España - Castilla y León

Más libertad para Carmen

Samuel González Casado

martes, 19 de diciembre de 2017
Valladolid, sábado, 16 de diciembre de 2017. Auditorio del CCMD. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Ensemble Matheus. Coros de Castilla y León. Coro Voces Blancas de Valladolid. Jean-Christophe Spinosi, director. Bizet: Carmen. Dara Savinova (Carmen), Migran Agadzhayan (don José), Ekaterina Bakanova (Micaela), Kostas Smoriginas (Escamillo), Emilie Rose Bry (Frasquita), Inés Moraleda (Mercedes), Matthieu Toulouse (Zúñiga), Dániel Foki (Morales), Gavan Ring (Dancaire), Jordi Casanova (Remendado), Tatiana Spivakova (actriz recitadora). Ocupación: 90 %.

Uno de los conciertos estrella de la temporada de la OSCyL, el de Carmen en versión de concierto, se saldó con un éxito indiscutible de público, parte del cual se puso en pie y vitoreó a los intérpretes. Puede ser un buen preludio para la pequeña gira que la orquesta —unida al Ensemble Matheus— lleva a cabo en Francia con la misma obra, sobre todo para el concierto de Versalles, el más importante.

Como ocurre siempre, todo tiene sus matices. Jean-Christophe Spinosi es un director imprevisible, que exhibe (nunca mejor dicho) unos modos muy personales a la hora de ensayar, lo que provoca que no todos los músicos acepten su “creatividad inmediata” y sus cambios de última hora. En este caso, el grupo instrumental incluía músicos que conocen muy bien a Spinosi, y la verdad es que el resultado fue fantástico.

Sin llegar a los exagerados niveles de “mejora” que comentó un espectador respecto a otros conciertos (“hemos pasado del casete al CD”), hay que reconocer que el sonido fue limpísimo, sobre todo gracias a la articulación y a una cuerda aguda muy bien empastada. El director, además, dio gran importancia a todo lo que supusiera una progresión y abordó su trabajo desde una manera muy plástica y libre, con efectos a veces un poco exagerados pero otros realmente sutiles. Fue un trabajo variado, intenso, provocador y transparente, con vertientes en algún momento poco justificadas (su sentido del tiempo a veces es arbitrario), pero que en cualquier caso proponía un estado de alerta y excitación al público que, más que agotamiento, causó una especie de felicidad colectiva.

Una de las originalidades de Spinosi fue el cortar prácticamente todos los recitativos y sustituirlos, de forma parcial y poética, por una actriz-recitadora: Tatiana Spivakova, que creó un texto alusivo al argumento y resonancias metafóricas de Carmen. La puesta en escena se cuidó, y la actriz aparecía por diferentes espacios del auditorio y con distintos elementos (un cigarro, una petaca de licor). Fue una pena que su lectura, muy dramatizada, fuera en francés y que parte del público tuviera que estar pendiente de la traducción del programa de mano, sobre todo si tenemos en cuenta que Spivakova habla un perfectísimo español. Pese a ello, el texto incluía algunos guiños, frases y referencias castizas que fueron recibidas con expresiones de aprobación.

En cuanto al reparto, resulta indiscutible que el tenor Migran Agadzhnyan se comió al resto. Más allá de su asombrosa imitación a Plácido Domingo en muchas de sus vertientes (técnica, fraseo, gestualidad...), debe reconocerse que estamos ante un artista total, capaz de la máxima entrega desde una planificación muy inteligente y estudiada. Y lo mejor es que logra dirigir de forma muy precisa esa preparación hacia todo lo que implica la naturalidad del personaje ante cada situación. Sin tener una concepción original de don José, Agadzhnyan trabaja profusamente sobre lo conocido para obtener un resultado muy matizado y enriquecido desde la progresión psicológica general y sobre todo particular de cada escena. En este sentido, su dúo final con Carmen fue brutal: parece mentira que puedan combinarse de esa manera todos los recursos dramáticos que ofrecen la situación, el personaje, las posibilidades técnicas, expresivas... Spinosi lo vio desde el primer momento, y por ejemplo ralentizó el Aria de la Flor para que Agadzhnyan pudiera transmitirlo todo, incluso con un falsete final puro discutible pero valiente (¿y reivindicativo?).

