España - Valencia

Crisis económica, superávit de gilipollas y una ópera que pasaba por allí

Rafael Díaz Gómez

jueves, 21 de diciembre de 2017
Valencia, viernes, 15 de diciembre de 2017. Palau de les Arts. Don Carlo, ópera en cuatro actos. Libreto original en francés de François Joseph Méry y Camille du Locle, basado en el drama Dom Karlos, Infant von Spanien, de Friedrich Schiller. Traducción del libreto al italiano de Achille de Lauzières y Angelo Zanardini. Música de Giuseppe Verdi. Estreno de la versión original: París, Ópera de París, 11 de marzo de 1867. Estreno de la versión italiana en cuatro actos: Milán, Teatro alla Scala, 10 de enero de 1884. Producción: Deutsche Oper de Berlín. Dirección de escena, escenografía e iluminación: Marco Arturo Marelli. Vestuario: Dagmar Niefind. Reparto: Alexander Vinogradov (Felipe II), Andrea Carè (Don Carlos), Plácido Domingo (Rodrigo), Marco Spotti (el Gran Inquisidor), Rubén Amoretti (un fraile), María José Siri (Isabel de Valois), Violeta Urmana (Princesa de Éboli), Karen Gardeazabal (Tebaldo), Matheus Pompeu (el Conde de Lerma), Olga Zharikova (una voz del cielo), Javier Galán, Manuel Mas, Valentin Petrovici, Pedro Quiralte, David Sánchez, Arturo Espinosa (diputados flamencos). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana. Director de coro: Francesc Perales. Dirección musical: Ramón Tebar.

No crean que yo me libro. Ni de la crisis económica ni de la gilipollez. Además (no lo tomen como una disculpa) ando con la coprolalia subida. Será que envejezco a la gruñona manera. Y que lo hago en un país que no tuvo Ilustración. O que la tuvo escasa y de comunión frecuente. Un país sin Ilustración que persigue a sus ilustradores. Lo hace ahora. Para que luego andemos negando leyendas negras, denunciando la propaganda política en épocas pasadas, salvándole el pellejo moral a un Felipe II que sólo defendió lo que le interesaba como Habsburgo y a una España que no existía como se nos antoja. Y sin querer ver como ante nuestros ojos se levantan muros de mierda. Sin hacer caso al pozo oscuro de mentiras y manipulación que se abre cada vez más profundo bajo nuestros pies.

Un país desilustrado y sin proyectos educativos y culturales, no ya a largo, ni siquiera a medio plazo. Un país laico a la católica manera. Un país de republicanos no sólo con un rey en la cúspide sino dispuesto a solazarse en una extendida red de tronos particulares. Unos reinados como de los que hablaba Chamfort ya en tiempos borbónicos: “Un francés fue admitido a visitar el gabinete del rey de España. Una vez que llegó a su sillón y a su mesa, exclamó: –¡Luego es aquí donde este gran monarca trabaja! –¡Cómo trabaja! ¿Habéis venido aquí a insultar a Su Majestad?”. ¿Trabajar, pensar, proyectar, acordar, cohesionar, explicar? ¡Sí, ya! Tronos para la necedad y el capricho, para la ocultación y la impostura, para sembrar prejuicios y desconciertos.

Venía a comenzar la temporada en Les Arts con un Don Carlo que quizá quisiera hablar de estas cosas, cuando Davide Livermore, hombre barroco donde los haya, anunció su dimisión como intendente del organismo. A una atenazadora burocratización que ponía en cuestión la solvencia de su idea de teatro operístico le achacó su decisión. La fecha de caducidad de su contrato estaba establecida para 2019 (mientras tanto, la incompatibilidad entre su función de intendente y la de regista seguía sin resolverse). Al despedirse dio a entender la ausencia de plan de la administración valenciana respecto al coliseo. O, peor aún, el plan de dejarlo caer. El Gobierno autonómico aceptó la renuncia sin dilación y con la misma rapidez se metió en un jardín desde el que queriendo replicar a Livermore parecía darle la razón. Entonces se apuntaron a la fiesta y aprovecharon para soltar su ristra de memeces los que ven odio en el nacionalismo ajeno y puro amor en el propio. Además, el Pacto del Botánico (el que sustenta el Gobierno autonómico) respondió como se acostumbra en pactos entre políticos, aunque no se firmen en jardines botánicos, es decir, con veneno: que el marrón se lo coma Compromís, partido que tiene en la cúspide de la Conselleria de Cultura a uno de sus miembros. Por su parte, los responsables de esta cartera se desdijeron de alguna de sus afirmaciones “en caliente”. El Patronato de Les Arts se reunió y aprobó unos nuevos estatutos con algunos dondedijediegos y muchas buenas intenciones (la nota de prensa alusiva la tienen aquí). Don Carlo, por su parte, ya había iniciado la marcha. Y la ciudadanía interesada, otra ocasión más, desorientada y presa de la desconfianza: ¿a quién creer?

