Opinión

Eliminar al testigo

Jacinto Torres Mulas

miércoles, 17 de abril de 2002
Saben bien los amantes de la novela negra (género que —dejando a salvo lo muy superior de su interés y calidad— presenta no pocas afinidades con la actual situación de la musicología en España) que uno de sus trances más característicos se da cuando, sea cual fuere el cuerpo del delito, hay que hacer desaparecer al testigo: a aquel cuya mera presencia desmonta la coartada, cuya sola mirada acusa, cuya palabra denuncia, cuyo conocimiento estorba.En eso están ahora con Isaac Albéniz los especialistas-de-toda-la vida; o sea, los que hasta ayer ignoraban, negaban o caricaturizaban y hacían chirigota de los esfuerzos serios por sacar a la luz su relevancia en otras áreas distintas del piano: la canción, la escena, la orquesta ... Y como aquí ninguna buena obra deja de recibir su justo castigo, de pronto el temible furor de los conversos impone la única fe verdadera de sus tejemanejes: de nuevo han olido el dinero y la foto de postín y allá van, ya está decidido el reparto y ahora sólo hay que seguir avasallando. Y eliminar al testigo. Están como están los tiempos, así que ni siquiera hay que preocuparse de que parezca un accidente. Aplausos.Así no sorprende que se pueda dictar sentencia cretina para 'esas óperas, condenadas a morir en la cuna, que se llamaron Henry Clifford y Merlin' tildándolas de 'puro entretenimiento vanidoso, que se hallaban en lo más opuesto de la sensibilidad y la formación de Albéniz' y presentarse ahora como su paladín; o exhibir como edición crítica un producto que ignora las fuentes documentales; o ufanarse de haber empleado el dinero público en la falsificación —natural e inevitablemente fracasada, que en el pecado iba la penitencia— de la ópera Pepita Jiménez. Y lo que aún queda por ver, que el centenario ya se acerca.Sufrió Albéniz de desamor y se tuvo que ir de esta tierra ingrata a morirse, con el doble dolor de cuerpo y alma, lejos de ella. Hace ya once años (se dice pronto) escribí lo que sigue para prologar del excelente estudio de la profesora Marta Falces sobre El pacto de Fausto: 'No, ese Albéniz humanísimo nunca fue Fausto, aunque sí se asomó a los infiernos. Pero no como Fausto ni como Orfeo sino, más bien, como Dante; y hubo de hacer de Virgilio de sí mismo.'Y fue un infierno bien terrenal el que Albéniz conoció, no la creación caprichosa y vengativa de ningún 'ser supremo que, si existiera, merecería que de él renegáramos por tonto, mal artífice, y peor intencionado truchimán', tal como expresa de su puño y letra en uno de sus escritos cercenados y omitidos en una torpe edición reciente.'El infierno, para Albéniz también, fueron los otros. Los que en vida (que los hubo) quisieron hacer prevalecer sobre su inspiración alada sus mediocres intereses, y los que después (que los hay) pretenden imponer su lacerante ignorancia sobre la compleja y desnuda realidad de un hombre que desde su ser más hondo aspiraba a ser justo y sabio ("lo que me espanta de la muerte, no es el morir, sino el cesar de comprender") quizás con tanta ingenuidad como firmeza."Música y bondad entretejidas, según lo evocó Lorca, no en un infierno en el cual no creía, sino constelado ya en el cielo de España, como lo sentía Juan Ramón, toda la tierra sembrada de corazones. Ése es el Albéniz ignorado, todavía felizmente inédito, al que urge rescatar de sandios y mercaderes."Perhaps a bit too late, my dear.

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