Bajo la alfombra de Enrique Granados

La cieguecita de Betania

Xoán M. Carreira

viernes, 22 de diciembre de 2017

Barcelona sufrió en el otoño de 1914 una epidemia de tifus que se cobró 2.267 vidas. Según el dictamen facultativo del Dr. Lluís Claramunt i Furest (1862-1935), el origen estaba en el consumo de agua proveniente de la mina de Montcada, contaminada a causa de la rotura de un acueducto que propició que se contagiara con aguas sucias de los pozos negros del Eixample*. En noviembre tres de los hijos de Enrique Granados y las dos hijas de Gabriel Miró enfermaron de tifus y su curación fue celebrada con la representación de La cieguecita de Betania, pieza de teatro musical infantil en un acto que resultó ser la única colaboración de ambos creadores.

La angustiosa experiencia vivida por las familias y la celebración de su afortunada resolución está bien documentada por los biógrafos de Miró ya que, además de documentos, disponemos de testimonios directos de los protagonistas, resultando especialmente valioso el del doctor Augusto Pi y Suñer, el médico que trató a los niños y padre a su vez de dos enfermitos, publicado por vez primera en La Publicitat (30 de junio de 1930) y reelaborado luego para que formase parte de su prólogo a uno de los volúmenes de las Obras completas de Gabriel Miró.

Febrero de 1913. Gabriel Miró vive en la calle de la Diputación. Un segundo piso sin carácter, sin interés. Ha llegado de Alicante por consejo de unos amigos, ilustres amigos, Prat de la Riba, Maragall, José Carner, Nicolau d'Olwer, Bofill y Matas, Suriñach... Al público le suena el nombre de Miró por el premio de El Cuento Semanal; unos espíritus despiertos aprecian ya en él su gran valor.

Llegan con Miró sus dos hijas, la esposa; más tarde, la madre. Miró es reacio a nuevas relaciones, sus amigos son escogidos. Vive retirado en su hogar, sólo adentrándose por los países que le ofrece su labor literaria.

Recuerdo una noche del mes de junio; últimas noches de junio barcelonés; un aire suave, perfumado por las flores que asoman tras las tapias de los jardines, un aire que tiene un polvo fino de estrellas. La línea fugaz de un cohete, la explosión en la altura, las calles y los paseos llenos de gente, pues es fiesta y todos gozan de una felicidad ruidosa, en masa... ¡La vida es buena! Y Enrique Granados nos lleva a su estudio del Tibidabo. Nos ofrece frutas, helados; toca el piano maravillosamente y Gabriel Miró nos lee unas cuartillas recientes de El Abuelo del Rey.

Miró es aprensivo, escéptico, diríamos que ausculta las sensaciones de la enfermedad, y sin embargo cree en los médicos. Cada día se ensanchan más sus amistades entre ellos. Ha platicado con Turró bajo los altos árboles de su jardín de Sant Fosty ha venido a mi casa de Rosas disfrutando de aquellos paseos por las aguas azules de la bahía incomparable, hemos recorrido el festón de las calas helénicas; él se asombra porque dice que hemos anclado en las montañas. Esta confianza de Miró por los médicos crece ante la epidemia tífica de 1914. Su hija Clemen, los hijos de Granados, mis hijos enfermaron todos. Días terribles de angustia y de peligro. Miró ya no escribe, no se separa de la cabecera de su hijita. Al fin todos curan y los Granados alquilan una casa en Vallcarca y es ahí donde nuestros hijos representan una obra teatral de Miró, lo único que escribió para el teatro. No recuerdo como surgió la idea. Creo que fue el propio Miró quien se propuso que los pequeños convalecientes representaran una especie de auto sacramental, un exvoto viviente! Con música de Granados, La cieguecita de Betlehem.

Comenzaron los estudios y los ensayos. Se anticipaba una primavera dulce y suave. En los atardeceres lisos el cielo era pálido y brillante. Tal vez unos copos ligeros se doraban sobre poniente. El silencio y la verdor fresca de Vallcarca han quedado impresos para siempre en mi corazón. Subíamos a Vallcarca una o dos veces por semana y era una delicia la paz gustada bajo los árboles florecidos. Hablaba Miró con su dulce lentitud alicantina. Granados se excitaba trémulo y efusivo sintiendo palpable ahora el terror por los peligros superados. Iba cayendo el día, los niños se divertían mucho y las mujeres se preocupaban por los detalles de la función. Ya de noche subíamos las escalinatas de los Josepets y esperábamos el paso del tranvía. Las estrellas pinchaban el cielo y nos acariciaba un aire fresco.

