¿Qué es eso de la crítica musical?

Conversaciones entre músicos y no músicos

Anibal E. Cetrángolo
viernes, 10 de noviembre de 2017
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Este texto es parte de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música.

Tradicionalmente se ha constatado un conflicto entre el crítico y el artista. Han sido escritas bibliotecas enteras de anécdotas sobre el tema, pero el caso de la crítica musical reviste características específicas. Desde siempre la relación de quien opina sobre música y el músico práctico es muy compleja. El malentendido viene de muy antiguo. Tal vez un momento fundamental en el desarrollo de estas difíciles relaciones se dio en las primeras décadas del siglo XVII. Me refiero a los tiempos de la invención de la ópera, en 1600. Los operadores de esa acción cultural, la Eurídice con texto de Ottavio Rinuccini que puso en música Jacopo Peri, eran perfectamente conscientes de estar creando un género novedoso: el prólogo de aquella primera ópera es cantado por la encarnación de la tragedia griega y ella, orgullosamente, anuncia un “mio nuovo cammin” . Que al hecho se haya dado enorme importancia es claro: los florentinos osaron proponer ese experimento nada menos que en ocasión de un matrimonio real. El eje de esa operación, de la que participan filólogos, músicos y poetas, es el ambiente de los literatos. Todo se construye en función de un texto escrito por un poeta de gran calidad: Ottavio Rinuccini. La música cumple la función de ayudar a que el texto sea dicho y entendido de la mejor manera.

La ópera avanza en su camino y en Venecia se hace mercado. Allí las razones del espectáculo y de lo musical, que es lo que atrae al público, vencen sobre las convenciones clásicas de la literatura. Sobre todo después de 1637, cuando desde el Teatro de San Cassiano se da prioridad al espectáculo y a la música sobre el texto, los eruditos de las letras se convertirán en los más acérrimos adversarios del nuevo género.

En algún momento, sobre todo en el siglo XIX con la consolidación de la clase media y el auge de la prensa escrita, surge la necesidad de quien opine sobre los espectáculos musicales. ¿A quién se confía esta función? ¿A un músico? ¡Por supuesto que no¡ Los músicos no son cultos – salvo escasísimas excepciones – y apenas saben expresarse con las letras: se busca a alguien que sepa escribir y eso ha sido así desde Balzac en Francia hasta Sarmiento en Chile. Se puede bien imaginar lo que sucede: el músico será criticado por alguien ajeno a la práctica musical a quien habrá de considerar su adversario. La cosa no termina allí: también en la universidad sucede lo mismo y así resulta que hasta hace muy poco tiempo los docentes de historia de la música – me consta que eso pasó en Italia pero también en otros lugares – eran gentes que había estudiado letras. Es decir, sabían muchísimo de Dante y Foscolo y en los últimos momentos de su carrera escribieron algo sobre las cartas que Verdi había escrito, sobre los libretos de Felice Romani o sobre el coste de los espectáculos musicales. De pentagramas… ni hablar.

Estas personas, a diferencia del crítico musical, pontifican no desde una página de periódico si no desde lo alto de una cátedra universitaria, máxima sede de la autoridad científica. Conozco a una señora muy arrogante que pertenece a ese ambiente. Siempre quise hacerle una inocente pregunta “personal” que es ésta: “¿en qué nota termina una música de Schubert si tiene tres bemoles al lado de la clave?” Estoy imaginando el silencio. Pues bien, personas como ella concentraron en sus manos el poder de la musicología hasta hace muy poco tiempo; por suerte las cosas están cambiando un poco.

Hay otro grupo personas y muchos de ellos ejercen la crítica musical: ellos no vienen necesariamente de las letras y proceden de un universo que es el del aficionado culto, el amante de la música, el gran dilettante. Admiro muchísimo a esas gentes. En general no son arrogantes y nutren pasión por lo que hacen. Tengo simpatía por estas personas y creo que son los críticos mejores. Ellos son capaces de desarrollar una función que creo central desde el punto de vista social: la de mantener una tradición y esto, en los días que corren, me parece importantísimo.

A propósito: cuento algo que me paso ayer aquí en Buenos Aires: un joven inteligente a quien estoy dirigiendo en un doctorado en sociología de la música me declaró ignorar quien era Arturo Toscanini. Téngase en cuenta que una de las calles del Teatro Colón lleva el nombre del maestro. Pues bien, los críticos que yo aprecio pueden transmitir a esas personas de manera viva, pasional y no arrogante, quiénes fueron Price o Nilsson y estimularlos a una mirada – aunque sea vía youtube – hacia aquel pasado y así permitir comparaciones con lo que, a veces excelente, sucede hoy.

Otra consideración en favor del bravo dilettante. Apenas llegado a Buenos Aires mis amigos que trabajan en el Teatro Colón me cuenta de la situación actual del querido teatro: el director artístico, me informan, es un buen maestro del repertorio sinfónico; la ópera no es su universo. El director general es un gestor también lejano del ámbito lirico. En lo personal, entonces, añoro los tiempos de los grandes críticos de Buenos Aires: D’ Urbano, Valenti Ferro… Ellos conocían bien el repertorio y calibraban perfectamente la situación de las figuras internacionales del momento.

Termino, ya que me es preguntado, sobre los motivos que me empujan a la crítica musical. Debo decir, ante todo, que este tipo de actividad, para mí se reduce a esta página a la que quiero mucho.Mi posición es especial porque soy músico y esto podría significar que, como dicen – decimos – los abogados “me comprenden las generales de la ley”. Trato de resolver el conflicto con mi conciencia. Esto es, intento evitar escribir sobre objetos que estén demasiado cerca de mi actividad práctica. Prometo que en el momento en que alguien me ofrezca dirigir la Filarmónica de Berlín voy a dejar de opinar públicamente sobre Gustavo Dudamel.

Dicho esto, para mi escribir sobre opera significa obligarme a frecuentar los espectáculos de hoy y evitar así la nostalgia de los “hermosos tiempos pasados”. Puedo de esta manera actualizarme con óperas que nunca he visto y conocer a los jóvenes operadores de la lírica actual.

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