¿Qué es eso de la crítica musical?

Mis críticas musicales

Agustín Blanco Bazán
viernes, 27 de octubre de 2017
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Este texto es parte de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música.

¡Caramba, qué “objetivo”! Pues no me queda más remedio que comenzar con un ejercicio de autocrítica. En mi caso, la crítica musical es un buen negocio. Un aficionado que no paga entradas para conciertos y ópera es como un adicto a las carreras que recibe gratis el dinero para gastar en el hipódromo y mi adicción musical me ha llevado a entusiasmos que a veces terminan en papelones.

Cuando en 1984 envié a Ritmo mis dos primeras contribuciones, su director Antonio Rodríguez Moreno me rechazó la más ambiciosa de ellas con esa elegancia tan suya, sonriente y escueta: “No, éste no es nuestro estilo. ¡Fíjate bien y tú mismo verás por qué! Y lo mejor es escribir corto y sustancioso, así huele como dos gotitas de un buen perfume.” El artículo rechazado se refería a la forma en que el público inglés recibe la ópera italiana y era, decididamente, un horror. A los comentarios de Rodríguez Moreno, a quien recuerdo como “el español que hablaba poco”, se agregaron los de Adolfo Bioy Casares, un argentino que también hablaba poco: “¿Que qué pienso de tus críticas? Mirá Agustín, sos una persona lo suficientemente inteligente como para entender este solo consejo: escribí como hablás, lo más simple posible. Y cuando escribas una frase, volvé para atrás, a ver si podés hacerla aún más simple. Y ya sé que sos abogado, pero eso de poner cosas como ‘en base a ello’ es espantoso!” Son estos dos amigos muertos los que de vez en cuando me pegan en la mano para que borre un adjetivo o un lugar común.

También soy adicto a escribir y no comparto esas quejas comunes en algunos colegas, como por ejemplo, “¡estoy harto de hacer críticas! ¡Si no fuera por las entradas!” Al haber desarrollado la rutina de escribir sobre las cuestiones jurídicas más aburridas, este tipo de hartazgos no me atañe. Y si me hartara, dejaría de hacer críticas, porque eso de gorronear entradas gratis sin la vocación sincera de transmitir una vivencia personal al lector lo sentiría como una estafa a mí mismo. También lo sería no ir a ver tal o cual producción porque una ópera me aburre, o porque un regisseur o cantante no me gustan. Los gustos personales no pueden tener prioridad sobre aquellos distintos que uno está obligado a suponer en los lectores.

Claro que al vivir en Londres me puedo dar el lujo de satisfacer al editor sugiriendo opciones que también a mi me interesan. ¡Hay tanto para todos en esta desvencijada metrópolis! Pero, de cualquier manera, elijo siempre pensando en lectores con inquietudes diferentes a las mías. Es por ellos que recibo entradas de prensa y es para ellos que debo escribir. Por ejemplo, supongo que los lectores se interesan por las nuevas producciones del Covent Garden y entonces escribo sobre todas ellas, aunque si por mí fuera preferiría evitar una obra de Tippet o el Tamerlano de Haendel. También me preocupo por incluir algunas visitas a otras casas británicas como la Ópera de Gales, Ópera North, etc., además de las incursiones fuera de mi corresponsalía. La inclusión de conciertos sinfónicos, y recitales de cámara y solistas es más espaciada, algo que trato de corregir, pensando que en lugar de leer la enésima crítica de una Valquiria que me gustaría volver a ver, el lector preferiría leer sobre algo diferente.

Si por mí fuera, evitaría reseñar esos cantantes famosos que se resisten a retirarse cuando ya no pueden compensarnos con una actuación a la altura de su fama. Pero no queda más remedio que ir a verlos, porque a muchos lectores les interesa. Más me gusta arriesgarme a despertar el interés por desconocidos, como lo hice hace muchos años con Thielemann, Jurowsky o Juan Diego Flórez. A veces se me fue la mano, como por ejemplo cuando después de un Otello llegué a proclamar a Antonenko como el sucesor de Domingo. Bioy Casares me habría dicho que en la vida, dentro o fuera del periodismo, lo mejor es no proclamar nada, porque el que proclama no hace sino satisfacer un ego que, como todos los egos, acredita una estupidez congénita. ¡Y he aquí otra ganancia neta posible para un crítico musical, aparte de las entradas! Al confrontarse con su propio ego, el crítico tiene la posibilidad de reducirlo y transformarse en mejor persona. ¡Pero basta de autocrítica!

Aspiro a que mis criticas sean un ejercicio de múltiple confrontación entre el crítico, los intérpretes, el público y el lector. Como en la literatura o la filosofía todos debemos trabajar en común frente a una ópera o un concierto, para elucidar su valor intrínseco y representativo en nuestra circunstancia personal y social. Creo en el arte comprometido y rechazo la banalidad como su peor enemigo.

Ya me he referido a los interpretes, pero me falta agregar que cuando ellos son poco conocidos valoro sus esfuerzos aunque el resultado final sea magro. En el caso de los famosos prefiero comparar los resultados con su fama, muchas veces inflada por una publicidad aduladora que considero mi deber exponer en su estupidez. Es por ello que critico los programas de mano con anuncios de cantantes o directores de orquesta promocionando Rolex (caso Plácido Domingo y Jonas Kaufmann), o la aduladora combinación de fotos de foyer y comentarios que que se centran más en los intérpretes que en las obras (caso Simon Rattle con su reciente nombramiento en la Sinfónica de Londres). ¿Por qué necesitan hoy la ópera y los conciertos de esta vulgarísima comercialización?