A nadie; no se lo merecen. Lo hemos dicho muchas veces en estas páginas: Les Arts se concibió como un monumento a la desmesura, a la soberbia, a la irracionalidad. Con las vacas flacas su gestión deviene un problema aún más complicado que de ordinario (el Ministerio no ayudó ni cuando gobernaba en Valencia su propio partido, así que difícil va a ser que lo haga ahora que una serie de “radicales” tienen la osadía de servir en valenciano como primera opción las traducciones de la ópera interpretada, obligando a quien la quiera en otra lengua al esfuerzo titánico de tener que estirar el brazo para accionar un comando en el respaldo de la butaca de enfrente). A partir de aquí, es lógico que se quiera racionalizar el gasto de un ente del que se dice absorbe el 60 % del presupuesto para Cultura de la Generalitat Valenciana. Y es inquino relacionar este deseo con el nacionalismo “paleto y excluyente”. Y es paleto decir que Plácido Domingo nada tiene que opinar de la dimisión de Livermore porque viene “de fuera”. Y sería de una gran estupidez no reconocer los activos de su magníficos coro y orquesta, así como los del del resto de trabajadores de la casa.

Por lo demás, a estas alturas resulta tan absurdo considerar que la ópera es elitista como cifrar su prestigio sólo en la repercusión internacional que consigue. Por experiencia propia sé que no es igual hablarle a los jóvenes de la ópera cuando esta la tienes al lado. Sé que a la admiración que les provoca las imágenes y la música de la Tetralogía o de La bohème se añade un apenas contenido orgullo al comentarles que son producciones de Les Arts, o sea, nuestras. Lo hago, por cierto, en valenciano y adoctrinando lo justo (que es justo lo que le molesta a cualquier otra persona que no esté de acuerdo ni con la forma ni con el contenido de lo que uno dice).

Agota tener que estar volviendo sobre estos temas periódicamente. Se ve que es mucho pedir a quienes ejercen la política que expongan un proyecto, que lo justifiquen con transparencia, que lo pacten en la medida de lo posible y que le otorguen continuidad.

Menos mal que la propia ópera vino a justificarse por sí misma. Lo hizo alto y claro y con las bases citadas más arriba. En la representación a la que acudí, soberbio (de una precisión carnosa y elástica) estuvo el coro y excelente (como conjunto y como atriles individuales) la orquesta. Al frente de ambas formaciones, dos valencianos. La de Francesc Perales es ya la de una trayectoria consolidada (y si su labor va a ser continuada por quien ahora es el director asistente, Jordi Blach, no arriesgo mucho si aventuro que el futuro del coro continúa estando artísticamente garantizado). La de Ramón Tebar, reciente titular de la Orquesta de Valencia, se consolida de una manera firme. Tebar refrendó que los resultados de su Traviata del curso pasado no fueron casuales. Como entonces, volvió a desafiar la tensión con unos tempi pausados, flemáticos, pero muy bien sostenidos. Supo construir volúmenes a la vez que amparaba el discurrir narrativo, protegía a los cantantes y obtenía un óptimo rendimiento de la orquesta. Poco más se puede pedir.

En el reparto vocal no se acusaron mermas dignas de reseñarse en ninguno de los papeles, nada que menoscabara la credibilidad de cualquiera de los personajes. Existiera o no, parecía darse una química especial entre todos ellos, consagrada en una entrega que sin descuidar lo individual se orientaba al logro colectivo. En general, eso sí, hubo una progresiva (también rápida) mejoría a medida que las voces entraban en calor. Sin embargo, no le ocurrió tal cosa a Domingo: su canto ya estaba dispuesto desde el inicio. Sin color baritonal, un marqués de Posa pierde parte de su esencia. Si va por el escenario renqueando y con pinta de ser más amigo del difunto Carlos V que del príncipe homónimo, también se echa en falta verosimilitud escénica, por mucho que Domingo sea capaz de comunicar con sólo el movimiento de un dedo meñique. Pero, claro, uno lo escucha y, prescindiendo de condescendencias derivadas de su edad, queda atrapado en su telaraña cantable. No se sabe qué más decir sobre él. Se me figura que acabará haciendo posible lo que anunciaba la serie de dibujos animados Futurama para alguna de sus caricaturas (por ejemplo, la de Nixon): su cabeza dentro de un frasco de líquido que lo mantiene con vida bien activa. Y, así, Domingo para siempre.

