España - Cataluña

Bueno no es igual a excepcional ni a muy bueno

Jorge Binaghi
miércoles, 6 de diciembre de 2017
Barcelona, martes, 28 de noviembre de 2017. Teatre del Liceu. Tristan und Isolde (Munich, 10 de junio de 1865, Hoftheater), libreto y música de R. Wagner. Puesta en escena: Àlex Ollé (La Fura dels Baus). Escenografía: Alfons Flores. Vestuario: Josep Abril. Luces: Urs Schönebaum. Video: Franc Aleu. Intérpretes: Stefan Vinke (Tristán), Irene Theorin(Isolda), Sarah Connolly (Brangania), Greer Grinsley (Kurwenal), Albert Dohmen (Marke), Francisco Vas (Melot), Jorge Rodríguez Norton (pastor/marinero) y Germán Olvera (El timonel). Coro (preparado por Conxita García) y Orquesta del Teatre. Dirección: Josep Pons.
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Las últimas veces aquí del gran poema de amor de Wagner fueron en concierto, una, de Bayreuth (muy alabada, yo no estaba aquí) y otra terrorífica (lamentablemente estaba para el único patinazo que le he visto a Gergiev y sobre todo a casi todos sus artistas, con protestas bien audibles al final del segundo acto). Ahora hemos tenido un buen Tristán. Pero, como me canso de escribir siempre, bueno no es igual a excepcional ni a muy bueno. Y francamente esperaba mucho.

No soy un admirador de La Fura, ni en bloque ni en separado, pero esta puesta en escena ni siquiera usa demasiados efectos, aunque recurre a fantásticas luces y proyecciones de videos, y a una enorme esfera (que recuerda más a la luna de Melancolía, el film de Von Trier, y no sólo porque el director utilice el preludio de esta obra al principio, que a la esfera de Pomodoro en Pesaro). La tal esfera gira (y de paso supongo que a eso se deben los crueles martillazos que nos amargaron el preludio del tercer acto porque como efecto de espectáculo no parecen muy adecuados), acoge a los amantes en el segundo acto, separa al agonizante Tristán del mundo exterior (que tiene su trabajo para llegar hasta él –bastaba ver el cuidado con que uno tras otro introducían los pies). Hay unos cuantos bancos que a veces sirven de ‘púlpito’ o ‘estrado’ cuando un personaje tiene que decir algo importante a otro, como si estuviéramos en una vieja escena de recitación en una escuela primaria, y  para el dúo de amor del segundo los amantes están dentro de la esfera, en el fondo del escenario: si dos voces como Vinke y, sobre todo, Theorin, se oyen poco y la orquesta no suena fuerte, me pregunto qué puede pasar en otro teatro sin esta acústica o de un escenario de mayores dimensiones). Que personajes del mito o leyenda medieval usen –en particular los hombres- cuero y escopetas de caza es, por supuesto, un dislate en el que nadie repara satisfecho de que no pongan a un cantante a cantar semidesnudo con la cabeza abajo en un tanque de agua. Pero fue tan poco ‘rompedor’ (es un elogio) como espectáculo que hasta me pareció que los actores iban a la suya (los había visto a todos en otros papeles, en este u otros teatros).

Pons, que ha renovado su cargo por cuatro años más, ha logrado milagros con esta orquesta, que suena más que aceptable, si no excelsa. Con todo, me interesó más su versión del Anillo(con más problemas materiales de ejecución) que en esta ocasión. Fue bueno el primer acto, bastante desteñido o prudente el segundo, y mejoró en el tercero, aunque aquí y allá sobró prudencia y faltó exaltación. Bien el coro en su breve intervención del primer acto.

Theorin ya había cantado aquí la protagonista (yo no estaba en Barcelona, así que para mí era una primera vez). Sin duda una gran cantante y mejor actriz, o no estaba en su día, o la prudencia (evidente al principio del segundo acto) fue excesiva, o (dúo de amor y nota final de la ‘Muerte de amor’) su esfuerzo por hacer una interpretación intimista –‘ayudado’ en el segundo acto por la posición en el escenario- hizo que tras un primer acto excelente sólo recupera parcialmente ese nivel en el tercero y se la oyera, para lo que es su caudal, poco.

Vinke es un cantante poderoso, no muy brillante pero aceptable como actor, con una voz cada vez más fea (en el primer acto sobre todo, luego no sé si es que uno se acostumbra, pero al menos no escuché lo que en mi cabeza suena al timbre de Herodes en Strauss), pero extensa, oscura, firme, y pocos –si alguno- podrá hacer la parte mejor que él en la actualidad. En particular desde ‘O König’ en el final del segundo acto y todo el interminable delirio del tercero fue a por todas, y triunfó. En mi experiencia personal viene detrás de Jess Thomas y Jon Vickers (por ese exacto orden).

Grinsley es un buen barítono, pero pertenece a la clase de quienes, enfrentados a Kurwenal, y sin necesidad aparente o real deciden jugar al desborde vocal. Puede ser eficaz, y es lo más frecuente, pero no diría que es lo más adecuado.

Connolly es una excelente cantante y artista, pero la prefiero en otro repertorio. Su Brangania se vio y se escuchó bien, pero el timbre es algo claro para la parte, y el agudo resulta muy exigido.

Dohmen es un cantante veterano que conoce su Wagner, y se le nota. También que no es un exactamente un bajo y que su agudo está resentido o limitado. Como es muy expresivo su Marke gustó, pero no encandiló.

Los demás estuvieron discretos, y aunque Melot no es una parte ideal para él, Vas volvió a lucir su técnica y su buen hacer (este Melot perplejo que termina hiriendo a Tristán por obra de éste mismo y desde entonces pierde la brújula es una novedad y como tal la consigno. No cambia en absoluto la obra),

Mucho público, pero las localidades no estaban agotadas, y los aplausos -discretos durante el espectáculo- se convirtieron en ovaciones al final del mismo un día.

Personalmente creo que el Liceu, que ha traído dos veces a Theorin para el papel (y con toda razón), tendría que apresurarse para presentar a su público la Isolda de Nina Stemme, una cantante que aquí empezó con buen pie y tropezó con un concierto en época de crisis donde éramos muy pocos en la sala. Supongo que no le gustó mucho. Yo ya la he visto en el papel, pero los wagnerianos de aquí que no viajan por los motivos que sea deberían tener la oportunidad de oírla.

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