Discos

Inesperada, plácida Bartoli

Raúl González Arévalo

miércoles, 3 de enero de 2018
Cecilia & Sol - Dolce Duello. Arias de Caldara* (Nitocri, “Fortuna e speranza”; Gianguir, imperatore del mogol, “Tanto, e con sì gran pena”), Albinoni (Il nascimento dell'aurora, “Aure, andate e baciate”), Gabrielli (San Sigismondo, re di Borgogna, “Aure, voi de’ miei sospiri”), Vivaldi (Tito Manlio, “Di verde ulivo”), Handel (Ode for St. Cecilia's Day, “What passion cannot music raise and quell!”; Arianna in Creta, “Son qual stanco pellegrino”), Porpora* (Gli orti esperidi, “Giusto amor, tu che m’accendi”). Boccherini, Concierto para violonchelo n. 10 en re mayor, G483. * Primicia discográfica mundial. Cecilia Bartoli, mezzosoprano. Sol Gabetta, violonchelo. Cappella Gabetta. Andrés Gabetta, director. Un CD (DDD) de 76 minutos de duración. Grabado en la Evangelisch-reformierte Kirchgemeind de Zurich (Suiza) del 8 al 14 de marzo de 2017. DECCA 483 2473. Distribuidor en España: Universal.

Tres años han pasado desde el último recital de Cecilia Bartoli, St Petersburg (2014), dedicado al desarrollo de la ópera italiana en la capital rusa. Desde entonces Decca, su sello discográfico en exclusiva, apenas había publicado en DVD Giulio Cesare in Egitto de Handel (2016), si bien se trataba de una grabación anterior, de 2012. Los golpes de efecto se habían venido sucediendo sin respiro desde el cambio de milenio, recuperando Vivaldi antes de la explosión de grabaciones líricas del Prete Rosso (Vivaldi Album, 1999), reivindicando el Gluck italiano (Gluck Italian Arias, 2001), al vilipendiado y despreciado Salieri (The Salieri Album, 2003), la teatralidad del oratorio romano (Opera proibita, 2005), el mito de la Malibran (Maria, 2007), el mundo de los castrados (Sacrificium, 2009), o al intigrante y desconocido Steffani (Mission, 2012). En todas las ocasiones la mercadotecnia ha creado un clima de gran expectación, con el tirón de una intérprete de indudable carisma y el atractivo de un repertorio poco transitado, frecuentemente plagado de primicias discográficas. En consecuencia, había una lógica expectativa cuando se anunció un nuevo recital.

Cecilia Bartoli es maestra en reinventarse. Con Dolce duello ha dado un nuevo giro inesperado a su discografía, sorprendiendo a propios y ajenos. Con la sola excepción del lejano Cecilia & Bryn (1999), en el que compartía protagonismo con el barítono galés Terfel, la mezzosoprano ha sido la estrella absoluta de todos sus recitales. La colaboración de Philippe Jaroussky en dos dúos de Mission no dejaba de ser anecdótica, un golpe de gran efecto. Sin embargo, para su nuevo álbum no se presenta en solitario, sino que comparte protagonismo con otra estrella de la música clásica, aunque, en otra vuelta de tuerca, no se trata de un cantante lírico, sino de la violonchelista argentina Sol Gabetta, estrella de Sony Classical. Se trata pues de un planteamiento inédito en la discografía de la romana y muy raro también en los recitales barrocos, aunque con un precedente muy claro: imposible no recordar aquí Baroque Duet, el espectacular duelo barroco entre la voz de Kathleen Battle y la trompeta de Winton Marsalis (Sony 1992).

A pesar del título del nuevo disco, las piezas escogidas revelan más una conversación amorosa que un duelo. Realmente cuesta encuadrar en el programa grabado las famosas competiciones barrocas entre la voz humana y un instrumento, generalmente de viento (corno inglés, trompeta, flauta, oboe). Así que también en este aspecto es original el planteamiento. Pero lo más sorprendente quizás sea que la Bartoli no tiene problema en no erigirse en protagonista única ni absoluta del disco. De hecho, no hay coloraturas espectaculares ni escenas de gran dramatismo. Todo transcurre con una placidez inesperada. Es más, la extensa aria de Nitocri con la que abre el recital es un perfecto ejemplo del planteamiento de la grabación, en la que la presencia del violonchelo es absoluta –no solo por la extensa introducción que le destinó Caldara– y la voz entra en un perfecto equilibrio. La Bartoli vuelve a reivindicarse como virtuosa, no por un despliegue de coloratura imposible ni por una extensión sobrehumana, como ocurría en Sacrificium. La mezzo exhibe un virtuosismo mucho más sutil, el del gran fiato como base de un legato inmaculado. En este contexto, las agilidades nunca son di forza ni requieren de un mordiente marcado, sino que se abordan con gran delicadeza, di grazia. Los detractores de la cantante lo van a tener muy complicado: no hay atisbo de histrionismo, de histerismo, ni ráfagas de metralleta. Como mucho, habrá quien eche de menos un mayor contraste entre las arias, pero no es una cuestión de falta de variedad y de recursos de las intérpretes, sino del carácter de las piezas.

Sol Gabetta es la perfecta cómplice de Cecilia Bartoli. No da ninguna sorpresa porque su calidad ya era sobradamente conocida, como atestigua además una discografía relevante. Si acaso la sorpresa estriba en el perfecto entendimiento entre ambas, pues ninguna pisa a la otra, ni tiene que reivindicar su espacio. Es más, es la romana la que se ha acercado a la sobriedad de la argentina, haciendo gala de versatilidad y equilibrio. En manos de la argentina el violonchelo siempre suena dulce y expresivo. E igual de mesurada se muestra la Cappella Gabetta, fundada y dirigida por el hermano de la violonchelista, Andrés Gabetta, que ejerce asimismo de primer violín del conjunto. 

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