro contestó que no podía, no había allí nada que comer o beber. Pero al pájaro le conmovió la tristeza y la grandeza de la montaña y aseguró que volvería la primavera siguiente. Así pasaron las primaveras en las que sucesivas visitas del pajarillo alegraron la vida de la montaña que, sin embargo, se sentía desolada y triste cada vez que el avecilla partía dejándola sola hasta la primavera siguiente. En una de esas ocasiones el pétreo corazón de la montaña se quebró y manaron de ella lagrimas que formaron un torrente. Y el pájaro volvió la primavera siguiente y trajo una semilla en su pico, la semilla cayó a la tierra húmeda y echó raíces. Y, para hacer corta una historia larga, al final la montaña se convirtió en un paraíso de verdor en el que el pájaro y la familia del pájaro pudieron hacer su nido.

La tercera obra con la que concluyó el concierto fue Pedro y el lobo de Prokofiev. Se trata de una obra de sobra conocida y baste decir aquí que en esta ocasión estuvo ilustrada por originalísimos dibujos de Chris Raschka.

La música con la que Rodríguez ilustró la historia de amor “geométrico” del punto y la recta cubría una amplia gama estilística en la que sobresalía el humor y no faltaban las disonancias y lo atonal, generalmente ilustrativo de los momentos de duda, falta de confianza o desazón. La música de Caroline Shaw era quizá menos variada estilísticamente, pero exhibía un lirismo especialmente efectivo. Mi sobrina Ali, que acababa de cumplir 17, dijo que era la obra del concierto que más le había gustado; la que menos fue Pedro y el lobo, que le pareció “un poco lenta”.

Un elemento clave del concierto fue la voz de John Lithgow que ha demostrado de sobra sus capacidades interpretativas en numerosos filmes. En su rol de narrador en este concierto se impuso desde el escenario con su poderosa voz a un público infantil en el que no faltaban algunos rebeldes e irreductibles gritones que, sin embargo, no se hicieron notar demasiado. Adultos y chicuelos aplaudieron con entusiasmo al final de cada obra y los compositores presentes, Rodrigues y Shaw, saludaron desde el balcón del anfiteatro. La Orquesta de Saint Luke dirigida por Edwin Outwater hizo su cometido muy dignamente.

Conciertos como este son inestimables para sembrar en quienes tienen décadas por delante la afición que pueda hacer que sigan existiendo las orquestas y las salas de concierto cuando quienes escribimos esto ya no estemos en ningún público. 

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