España - Cataluña

Un hogar, canción a canción

Silvia Pujalte

miércoles, 6 de diciembre de 2017
Barcelona, lunes, 27 de noviembre de 2017. Capilla de Santa Ágata. Susanna Puig, soprano, y Guillem Martí, piano. Canciones de Sergei Rachmaninov. Benjamin Appl, barítono, y Sholto Kynoch, piano. Canciones de Franz Schubert, Max Reger, Franz Schrecker, Johannes Brahms, Edvard Grieg, Richard Strauss, Adolf Strauß, Francis Poulenc, Ralph Vaughan-Williams, Henry Bishop, Peter Warlock y John Ireland. Lied Festival Victoria de los Ángeles 2017

El LIFE Victoria se cerró la última semana de noviembre con dos conciertos. El lunes los protagonistas eran el barítono Benjamin Appl y el pianista Sholto Kynoch, y el auditorio la Sala Lluís Domènec i Montaner, en el edificio principal del Recinto Modernista Sant Pau; como explicábamos hace unas semanas, uno de los hospitales más importantes de Barcelona durante más de ochenta años, hasta su traslado a las nuevas dependencias el 2009. Lo que en su día fue un hospital tan moderno como para articularlo alrededor de un jardín, para alivio del espíritu de los enfermos, a la vez que se facilitaban al personal las comunicaciones eficientes entre pabellones con galerías subterráneas, es hoy un espacio puramente cultural. Para completar el apunte hospitalario-patrimonial (si esa expresión existe), mencionar que el hermoso edificio gótico que había acogido anteriormente el Hospital de la Santa Creu i de Sant Pau es ahora la sede de la Biblioteca de Catalunya, entre otros equipamientos culturales. Cuesta creer que algún día alguien se pare a mirar con ojos admirados el tercer Hospital de Sant Pau... Pero centrémonos en la música.

Lugares, personas, identidad, experiencias... ¿Dónde nos sentimos en casa? ¿Cómo definimos nuestro hogar? Esto es lo que planteaba Benjamin Appl en su recital del pasado lunes; interpretaba una selección de su última grabación, Heimat, donde describe musicalmente lo que significa esta palabra de difícil traducción directa (decimos patria, país, tierra, hogar, ... y no lo acertamos del todo) pero concepto fácilmente reconocible canción a canción.

Antes de empezar este recorrido hubo un prólogo, el LIFE New Artists, con Susanna Puig y Guillem Martí interpretando a Rachmaninov, un compositor tan apegado a su tierra que ya no escribió más canciones (tal vez la forma de expresión más íntima de un compositor) tras marchar de Rusia. Entre las cinco piezas elegidas, tres de las más conocidas: Ne poy, krasavitsa, pri mne (No me cantes, bonita doncella), Zdes' jarrashó (Se está tan bien, aquí) y Siren (Lilas). La soprano hizo una aproximación tendiendo a operística, mientras que el pianista recogió los aspectos más intimistas de las canciones, con bonitos detalles a pesar de la inclemente acústica de la preciosa sala (Domènec i Montaner hizo un trabajo maravilloso con el hospital, pero el auditorio lo construyó a algunos kilómetros de allí).

Appl y Kynoch hicieron su recorrido sin interrupciones ni pausas; fue una decisión por una parte lógica, porque los aplausos hubieran afectado a la atmósfera, y por otra arriesgada, porque su programa incluía doce compositores y tres lenguas, con los consecuentes cambios de estilo y época. Más adelante volveré a esto, pero déjenme adelantar que la propuesta funcionó perfectamente. Los tres primeros lieder no acabaron de cuajar, la voz algo engolada y la recreación del texto sílaba a sílaba no son lo más adecuado para Seligkeit y Der Einsame, dos obras de Schubert que se mueven entre la frescura y la ironía, ni para la ingenua Des Kindes Gebet, de Reger. Sholto Kynoch, por su parte, demostró desde el primer momento un férreo y necesario control del instrumento (si la memoria no me falla, había actuado otros años en la sala Domènec i Montaner) e incluso se permitió el lujo de recrearse en los detalles, como con el chispeante acompañamiento del lied de Reger.