En la Cieguecita de Betlehem que Miró no quiso dar al público —"es un cuento para niños, decía, y sólo para nuestros niños"— se ofrece la pureza lírica del amigo y su piedad por los pequeños y los desvalidos, ¿No recordáis el Ramonet del día de Corpus y "el señor Cuenca" ante su profesor?

Tardes de Vallcarca, claros domingos que nunca podré olvidar, ¡Han pasado muchos años! ¡Estáis ya muy lejos! Se fueron Granados y Amparo desaparecidos en el mar. Se fué Miró con sus ojos azules, su tez mate, su voz tan sonora, y queda el recuerdo y la melancolía. Domingos claros de Vallcarca donde nuestras familias se unían en una gran familia, ¡no volveréis ya más!*

Ante la frágil situación económica de la familia Miró, un grupo de admiradores y amigos del novelista unieron sus esfuerzos para conseguir que Enric Prat de la Riba (1870-1917), poderoso presidente de la Diputación Provincial de Barcelona le otorgase un puesto de trabajo seguro y bien remunerado como funcionario en la Contaduría de la Casa Provincial de Caridad. Entre los amigos de Miró, todos ellos catalanistas y republicanos, se encontraban los poetas Josep Carner (1884-1970) y Ramón Surinyach Senties (1881-1964) y políticos como Luis Nicolau D'Olwer (1888-1961) y Jaume Bofill i Mates (1878-1933), pero no el fallecido poeta Joan Maragall (1860-1911), pese a lo que afirma Pi y Suñer cuya memoria tiene otro lapsus al inicio de su texto pues adelanta un año la llegada de Miró a Barcelona, quien se instaló con su familia en su nuevo domicilio de la calle Diputación 133, 3º, 2ª el 14 (o 15) de febrero de 1914. 

Un mes después encontramos la primera referencia de Miró al Dr. Pi y Suñer en una carta que ofrece una detallada información sobre sus perspectivas de ingreso en el Institut d'Estudis Catalans fundado y presidido por Prat de la Riba.* Granados y Miró se conocieron en casa de Pi y Suñer a principios de mayo de 1914*, empatizaron desde el primer momento y desarrollaron una sólida amistad con un grado de intimidad que parece estar bien consolidado en septiembre de 1914 a juzgar por la narración que hace Miró de una visita a Barcelona del escultor Vicente Bañuls Aracil (1865-1934) y la participación de este en una tertulia en casa de Pi con Granados, el guitarrista Miguel Llobet (1875-1938) y el pintor Carlos Pellicer y Rouvière (1865-1959):

Aquí está el matrimonio Bañuls. Cenaron con nosotros la noche de Pi. Después vinieron los Granados, Pellicer y un matrimonio de artistas, que nos presentó Granados; ella pianista, y él, el guitarrista Llovet. Los Bañuls estaban rendidos y se retiraron pronto; nosotros continuamos hasta el alba.*

Gabriel Miró no encontró acomodo en el ambiente catalanista y, a pesar de las ventajas de ser funcionario, estaba a disgusto en un trabajo que le permitía tener un detallado conocimiento del "precio de las haldas y tocas de las esposas del Señor, del lavado de sus castas camisas, de las legumbres, del aceite, de los corderos y pollastres", cuestión de más que improbable interés para un escéptico radical en materia de religión como Miró, poco dispuesto a acompañar a las monjas "en sus oraciones de éxtasis" por más que manifestase irónicamente que "a todo estoy dispuesto, de rodillas en el Getsemaní de la paciencia."* No sorprende pues que Miró renunciase al status funcionarial apenas tuvo éxito la recomendación de Josep Carner ante la Editorial Vecchi y Ramos de Barcelona, la cual buscaba un director para su proyecto de una Enciclopedia Sagrada no confesional que potencialmente satisfacía las aspiraciones intelectuales y morales de Miró pues era "una empresa de gran envergadura que requería el empleo de todas sus actividades y el desarrollo de nuevas aptitudes"* lo cual compensaba la pesada carga de trabajo requerida, un equilibrio vital hecho añicos por el tifus: 

