¿Qué es eso de la crítica musical?

Antes de los deportes

Javier Moreno

viernes, 15 de diciembre de 2017

Este texto es parte de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música.

Nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación pretenden de ordinario escapar a la misma. La primera a causa de su santidad y la segunda a causa de su majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas injustificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón solo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre.

Immanuel Kant, Crítica de la Razón Pura (1781), A XIII.

Hace unos años, un conocido crítico madrileño se quejaba de la escasa atención que los medios de comunicación dispensaban a la música clásica y a la propia crítica. Su llanto era una forma de pedir a los editores que retornaran a los años de esplendor en el que el crítico era una persona socialmente relevante. No era, por supuesto, el caso de ese crítico ni de ningún otro que hubiera ejercido la profesión después de la II Guerra Mundial, porque hacía ya décadas que el crítico de música clásica había pasado a la historia y lo único que revelaba el sollozo es que había sido el último en enterarse.

Hagamos un poco de memoria. Como nos recuerda Terry Eagleton, la crítica de las artes nació en Europa en los siglos XVII y XVIII en el contexto de la lucha contra el estado absolutista. A través de la crítica, la nueva clase social en ascenso, la burguesía, hizo frente a los privilegios del Estado absolutista, cuyo poder encontraba la legitimidad en la tradición.

No deja de ser sorprendente que la crítica comenzara en forma de invectivas contra la tradición estética de las academias oficiales de bellas artes. Esta crítica de arte nació en la década de 1670 con la Querelle des Anciens et des Modernes. Les modernes, capitaneados por Charles Perrault, oponen lo inventivo a lo tradicional, cuya defensa corre a cargo de les anciens, organizados en torno a la figura de Nicolás Boileau. Los modernos, cuyo discurso se difunde por los salones y los cafés, entienden la nueva época como un tiempo creativo y sin límites, orientado hacia un futuro en el que, de forma casi siempre utópica, se pretende alcanzar lo que podría ser, pero aún no es.

Se puede conceder a Joseph Addison el mérito de ser pionero de la crítica periodística regular. Desde 1711 y a través de las páginas de The Spectator asumió la misión de formar el juicio de sus conciudadanos a partir de la enseñanza sobre literatura y estética. Vale la pena tener presente dos ideas que ayudan a entender el futuro de la crítica. La primera es que la crítica no nació siendo crítica de arte, sino que en la misma pieza periodística se revisaban todas las áreas culturales con la excusa de un concierto: las normas de cortesía, los afectos, el amor conyugal, las normas del vestido, etc. El crítico era un humanista que todavía se resistía a la especialización. La segunda es que, contra lo que piensan hoy muchos artistas, la crítica no es un género artístico, sino periodístico, y, por tanto, obedece a la dinámica del periodismo, no del arte. Hasta que no hubo periódicos, no existió la crítica de arte.

A comienzos del siglo XIX, el crítico empieza a ser reconocido como persona ilustrada, capaz de abarcar todo el panorama cultural e intelectual de su época, un bagaje que le permitía instruir a sus lectores en los avances de las ciencias, las artes y los cambios en las costumbres. Pronto tendrá que  compartir espacio con el crítico romántico, un espécimen exaltado y sentimental cuyo mejor representante fue Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (E.T.A. Hoffmann). No obstante, sus críticas musicales estaban aún adornadas de consideraciones políticas y sociales bien informadas. El vertiginoso avance de la ciencia hizo que se incorporara al grupo el especialista, que no era ya el humanista de amplias miras ni el esteta revolucionario, sino el técnico especializado en una única disciplina. Y de entre esos técnicos emergió el músico-crítico, una infeliz idea de Franz Liszt, que en un artículo de prensa de 1834 arremetía contra “la ignorancia” de los críticos musicales y llamaba a los compositores a arrebatarles sus puestos en los medios de comunicación. Muchos atendieron la llamada, entre ellos Robert Schumann y Hector Berlioz. En general, el experimento resultó fallido, porque los músicos conocían el oficio de componer, pero, salvo Berlioz, eran escritores de tal mediocridad que bajaron el nivel del debate a cotas insoportables.

A esto puso peor remedio el crítico Eduard Hanslick inaugurando en 1855 una larga etapa de neorracionalismo en la crítica periodística que habría de prolongarse hasta nuestros días. Su virtud consistió en expulsar de los medios de comunicación a los escritores aficionados. Su defecto fue que lo hizo a través del uso de un alambicado discurso plagado de tecnicismos musicales. Con él nació el crítico musical que conocemos hoy, en el que se aúnan los grandes conocimientos de música con la irrelevancia social. La antigua influencia de alguien como Addison, que abarcaba a toda persona alfabetizada de Londres, se reducía ahora a la recepción por parte de unas cuantas docenas de entendidos. La crítica era más técnica y académica que nunca, pero al conjunto de la sociedad no le servía para nada. Hanslick convirtió al crítico musical en un mayordomo del compositor y del intérprete, y sentó las bases para su propia irrelevancia.

El rápido desarrollo de la prensa y de los índices de alfabetización en el siglo XX afectó a la crítica musical de forma definitiva. Primero, porque el público se amplió de forma considerable y se hizo más heterogéneo y menos moldeable en los gustos. Segundo, porque se introdujo la publicidad como forma de financiación de los medios, lo cual permitía a los managers aspirar a infiltrar críticos amigos en los medios de comunicación, una práctica que no solo no ha pasado de moda, sino que se ha extendido, hasta el punto de que hace unos años, el historiador del arte Benjamin Buchloh se quejaba de que la crítica se hubiese entregado sin el menor escrúpulo a los intereses comerciales de especuladores e inversores.

Y ese es, en definitiva, el crítico musical que se lamenta de su propia muerte. Un crítico que, como dijo el filósofo italiano Giorgio Agamben, permaneció ciego ante todas las crisis sociales, de la misma manera que la sociedad era ya indiferente ante un crítico que carecía de influencia. Y es que lo que había olvidado el crítico a través de su larga y azarosa historia es que el motivo de su nacimiento obedeció a factores políticos. Y tan pronto desaparecieron de sus sesudos y lustrosos textos las referencias a las luchas y reivindicaciones de su época para ser sustituidos por expresiones vacías como ‘lo mejor que ha pasado por esa ciudad’, ‘soberbia interpretación’ y ‘el mejor concierto’, el uso de la palabra ‘crítica’ había perdido todas las resonancias concedidas por Kant y solo servía ya como el rótulo con el que etiquetar los párrafos que enviaba el crítico y que iban a parar a las páginas de Cultura, la sección que se ubicaba en compartimento estanco antes de los Deportes.

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