Con el primer cambio importante de estilo, Waldeinsamkeit, de Schreker, la voz se relajó y llenó la sala con naturalidad; una voz cálida, que matizó y coloreó con imaginación y aparente facilidad. Así lo mostró, entre Brahms y Strauss, con Zur Rosenzeit, de Grieg (la única canción del programa no incluida en el disco) antes de llegar a cuatro lieder de Schubert interrumpidos por Ich weiß bestimmt, werd' dich wiedersehen, una canción que enlaza con la opereta de entreguerras, deliciosamente cantada por el barítono prácticamente reconvertido en crooner. Si me detengo en esta pieza, sin embargo, no es tanto por la interpretación como por la amarga realidad que esconde, el asesinato en Auschwitz del compositor, Adolf Strauß, unos días después de escribirla. Antes y después, cuatro canciones con wanderer, donde tanto cantante como pianista hicieron un trabajo excelente, rematado con un espléndido Der Wanderer, D. 493; introspección y madurez por parte de un cantante que hasta ese momento no había tenido ocasión de incidir en estos aspectos.

La aparición repentina y fugaz de Poulenc con Hyde Park, una mélodie que él mismo definió como una pochade recordaba a una "sorpresa" haydniana, pero no, no nos habíamos dormido. Brillante interpretación, burlona, como corresponde. A continuación disfrutamos de un bloque de canción inglesa, donde Appl se movió con la misma comodidad que con la alemana y con una dicción igualmente clara. Bellísima canción, Silent noon, no descubrimos nada, y bellísima interpretación, íntima, muy bien matizada por el barítono y, una vez más, perfectamente complementada desde el piano por Kynoch. También destacó My own country, y que entre Vaughan Williams y Warlock no desmerezca la conocida parlour song de Bishop, Home, sweet home, tiene mucho mérito. Ireland nos acercaba al final del programa con sus sueños, If there were dreams to sell, y Grieg cerraba insistiendo en el tema con Ein Traum, otra canción de aquellas que, irremisiblemente, enamora. Tras el expansivo final todavía escuchamos tres propinas: An das Vaterland, también de Grieg, y un regreso a la noche con dos lieder de carácter muy diferente: la serenata An die Laute, de Schubert, y Wiegenlied, de Brahms.

Más allá de las interpretaciones de las canciones tomadas de una en una, el principal mérito del recital fue, en mi opinión, que los intérpretes construyeran un relato verosímil hasta el final, y con ello vuelvo a lo que avanzaba más arriba. Cuando el programa es tan variado y se sustenta en una idea, en una tema, el concierto sólo es redondo si esta idea cala en el público. La veintena de canciones elegidas por el cantante (entiendo que, en este caso, la responsabilidad del programa recae sólo sobre él) son su heimat y, por personal que sea, en este caso debía ser transferible y musicalmente creíble. Y lo fue. Las canciones fluyeron con las personalidades bien diferenciadas, como parte de un todo, una buena muestra del talento de los intérpretes.

Y ahora, la buena noticia. No acabaremos nunca con el debate sobre el futuro de los recitales de lied (el mismo barítono apuntaba el día antes que hace más de cuarenta años que dura), pero no hay duda de que los cantantes confían en el género; toda una generación en torno a la treintena (Appl tiene treinta y cinco años) está llegando a los escenarios más importantes de Europa y a los nuestros (que quizás no son los más importantes si lo miramos en valor absoluto, pero lo son mucho por su labor persistente y valiosa). Son artistas bien formados que aman la canción, lo tienen todo para relevar algún día con éxito a las generaciones que les preceden. Ojalá.

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