Alejado ya el peligro en que estaba mi chiquitina, te escribo estas líneas que confío te desenojen. Eres de los hombres que tienen el privilegio de agraviarse. Yo no sé qué juramento ofrecerte para que creas que vivo con una angustia de tiempo que no cabe en la imaginación de un levantino. Tengo abandonados mis libros y mi espíritu. No leo, no escribo. Me paso los días entre clérigos, frailes y prelados. ¡Qué santo regocijo sentirían mis tías si me viesen!

¡Cuánto hemos sufrido en este mes de noviembre!

Desde que comenzó la epidemia, nos aislamos sujetándonos a un código rigurosísimo de higiene. Y el mal entró en mi casa. Tres médicos asisten a Clemencita. Casi toda la segunda semana la fiebre se mantuvo a 40 grados y pasó. Lleva 20 días de cama. es un manojo fragilísimo de huesos. No sé si tendremos que sacarla de Barcelona en esta larga convalecencia. 

¡Qué pena y qué ira produce ver el abandono ruin en que nos tienen estas autoridades!

La epidemia va decreciendo. Ha sido un mes, qué digo un mes, 60 días siniestros. Llegaba a casa pálido de tristeza y horror atravesando procesiones de entierros, casi todos de ataudes blancos. Se ha ensañado el tifus en la juventud.

Y nosotros vivimos en el foco epidémico. 

Basta ya de esto. 

Desde antes de ayer no tiene fiebre mi hija; si así continuase otros cuatro días comenzaríamos a aplacarle su hambre.*

La idea de La cieguecita de Betania parece haber sido del matrimonio Granados, si no de Amparo Gal, como se deduce de la carta enviada por Miró a Granados el día de Navidad de 1914 declinando la propuesta de colaborar en la pequeña pieza de teatro musical infantil. Ignoramos si surgió de una conversación entre ambos o se planteó en una misiva extraviada, como podría deducirse de la despedida de Miró prometiendo una visita a la familia Granados.

Maestro Enrique Granados

Mi querido y admirado amigo

Usted y todos los suyos deben de pensar muy mal de mí y de todos los míos. Aparentemente lo merecemos. Esto es triste. Pero, todavía, es más doloroso que yo mismo llegue a pensar ruinmente de mi mismo.

Y es que sólo soy un empleado de una Casa Editorial, y loado sea el Señor que tengo un destino y todo! La dignidad artística y hasta los deberes gustosos de amigo, todo mi interior lo confié a la Lotería! Sigo siendo pobre, y ¡claro, sigo también sin holgura de tiempo y con la voluntad atada!

¡Me parece que no debo esforzarme en decirle cuánta hubiera sido mi alegría y complacencia escribiendo unos villancicos que después hubiesen recibido la gracia divina de su música, y el diálogo que también me pidió Amparo para nuestros pequeños! 

Y me ha sido negado este purísimo deleite.

Es verdad que debí avisarle; pero no quise porque no me resignaba a perder el dulce encanto de contribuir a nuestra Navidad. 

Siempre vivo con avidez; pero ahora, en los postreros días del año me agobiaba el trabajo, trabajo ajeno y de Enciclopedia.

Yo no escribo, ni leo, ni sé nada de mi ¡Venturoso V. amigo mío, que puede retirarse en si mismo!

Dígale a Amparo que tampoco ha sido posible que fuéramos.

Nuestra Olimpita estuvo ayer en cama, muy constipadita.

Y basta, para no enfadarle más con estas pobres líneas.

Felicidades y muy grandes porque nuestro hogar tiene el santísimo alborozo de la salud.

Todos nuestros hijos nos rodean. ¡Quién piensa en riquezas! Iremos.

Suyo siempre que con toda devoción le admira y fraternalmente le abraza.

Gabriel Miró*

A vuelta de correos, con su inagotable sentido del humor, Granados contestó amable y afectuosamente a Miró sin aludir a La cieguecita de Betania.