Creo que los espectadores son parte del espectáculo y por ello los incluyo en mis críticas al referirme a sus reacciones. Si a veces critico sus adulaciones o prejuicios es porque considero al espectador como parte del espectáculo. Y como crítico me siento un espectador más, con derecho a coincidir o no con las reacciones de mis iguales.

Mi preferencia por puestas en escena novedosas me lleva muchas veces a formular opiniones polémicas, pero siempre soy consciente de la relatividad de mis puntos de vista, aún cuando me preocupo por expresarlos con la asertividad necesaria para invitar una controversia fructífera. A veces transmito las intenciones de un director de escena como si fueran las mías para facilitar la relación entre éste y un lector que supongo interesado en un relato lo mas vívido posible de lo ocurrido con la narrativa y los personajes.

Veo las provocaciones escénicas capaces de despertar la pasividad conformista del espectador como un ingrediente fundamental del buen teatro y así trato de transmitirlo a los lectores. Creo saludable irritarlos de vez en cuando con la ayuda de puestas inquietantes. Porque nada mejor que estas irritaciones para que el espectador y el lector puedan usar el arte escénico para indagar sobre las luces y oscuridades de sus propia almas.

Frecuentes en mis críticas son mis reprobaciones a la curiosa pacatería de muchos operómanos frente a escenas de sexualidad explícita. La ópera debe explorar la sensualidad como lo hacen el teatro y el cine. O aun mas. Porque mucho más que el teatro y el cine, la ópera es una combinación de palabra y música que va a la yugular del subconsciente con extremos de expresividad desconocidos en el teatro hablado. ¿Por qué entonces, reducir la ópera a ñoñerías decimonónicas, en lugar de utilizarla como herramienta psicológica similar a las nuevas tendencias escénicas frente a las obras de Shakespeare y Goethe, o las películas de Fellini, Bergman, Buñuel o Fassbinder?

Ello no quiere decir que necesariamente prefiera las puestas iconoclastas a las tradicionales. Entre mis diez producciones favoritas incluyo La Bohème de Zefirelli, teniendo en cuenta, claro, que cuando esta producción era una jovenzuela en la Milán de 1965 coqueteaba con espectadores de otra generación y en un mundo diferente al del siglo XXI. La confrontación de una puesta añeja con el paso del tiempo debe ser un ingrediente indispensable en cualquier crítica y es aquí donde el espectador contemporáneo juega un rol esencial. Y sí, tal vez hay momentos de transcendencia intemporal en algunas producciones, por ejemplo, esas enormes velas que se levantan para dejarnos ver el horizonte marítimo cuando, en la puesta de Strehler, Simon Boccanegra suspira su “Oh refrigerio!” Pero no quisiera volver a ver esta producción. Resucitarla para una experiencia retro le haría perder una frescura solo intacta en la memoria de quienes la conocimos de joven.

Así como nadie es igual para con todos sus amigos, ningún crítico es igual en las diferentes publicaciones para las que escribe. Quien lea unas contribuciones mías recientemente publicadas en la revista inglesa Opera se dará cuenta como me cuido de cometer los excesos que sí me permito con mundoclasico.com. ¡Pero es que en Mundo Clásico soy más yo! Lo soy gracias a la inmediatez con el lector tan típica de las revistas web, y por la posibilidad de extenderme sin que el editor me corte aduciendo cuestiones de espacio. Aun así, creo que limitar sus palabras debe ser para cualquier crítico una cortesía similar a la de no gritar en un lugar público. Y siempre es mejor sugerir algo que tratar de explicarlo todo. Nada mas reconfortante y pedagógico para un crítico que sacrificar alguna idea, por buena que ésta parezca. De ésta manera luchamos contra nuestros peores enemigos, a saber, el exhibicionismo y abuso típicos de los que dicen “yo escribo lo que quiero y lo que siento porque, total, a mi me lo publican.”

Y ahora termino con un elogio a los editores que me han pedido estas líneas. Lo hago reticentemente porque lo mejor sería criticarlos también a ellos, ¡pero qué le vamos a hacer! Aunque promueva mundoclasico.com como un “sitio web iberoamericano”, confieso que para mí esta revista es una gallegada. En el mejor sentido de la palabra, y dicho por alguien que creció entre gallegos, desde los del almacén y la panadería hasta los exilados que me llevaron a ver mi primera ópera en Colón, una Madama Butterfly patrocinada por el Centro Gallego en ocasión del Día de Galicia. Asi que mientras unos gallegos contribuyeron a despertar mi adición a la ópera, otros me ayudan ahora a conseguir entradas sin pagar, lo cual, repito, es un buen negocio. “¡Pues mira lo que te ahorras!” me habrían dicho, sin siquiera sacar la mirada de sus tareas, esas vecinas que, como Maruxa Baliñas, se referían a su marido por su apellido (¡nunca pasaba al revés!). Y como aquellos gallegos de mi infancia, Carreira y Maruxa van al grano y sin rodeos. Escriben como hablan. El día que yo pueda lograr esto, los fantasmas de Rodríguez Moreno y Bioy Casares finalmente me dejarán tranquilo.

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