España - Valencia

Quien no habla de la actualidad es porque no quiere

Rafael Díaz Gómez
miércoles, 25 de octubre de 2017
Valencia, sábado, 14 de octubre de 2017. Palau de les Arts. Madama Butterfly, tragedia japonesa en tres actos, con libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, a partir de la obra teatral homónima de David Belasco, a su vez basada en un relato de John Luther Long, y música de Giacomo Puccini. Estreno: Milán Teatro alla Scala, 17/2/1904. Producción: Palau de les Arts Reina Sofía. Dirección de escena: Emilio López. Escenografía: Manuel Zuriaga. Vestuario: Giusi Giustino. Iluminación: Antonio Castro. Reparto: Liana Aleksanyan (Cio-Cio San), Matteo Lippi (Pinkerton), Rodrigo Esteves (Sharpless), Nozomi Kato (Suzuki), Moisés Marín (Goro), Pablo López (Tío Bonzo), José Javier Viudes (Príncipe Yamadori), Marianna Mappa (Kate Pinkerton). Jorge Álvarez (el comisario imperial), Javier Galán (el oficial del registro), Arturo Espinosa (el tío Yakusidé). Orquesta de la Comunidad Valenciana. Coro de la Generalitat Valenciana. Director de coro: Francesc Perales. Dirección musical: Diego Matheuz.
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Quien no habla de la actualidad es porque no quiere. El 12 de octubre de 1936 (Fiesta de la Raza, después de la Hispanidad), en la Universidad de Salamanca, diagnosticaba un sutil orador que Cataluña y el País vasco (entonces Vascongadas) eran “cánceres en el cuerpo de la nación”, a los que el fascismo, como “sanador de España”, se encargaría de “extirpar en carne viva” y “sin sentimentalismos”. Fue en el mismo acto en el que poco después Unamuno se enfrentó al fundador de la Legión, José Millán-Astray, quien proclamó aquello tan fino de “¡muera la intelectualidad traidora!” o, según otra interpretación, “¡muera la inteligencia”. Hete aquí que este muy mutilado militar (aunque no con la desgracia del Putifar de La corte de Faraón, cosa que demostró tomándose la licencia de procrear fuera del matrimonio) tenía cierta querencia por lo nipón, lo que le llevó a traducir del francés (en colaboración) y a prologar un libro que se había publicado en Japón en 1905, sólo un año después del estreno de Madama Butterfy. Este libro es El Bushido, de Inazo Nitobe, un “código de moral ascética de los samuráis” y “bellísimo estudio del alma heroica del japonés” (Millán-Astray dixit, esta última frase supongo que en intencionado género masculino). Fue una de sus fuentes de inspiración en la formación del espíritu del legionario. La versión castellana de la obra vio la luz en 1941, que es, casi, la fecha en la que esta nueva producción de Les Arts sitúa la acción, bastante menos forzadamente, quizás, que el andamiaje argumental de este párrafo que ya termina.

Porque trasladar el drama a la Segunda Guerra Mundial no añade nada esencial a la trama. ¿Qué se gana con ese acercamiento en el tiempo? El estallido de la bomba atómica en Nagasaki (proyección del hongo nuclear al comienzo del segundo acto) y la destrucción que genera no es asunto de esta obra pucciniana. Sí, en cambio, otro tipo de barbarie, la de la explotación sexual femenina, en el modo de abuso imperialista y, por lo tanto, patriarcal (y viceversa), que se arrastra desde que hay memoria y que bien presente continúa en estos días para nuestra vergüenza. Hay muchos Pinkerton en la actualidad que siguen encontrando en lugares exóticos objetivos para cometer sus atropellos, aunque para perpetrar ese tipo de injusticias no hace falta viajar (tampoco, obviamente, en la época de Puccini).

Dicho esto, también es cierto que la puesta de Emilio López, su primer trabajo como responsable en este campo, no entorpece el desarrollo de la acción. Si no con emoción, se ve con funcional agrado y está bien iluminada (eso sí, un punto oscura la ambientación del segundo acto). El público menos habitual de estas funciones de pretemporada (todas las localidades vendidas, precio más popular que durante el resto del curso), una parte del cual acude por vez primera a un teatro de ópera, se mete en la historia. Y esta cuestión, en la que la escena tiene una responsabilidad notable, no carece de importancia.

Pero vuelvo al primer hilo. Millán-Astray, al que, por cierto, le debió de sentar como otro tiro la masacre a sangre fría de españoles (entre otros) consumada en Filipinas por sus idealizados japoneses antes de la llegada de las tropas de MacArthur, en el prólogo mencionado más arriba cita entre las cuatro “pestes” del Bushido “la disipación” y “la sensualidad”, que tan bien caracterizan a Pinkerton. En Les Arts se metió en su repugnante piel Matteo Lippi. Lo hizo de rebote, sustituyendo a un enfermo Alessandro Liberatore que hubo de cancelar su participación, quién sabe si para contribuir a la maldición que en tal sentido pende sobre el teatro valenciano (Liberatore ya venía sustituyendo a otro cantante). Lippi no anduvo mal de disipación, pero estuvo un poco más romo en sensualidad. Como la voz está bien proyectada, tiene un timbre atractivo y homogéneo, y un fraseo solvente, tiendo a pensar que lo que le faltó fue implicación en la escena por falta de ensayos.

Tampoco en el nivel erótico el entendimiento con Cio-Cio-San y con la orquesta fue completo. Con la primera, por desigual. Con la segunda, por un ligero mecanicismo. Liana Aleksanyan, una bregada Butterfly, de deshacía por el registro grave, no seducía en el medio y llegó a herir en el agudo. En una especie de venganza por premonición es como si se hubiera entregado a Pinkerton cual una adolescente Turandot que sabe lo que le aguarda. Es una opción, más justa si se quiere, pero le resta la frescura y tersura que con sabia crueldad le dotó Puccini al personaje en el primer acto. Aleksanyan brilló con más fuerza a medida que la obra avanzaba, cuando más se inclinaba a la tragedia, al honor, al valor, a la fidelidad, a la dignidad y a la muerte (es decir, hacia buena parte de los votos y caminos del Bushido). En cualquier caso, al público le encantó. La orquesta, por su parte, a cargo del venezolano (cómo obviar en una crónica tan actual el país caribeño) Diego Matheuz, tuvo color y una amplia paleta de matices, aunque de algún modo se inclinó un poco más por el ajuste que por la flexibilidad, sin que por ello su trabajo desmerezca en absoluto.

Muy completos resultaron el Sharpless de Rodrigo Esteves (de voz densa y regulada con intención) y la Suzuki de Nozomi Kato (entregada y escrupulosa como acostumbra, ya egresada del Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo). Acertado más en lo vocal que en lo teatral (admite un grado más de repulsión) el Goro de Moisés Marín y buenas prestaciones del resto de comprimarios. Y estupendo el Cor de la Generalitat, para no variar (y que así continúe). En suma, un espectáculo digno, mejorable para los más exigentes y atractivo para los neófitos, que esperemos se conviertan en cantera.

Acabaremos como al principio, porque quien no habla de la actualidad es porque no quiere. Así pues, léanse El Bushido, porque resulta un “muy provechoso libro para las juventudes de un pueblo que después de larga época de decadencia renace y quiere ser esplendorosamente grande y libre”. Y servirán, además, “al jefe supremo” y “rendirán culto a la patria”. Que, como dicen por aquí, el que va davant, va davant (lo que va delante, va delante).

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