Mi querido amigo Gabriel: me alegro muchísimo de que se haya disculpado Ud. Ello me proporciona una carta deliciosa que guardo con verdadero amor y admiración.

Siga, siga, cometiendo faltas tan graves y disculpándose. Me guardo el autógrafo y les mando a todos mis mejores afectos y deseo muchísimo verlos. Su admirador y agradecido

E. Granados*

Como es bien sabido, los Granados consiguieron convencer a Miró para escribir el libreto de La cieguecita de Betania y se encargaron de organizar en su domicilio en algún momento de 1915 el estreno y única representación de la obra con los niños como protagonistas: 

"Clemen. - Ovejitas éramos con sed y sin agua. A muchas se las llevaba aquel lobo negro, flaco y peludo a una barranca fosca que no tiene fondo ni fin."

Miró había conocido a Granados en casa de Pi Suñer. Los hijos de los tres enfermaron del mal epidémico. Gabriel decía que pudo mirar el peligro sin que le rindiera el dolor, por la confianza que tenía en el gran saber de Pi.

Cuando todos han sanado representan en Vallarca, en la casa de los Granados un auto, loa o apropos. La letra es "del tío Sigüenza, el que seca su meollo con los romancicos que la cieguecita de Betania anda vendiendo por las aldeas y majadas" y "la música tan acordada que se oye, la del rabel del tío Enrique"; y no faltan alusiones al "amo Augusto, que con la ayuda del Señor de Abraham, con su cayada y su honda, salvó a tantas de aquella bestia de maleficio".

¡Cueva del Nacimiento, pastores, Reyes y Juanico, el futuro evangelista "que se alza como un águila y una pluma de sus alas escribe en el Cielo: En El estaba la Vida y la Vida era la luz de los hombres!"

¡Lástima grande perdure en su ineditez!*

 Además de estos documentos y testimonios contemporáneos, el gran periodista musical Antonio Fernández-Cid, además de proporcionarnos el único fragmento publicado de La cieguecita de Betania, nos ha dejado una narración -no del todo exacta en los detalles pero plausible en su conjunto- a partir de fuentes secundarias y testimonios basados en la memoria de lo sucedido medio siglo atrás: 

... después de haber pasado el tifus casi todos los hijos de Granados, este alquiló un chalet en Vallcarca -si entonces las afueras hoy casi en el centro de Barcelona, ya- para que acabaran de reponerse los convalecientes. Fue doña Amparo quien arregló los sótanos de la casa, con el fin de que entre los hijos propios y los de Gabriel Miró representaran este cuadro navideño, en las fiestas anteriores a la salida para América. El portalico de Belén, que completa su título Y la cieguecita de Betania, se desarrolla en un cuadro solo, un breve acto sobre el tema leve de Gabriel Miró.

Con la familia, en misiones de Angel, Conchita Badía, que prestó concurso magnífico, aún recuerda emocionada el fragmento:

Elegido os ha el Señor

por sencillos

en decillos

que ha nacido el Salvador.

Y está será la señal

que os conmueva:

una cueva

y un niño sin pañal.

La música se encabeza con una indicación que es, casi, una súplica: Con beatitud 

El final de esta obra se arregló por Granados para doble quinteto, destinándolo a formar parte de la Suite de Navidad.*

El manuscrito de la partitura de La cieguecita de Betania se conserva en la Biblioteca de Cataluña y no tengo constancia de que se haya vuelto a interpretar desde su estreno salvo el arreglo para orquesta titulado Navidad, estrenado el 31 de mayo de 1916 por la Sociedad Nacional de Música de Madrid, mencionado por Fernández-Cid.

