¿Qué es eso de la crítica musical?

La crítica musical según mundoclasico.com

Enrique Sacau

viernes, 22 de diciembre de 2017

Este texto es el último de una serie de artículos en los que nueve críticos de mundoclasico.com han accedido a responder a las preguntas: ¿qué es la crítica musical? y ¿por qué escribo crítica? El objetivo es reflexionar sobre las dimensiones éticas de la actividad de quien escribe y su función en el mundo de la música. Este artículo, el décimo, es una respuesta a los anteriores.

En los últimos tres meses un grupo de valientes colaboradores de mundoclasico.com ha tenido a bien responder a dos preguntas que planteamos el verano pasado el editor, Xoán M. Carreira, y yo como editor invitado de esta serie. Queríamos que reflexionasen sobre la función de la crítica y que compartiesen con los lectores los motivos por los que escriben. La función tiene, naturalmente, una dimensión ética, o quizás no, y de ahí que fuese la cuestión más interesante y aquella en la que había que mojarse políticamente. Con la pregunta sobre los motivos individuales, cada crítico ha tenido carta blanca para contar lo que le ha parecido. Resalto que una mayoría ha sentido la necesidad de decir que no lo hace por las entradas ni los discos gratis. Excusatio non petita, accusatio manifesta. En cualquier caso, mis nueve colegas han escrito esta serie gratis y sin recibir entradas ni discos, lo que puede que explique que uno de los colaboradores que aceptó el encargo nunca entregó su artículo ni respondió a mis cada vez más desesperadas solicitudes.

Voy a empezar yo también por los motivos personales y lo haré rompiendo filas con mis compañeros. Yo escribo casi exclusivamente por las entradas. Esto no ha sido siempre así, pero ahora mismo mentiría si dijese lo contrario. Mi llamada telefónica a mi querido editor (amigo, consejero, psicólogo, padre) suele tener que ver con algún viaje de trabajo en el que me coincide una ópera que quiero ver y para la que no quedan entradas a la venta. Es casi siempre un “¡Xoán, estoy en San Francisco, ponen Aida y no queda nada!”, seguido de escribir la reseña en el avión de vuelta. Si hay localidades disponibles, suelo comprarlas yo mismo y así puedo dormir durante el vuelo, una actividad que generalmente prefiero a la de contarles las últimas tropelías de Francesca Zambello. Hay excepciones: para ser editor de esta serie me presenté voluntario y no he recibido ni entradas ni discos.

Esto no ha sido siempre así: cuando empecé a escribir hace 20 años lo hice por muchos otros motivos que creo son igualmente respetables. Quería hacer carrera, quería satisfacer mi ego, quería asistir a espectáculos (entonces mi presupuesto no me permitía comprar entradas para todo lo que deseaba ver) y quería aprender. Pero si es cierto que todas las células del cuerpo se renuevan cada 7 años, esto sucedió hace casi tres Enriques. Y digo “respetables”, por autoindulgente que resulte, puesto que el “género” de la crítica musical es independiente de la intención y las motivaciones de su autor. Y del género depende la función, como en cualquier tipo de actividad y producto: las partituras cumplen una función distinta a las botellas de vino, como es obvio.

La crítica musical es un género literario: no es un cuarteto de cuerda, ni una serie de televisión ni, naturalmente, una botella de vino. Recojo así, con placer, el guante lanzado en sus artículos por Aníbal E. Cetrángolo y Javier Moreno. En su artículo Cetrángolo, crítico, musicólogo y músico, casi se disculpa por combinar la crítica con la música práctica. Los músicos, dice, son a menudo personas de cultura limitada que no saben escribir. Abundo en su argumento recordando que, más allá del prestigio social y cultural de la profesión, y a riesgo de recibir el paquete bomba de algún lector, hay una enorme diferencia formativa entre alguien que después de la educación secundaria dedica su vida a tocar la trompeta y otra persona que hace tres carreras, un doctorado y dedica su vida a leer. Ambas cosas no son incompatibles: uno puede tocar la trompeta y leer, pero quien frecuente conservatorios o haya entrevistado cantantes de ópera sabe que no suele ser así.