El resto del reparto se movió entre los límites de lo correcto y lo apreciable. Dara Savinova como Carmen no supo transmitir su esencia dramática, en parte porque sus medios no dan para mucho dispendio y en parte porque pareció reservarse en algunos momentos (canción del interrogatorio en Acto I). Sin embargo, su aseada forma de cantar —limitada en el agudo y en el centro-grave probablemente por una predisposición “sopranil” que deviene en mezzo gracias a los típicos arreglillos técnicos— hizo que tuviera momentos refinados: por ejemplo, en la escena n.º 16, cuando baila para don José y suena la retreta, ya que en ese mecanismo el canto de Savinova funciona muy bien; y otros que constituyeron sorpresas agradables, como su aria En vain pour eviter, con un registro de pecho controladísimo. En otros estuvo más bien ausente, y permitió que don José le robara todas las escenas: no hubo ningún tipo de resistencia.

Con la inconfundible Ekaterina Bakanova, ya conocida en el CCMD gracias a Spinosi, entramos en el terreno de lo que puede implicar una actuación “moderna” en el desempeño del canto. Menciono esta cuestión a propósito de su aria, en donde el pavor e histerismo de la situación (sola, desamparada, perdida, portadora de malas noticias, imposibilidad de competir con Carmen...) lo impregna todo; una decisión válida si el canto no se resintiera por los efectos raros con que la soprano trató de ilustrar esos sentimientos: contrastes continuos forte-piano, ataques en forte inmediatamente rectificados, consonantes exageradas y, en general, falta de línea en un aria que desde luego la necesita.

Por otra parte, a la precisión del canto de Bakanova le perjudican los desequilibrios entre el centro y el agudo, ya que le resulta difícil resolver los problemas que su escuela —trascendida o actualizada en cierto grado— causa en el segundo paso, sobre todo en ciertas situaciones de agudos difíciles de preparar. De todas maneras, su emisión es útil en gran parte de la tesitura, y le permite salir airosa, de forma creativa y personal, en muchos momentos de su apetecible papel (buen dúo en el acto primero).

Kostas Smoriginas, después del anuncio de que no se encontraba al cien por cien de sus facultades, dejó pasmado al público con un sonido tan directo y potente que convirtió a la orquesta en un conjunto de cámara. Realmente, en lo musical hubo muy poco, y está claro que la flexibilidad y el color no es lo suyo; pero algo que le llega a uno de forma tan gloriosamente emitida, con esos armónicos, y que encima casa muy bien con el personaje, es apreciable en la medida que provoca una satisfacción inmediata, sin que haya que emplear tiempo en desentrañar nada más. Escamillo da para otras cosas que siempre pasan por las posibilidades propias del cantante más que las que regala el personaje, pero no seré yo quien discuta a Smoriginas en este preciso contexto.

Del resto del reparto, que a veces se movió en los límites de lo correcto, desde luego destacó el buen gusto de la mezzo Inés Moraleda. Los conjuntos corales desempeñaron su cometido muy atentos a las indicaciones del director, aunque en algunos momentos se desdibujaron. Los Coros de Castilla y León cumplieron casi siempre, aunque en el final del Acto II, que debe lanzarse como una bala de cañón, se echó en falta mayor definición, sobre todo de las sopranos. Mejor discurrió en general el segundo cuadro del Acto III, pese a los tiempos endiablados de Spinosi, y sonaron refinados tanto la salida de las cigarreras en el Acto I como el coro inicial, “Sur la place”.

El Coro de Voces Blancas de Valladolid cumplió muy correctamente con sus cometidos, aunque se podía haber trabajado algo más la picardía en “Avec la garde montante”. Obtuvo un buen resultado, como los Coros de Castilla y León, en el segundo cuadro del Acto III, y contribuyó al equilibrio gracias a una zona aguda que se complementaba muy bien con el resto de elementos que conforman esa complicada y espectacular maquinaria final, concebida por un genio para conectar lo festivo con lo trágico.

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