A pesar de la abundancia de información publicada sobre La cieguecita de Betania, algunos de los biógrafos recientes de Granados han preferido echar mano de las grandes dotes imaginativas características de la musicología creativa. Así, Walter A. Clark escribe:

Nunca sabremos si Granados y Miró hubieran podido colaborar más pues la dedicación de Granados a Goyescas y su súbita muerte dejan el tema en pura conjetura. [...] Granados era un católico fervoroso y escribió numerosas obras de inspiración religiosa. En las pocas colaboraciones con Miró, se evidencia su temperamento devoto.*

En realidad, las "numerosas obras de inspiración religiosa" de Granados son las dos sobre las que he publicado sendos artículos monográficos en la serie Bajo la alfombra de Enrique Granados, es decir la Salve Regina y La hierba del amor. No es este el único error de cómputo de Clark, puesto que "las pocas colaboraciones con Miró" de Granados se limitan a una, La cieguecita de Betania. Por lo que se refiere al "temperamento devoto" de Granados, en el artículo Religiosidad, devoción y lenguaje común he demostrado que no existe evidencia alguna sobre dicho temperamento devoto, mientras que no existen muchas dudas sobre que Miró, a causa de su radical escepticismo religioso, fue una víctima propiciatoria del fanatismo católico de su momento.

Notas

1.Antoni ROCA-ROSELL, "La higiene urbana com a objectiu: notes sobre la història de l’Institut Municipal de la Salut (1891-1936). Cent anys de Salut pública a Barcelona", Barcelona: Ajuntament de Barcelona, 1991

2. Augusto PI Sunyer, 'Prólogo' (Barcelona, julio de 1933) en "Obras completas de Gabriel Miró. El abuelo del Rey. Nómada", Barcelona: Amigos de Gabriel Miró, 1933. pp VII-X

3. Ian R. MACDONALD y Frederic Barberà, "Gabriel Miró. Epistolario", Alicante: Caja Mediterráneo, Instituto Alicantino de Cultura "Juan Gil-Albert", Diputación Provincial, 2009, Carta 122 (a José Guardiola Ortiz, marzo de 1914)

4. Ian R. MACDONALD y Frederic Barberà, "Gabriel Miró. Epistolario", Alicante: Caja Mediterráneo, Instituto Alicantino de Cultura "Juan Gil-Albert", Diputación Provincial, 2009, Carta 128 (a Germán Bernácer, 8 de mayo de 1914)

5. Ian R. MACDONALD y Frederic Barberà, "Gabriel Miró. Epistolario", Alicante: Caja Mediterráneo, Instituto Alicantino de Cultura "Juan Gil-Albert", Diputación Provincial, 2009, Carta 143 (a Germán Bernácer, septiembre de 1914)

6. Ian R. MACDONALD y Frederic Barberà, "Gabriel Miró. Epistolario", Alicante: Caja Mediterráneo, Instituto Alicantino de Cultura "Juan Gil-Albert", Diputación Provincial, 2009, Carta 123 (a Vicente Bañuls, marzo de 1914)

7. Frederic BARBERÀ, 'Evolució literària de Gabriel Miró: la influència catalana', en "1898: Entre la crisi d'identitat i la modernització", Barcelona: Publicacions de l'Abadia de Montserrat, 2000, 2º vol, p 162

8. José GUARDIOLA Ortiz,"Biografía íntima de Gabriel Miró", Valencia: Imprenta Guardiola, 1933, p 136

9. Ian R. MACDONALD y Frederic Barberà, "Gabriel Miró. Epistolario", Alicante: Caja Mediterráneo, Instituto Alicantino de Cultura "Juan Gil-Albert", Diputación Provincial, 2009, Carta 153 (a José Guardiola Ortiz, noviembre de 1914)

10. José GUARDIOLA Ortiz,"Biografía íntima de Gabriel Miró", Valencia: Imprenta Guardiola, 1933, pp 140-141

11. Ian R. MACDONALD y Frederic Barberà, "Gabriel Miró. Epistolario", Alicante: Caja Mediterráneo, Instituto Alicantino de Cultura "Juan Gil-Albert", Diputación Provincial, 2009, Carta 158 (a Enrique Granados, 25 de diciembre de 1914)

12. Miriam PERANDONES, "Correspondencia epistolar (1892-1916) de Enrique Granados", Barcelona: Editorial Boileau, 2016, carta 437 (a Gabriel Miró, 25 de diciembre de 1914)

13. Antonio FERNÁNDEZ-CID, "Granados", Madrid: Samarán, 1956, pp 262-64

14. Walter A. CLARK, "Enrique Granados. Poeta del piano", Barcelona: Editorial de música Boileau, 2016, p 178

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.