Si continuamos con el repaso de los roles cantados por hombres en esta ópera tan oscura, indicaremos que Andrea Carè ha de cuidarse más para llegar si acaso a la mitad de la carrera (en extensión temporal) de su veterano compañero de cuerda madrileño. Su príncipe protagonista se resolvió con agudos algo forzados y cierta tendencia a una expresión un tanto monocorde que le restaba interés a una voz sin duda atractiva y comprometida. Alexander Vinogradov se metió en el bolsillo al publico de Les Arts, cosa que ya viene siendo una constante en él. Abordó el personaje de Felipe II como acostumbra, es decir, con una precisión total en la afinación, con un legato atractivo y un caudal medio y fuerte muy enteros. Se le pudo achacar, al comienzo, una desigualdad tímbrica que parecía nacer de la pronunciación algo forzada del italiano y a lo largo de la velada la necesidad de más untuosidad o incluso viscosidad (teatral y canora). Y el Gran Inquisidor estuvo bien servido por Marco Spotti, pero para una cabal caracterización del personaje le faltaba esa rotundidad de sochantre de cripta (del Panteón de los Reyes, más concretamente), capaz de ponerle a uno los pelos de punta.

Pasando a ellas, María José Siri compuso una Isabel de Valois de suficiente presencia vocal y escénica. No le falta homogeneidad y el timbre, sin fascinar, es agradable, como ya ha demostrado anteriormente en otras interpretaciones en la misma sala. Ignoro si será por la prevención de caer en el amaneramiento que la uruguaya se muestra un punto fría. Y es cierto que su complicado rol necesita de esa regia frialdad, pero también de apasionamiento, y aquí hubiera ganado enteros con más variedad de acentos y matices. Mientras, Violeta Urmana se mostró ligeramente destemplada. De todas formas, su Éboli, sin parche, evidenció que quien tuvo, retuvo y que sabe decir a la verdiana manera. Lo que ya resulta más complicado de evitar es que el agudo en ocasiones salga rasgado (pero valiente) y el grave ahogado. Ahora bien, para ahogada la canción del velo, cuya segunda estrofa se vio cortada por la irrupción de la reina. Por último, lo único que se le puede achacar a Karen Gardeazabal en su Tebaldo fue algo de lo que no era responsable: su caracterización de barraca de feria, como queriéndole quitar de un golpe toda la dignidad que había adquirido con La vuelta de tuerca al final del curso pasado.

En cualquier caso, exceptuando detalles como este, y aparte de curiosidades como la quema de libros en el auto de fe, que la voz del cielo esté en boca de una mujer con su niño en brazos o que al príncipe y a los diputados flamencos se les fusile finalmente por la vía rápida, la puesta, bajo la triple responsabilidad de Marco Arturo Marelli, funciona con sorprendente agilidad. Lo hace gracias a una dosificación muy expresiva de la luz y a unos bloques móviles que conformando diferentes espacios siempre están sugiriendo la omnipresencia de una cruz cuya dominación es apabullante y sumarísima, pero en perfecta simbiosis con la gelidez despiadada de la administración política. Los diversos tonos de gris o de negro predominantes se ven contrastados en el vestuario con el rojo sangre eclesiástico y el verde de la ropa de la de Éboli, el personaje de Don Carlo con quien siempre es más fácil identificarse. Un vestuario que sin serlo del todo parece más de época en los vestidos de ellas que en la ropa de ellos, más atemporal (¡ah, esas botas de media caña que no falten!). No dejen de reparar en este último sentido en el zurrón de Rodrigo, más que hipster o vintage, eternal, como la voz de quien lo encarnó.

Con la representación concluida, salió a recibir su ración de reconocimiento hasta parte del equipo de técnico de la casa. La función se había resuelto de una forma sobresaliente. La ópera se había reivindicado y con ella todo el mundo que la hizo posible. El público aplaudía en pie. Que así siga siendo por mucho tiempo. Y dejémonos ya de gilipolleces.

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