¿Qué es eso de la crítica musical?

No somos nada

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 17 de noviembre de 2017

Este texto es parte de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música.

Entiendo la crítica musical como una banqueta que se sostiene en tres patas, que precisamente por ser tres han de estar equilibradas: la expresión de una opinión sobre una composición nueva o sobre la interpretación de una ya conocida, y la consiguiente reacción del respetable; la responsabilidad del ejercicio periodístico de difundir esa opinión en un medio de comunicación, a veces incluso incidiendo en asuntos relacionados con la gestión de la cosa pública; y el juego siempre delicado –más en una faceta artística tan volátil– entre la vanidad de quien hace la música y la vanidad de quien hace la crítica.

Años atrás, charlando en el patio de la Universidad de Múnich con Juan-Gastón Messerschmidt, le preguntaba si para escribir sobre música hay que saber más música o más historia. Me contestó: "para escribir de música hay que saber escribir". Me gusta la música y me gusta escribir, y por eso hago crítica. Todo empezó en 2002 cuando por una carambola beethoveniana conocí a Xoán M. Carreira y Enrique Sacau, y al cabo de pocos meses empecé a publicar en Mundoclasico.com. Desde luego no por el sueldo (que no lo hay, pero a cambio los dos me enseñaron el oficio sin cobrarme nada), aunque muy pronto disfruté de las ventajas accesorias del puesto: caían discos del cielo, y además tenía uno entradas gratis en cualquier teatro de ópera o sala de conciertos del mundo.

Qué más quería: había dado un nuevo y estimulante sentido a mi afición. En aquel tiempo servidor era discófago más que discófilo; hoy –como Fafner– "yazgo y poseo": dueño de una colección cercana a las diez mil unidades y con casi todas las versiones posibles de las sinfonías de Bruckner en mi poder, la única preocupación es darle un destino algo más digno que el vertedero. También entonces tenía tiempo, dinero y ganas –sobre todo ganas– para asistir a espectáculos a uno y otro lado del charco. Ahora la edad -que no perdona ni olvida–, y el maltrato aeroportuario –tanto en tierra como en vuelo–, restringen los viajes musicales a mis breves vacaciones veraniegas.

Hace muchos años que Enrique Sacau se mofó aquí públicamente de mi "moribunda afición" a la música sinfónica. A pesar de todos esos pesares, no sólo la conservo, sino que me sigo emocionando en un buen concierto (en la ópera concurren demasiados factores que pueden fallar –y de hecho fallan– como para que salga uno satisfecho en lo sensorial y en lo intelectual); y además ahora tengo la certeza de que seré yo quien se muera antes que la música orquestal (así que quien venga detrás, que arree). Y eso procuro transmitir en mis crónicas, porque continúo convencido de que una orquesta sinfónica –lo he dicho mil veces– es de las pocas invenciones de las que la especie humana puede enorgullecerse.

A corto plazo, creo que la crítica de un concierto sólo interesa a quienes asistieron a uno y otro lado del escenario, y a sus organizadores (el caso de la ópera es diferente porque el espectáculo se da varias veces, y alguien puede decidir hacerse o no con una entrada en función de lo que lea). La recensión discográfica tiene un alcance diferente por su capacidad para orientar tanto al primerizo curioso como al coleccionista veterano (sin ir más lejos, yo mismo las busco y me ayudan a formar criterio antes de comprar). A largo plazo, la crítica forma parte ineludible de la historia de la música cuando pasa de la hemeroteca a la biblioteca, y ahí es donde queda retratado quien la ejerce; con el riesgo añadido –para quienes escribimos actualmente– de ser desmentidos por las fonotecas y las videotecas.

Lo cual hace que también conserve –aumentados– el pavor ante la hoja en blanco y el peso de la púrpura. Por más que la sede de la redacción de Mundoclasico.com se parece mucho a "la representación del caos" (pieza que abre La creación de Haydn, obra predilecta de nuestro editor), en materia de música éste es seguramente el medio más influyente en lengua española. Porque esto se hace "por amor al arte" (así lo expresó nuestra anterior directora Luisa del Rosario), y porque Maruxa Baliñas y Xoán Carreira son inflexibles en la defensa del rigor y de la libertad. De manera que soy muy consciente de que lo que escribo se lee: por los aficionados –cuya opinión no tiene por qué coincidir con la mía– y por los músicos –que se pueden sentir tan halagados como heridos por lo que diga. Por eso cada vez mido más los adjetivos, por eso en mi ámbito local de actuación hace tiempo que renuncié al privilegio de las entradas de prensa, y por eso la mayoría de las reseñas desfavorables me las guardo en el tintero.

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