España - Castilla y León

Las crueldades de una historia como la española

Ignacio Fernández de Mata

lunes, 20 de noviembre de 2017
Burgos, domingo, 12 de noviembre de 2017. Auditorio Forum Evolución Humana. El mozo de mulas, ópera en tres actos de Antonio José Martínez Palacios (Orquestación del 2º acto: Alejandro Yagüe). Libreto de Manuel F. Fernández Núñez y Lope Mateo. Reparto: Alicia Amo (Dña. Clara), Gerardo López (D. Luis), Thomas Le Colleter (Oidor, alcalde), Raquel Rodríguez (Chacona), Sandra Redondo (Mari Blanca, dueña), Adolfo Muñoz (estudiante, romanza de ronda), y Javier Hortigüela (D. Álvaro). Coros de la Federación Coral Burgalesa (director, Juan Gabriel Martínez). Orquesta Sinfónica de Burgos. Javier Castro, director. Aforo completo.

La noche del domingo 12 de noviembre quedará en la memoria burgalesa como aquella en la que, por primera vez, sonó la partitura completa de la ópera de El mozo de mulas, de Antonio José (1902-1936). Un hecho memorable, aunque incompleto. Burgos se sacudió, relativamente, una deuda con el compositor asesinado, aunque no del todo. Las palabras iniciales de Enrique García Revilla, presidente de la Orquesta Sinfónica de Burgos, al comienzo de la velada, dejaron claro que a otros tocará recoger el guante de la representación completa de la ópera…

Cierto es que fue algo grande. También, que incompleto. ¿Podía ser de otra forma?

La representación dejó varias cosas claras. Una, que el gran esfuerzo hecho por la OSBU y por la Federación de Coros, ha merecido la pena. Pudimos escuchar de la mano de una orquesta solvente -con momentos esplendorosos-, y de un coro serio -perfectamente empastado, con gran dicción y un convencimiento rotundamente profesional-, una música maravillosa, de gran calidad e inteligencia. Una gran obra. Esta partitura resume la mejor música europea del primer tercio del XX: cabal, atrevida, culta, llena de expresividad y juegos armónicos, con citas audaces y un conocimiento rotundo de la tan rica como a menudo maltratada música popular.

Solo faltaba una cosa: el Maestro Antonio José. Su mano. El haber podido culminar con mimo su obra. Se notó la ausencia de quien como creador habría pulido las no pocas deficiencias del libreto o articulado mejor la versión de concierto para que no fueran tan incomprensible ciertas escenas -carentes de representación, de la presencia del ballet, de la ambientación contextual…. Y, permítanme la queja, faltó, sobre todo, en el saludo final -salvo por el noble gesto del director, Javier Castro, de mostrar la edición de la partitura. Faltó Antonio José proyectado en una fotografía, en un aparecer. Pero esto siempre formará parte de nuestra tristeza colectiva, de las crueldades de una historia incómoda como la nuestra.

En cuanto a la interpretación, la ópera comenzó con el hermoso Preludio -estrenado por el propio Antonio José en 1934-, de color impresionista y gran lirismo. La ocurrente incorporación de una rondalla genera un interesante contraste de lenguajes y ambientes, tal vez un guiño inteligente a sus años en el foso dirigiendo zarzuelas. A partir de aquí, la ejecución arrastró no pocos problemas por la desigual calidad de los solistas, a los que el carácter de ópera en concierto no ayudó mucho pues la fuerza de la orquesta impedía que sus intervenciones fueran percibidas por el respetable. Con luz propia brilló la soprano Alicia Amo, de innegables condiciones y calidad -gran dicción, limpieza, entonación y fuerza-, lo que le fue reconocido por el público a lo largo de la obra y en una larga ovación al final. De innegable buen gusto, con puntos de calidad sobresaliente, se puede calificar también la actuación de la mezzosoprano Raquel Rodríguez. A Francisco Corujo, tenor responsable del papel de Don Luis, el Mozo de Mulas, solvente y esforzado, se le vio incómodo con la tesitura encomendada. Thomas Le Colleter, barítono, fue claramente insuficiente. A otro nivel, con aseo y gusto en sus intervenciones, intervinieron Sandra Redondo -soprano-, Adolfo Muñoz -barítono-, Javier Hortigüela -barítono- y Alejandro Gago -tenor-, en general con algunos problemas para hacerse oír, como digo, por la potencia de la orquesta.

Resultaron muy hermosos pasajes como el dúo del primer acto entre Doña Clara y Don Luis. Magnífico el coro de estudiantes y las intervenciones del gran coro en el segundo acto, con el maravilloso momento del mozo de mulas cantando "el calangrejo", una inteligentísima introducción de la auténtica música popular hecha por Antonio José, puerta de entrada de interesantes armonías para la orquesta y coro, estallando, sobre todo, en el momento de la Danza popular. No pocos pasajes de este acto parecen un decidido homenaje de Antonio José al Ravel del Concierto para piano en sol mayor. Con algún susto en los metales, la orquesta y coro acabaron el segundo acto en un apoteósico final.

El tercer acto comenzó con un arrobador Ave María para ambientar el convento, de resonancias entre Fauré y Falla. Este último acto es muy vivo e inteligente como conclusión, incluyendo momentos de factura casi zarzuelera. Hermosísima el aria de Doña Clara, con el arpa como acompañamiento-guía de la voz y mínima orquestación para pasar al pucciniano dúo con don Luis, que se quedó algo cojitranco del lado masculino. El cuadro termina con un aire final entre wagneriano y, me atrevería a decir, elgariano. Un rotundo final maravillosamente interpretado por el coro y orquesta en una gran labor de conjunción.

Desde luego fue una noche para el recuerdo. Un merecido homenaje al Maestro Antonio José, y también a nuestro querido Alejandro Yagüe.

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