Entre los participantes en esta serie solo hay un músico profesional (y hace años que no ejerce). Hay dos profesores de educación secundaria (uno con novelas publicadas), dos profesores universitarios, dos empresarios, un traductor profesional de algo así como 150 lenguas y varios licenciados en derecho (si bien solo dos han ejercido como abogados). Todos tienen educación universitaria, tres tienen un doctorado (PhD). Tres de los colaboradores tienen una formación musicológica (dos de ellos con un PhD), si bien uno de los tres no ejerce como tal. Todos disfrutan de un nivel económico como mínimo medio (varios, alto o muy alto) y creo que todos viajan regularmente. Creo que ninguno es monolingüe. Cuatro han nacido en Argentina (si bien uno vive allí y los otros tres en Barcelona, Londres y Padua) y los otros 6 son españoles (uno de los cuales vive en Londres). El más joven tiene 38 años y el mayor 70. Lamentabilísimamente, solo hay una mujer en el grupo. Paco Yáñez habla en su artículo de la crítica musical como una vocación de hombres solteros: sin atreverme a jurarlo (¡quién se mete en estos jardines!), diría que 4 de los 10 lo son.

Nuestro crítico es, pues, varón, polígloto, viajado, con educación universitaria y de clase media-alta. Nuestro crítico no es un profesional de la música e, independientemente de que escriba por amor al arte (como declaran muchos de mis colegas) o por las viles entradas (como hago yo), nuestro crítico debe dejar de preocuparse por el mensaje que le pueda mandar un músico en el que le exige que demuestre sus credenciales musicales, su dominio de la armonía y el transporte. Un concierto no es una clase de solfeo y una crítica musical, por tanto, no es un informe de quienes ponen nota a los músicos. El crítico, como cualquier autor, debe intentar jugar en su terreno y no sentir la presión de cubrir “todo” pues “todo”, nos enseñan los posmodernos, no existe: cada uno tiene su “todo”. Varios críticos (Jorge Binaghi, Raúl González Arévalo y Gustavo Gabriel Otero) sintieron necesidad de señalar que hacer crítica de ópera y de un concierto de cámara es muy distinto. Tienen razón cuando dicen que se trata de géneros diferentes y que la ópera, que interesa particularmente a los tres, es posiblemente el más complejo (pues se trata de música y escena). También es cierto que uno tiene que intentar opinar sobre aquello de lo que tiene más que decir.

Hablando sobre la complejidad de la ópera, y centrándose en lo que cada uno considera su terreno, Agustín Blanco-Bazán y Binaghi no pudieron evitar entrar en el debate de “prima la musica e poi la parola” y establecer una jerarquía de modo más o menos explícito. Blanco-Bazán se decanta por el teatro y Binaghi por la música. Ambos llevan a su terreno al espectador, y el espectador no es quien asistió al mismo concierto (que a veces también), sino a quien lee sus artículos. Binaghi, Blanco-Bazán y todos nosotros estamos, a nuestra manera, dando un espectáculo. En ese sentido, el crítico tiene también una responsabilidad, dice Otero, con su comunidad y con los artistas que reseña, a los que debe tratar con la mayor objetividad posible dejando de lado las filias y las fobias de cada uno. Dicho esto, rompo una lanza por las filias y por las fobias siempre y cuando sean explícitas. Es parte del género, del pacto con el lector, y permite a quien escribe decir a quien lee: estoy mirando la realidad con esta o aquella lente, entiéndase pues lo que digo en este contexto concreto. La objetividad, ay, no existe, pero sí lo que los anglosajones llaman “self-awareness”. Esto es, el conocerse lo suficiente para saber de qué pie se cojea y el porqué de las filias y las fobias. La lente con la que mira Blanco-Bazán (que no es la mía) está clara y (como el Orestes de Sartre) la reivindica a la faz del sol: “creo en el arte comprometido y rechazo la banalidad como su peor enemigo”.

Los artículos de Paco Yáñez y Maruxa Baliñas son, también, de una gran honestidad genérica. Ambos exponen, Baliñas de modo explícito y Yáñez de modo implícito, la importancia del punto de vista. Baliñas nos cuenta de sus inicios, de la inocencia con la que quiso entender lo que hasta entonces se le antojaba oscuro y como quiso hacerlo en una revista dirigida por otra mujer, Luisa del Rosario. En un artículo rabiosamente subjetivo plagado de referencias literarias (sobre todo de vanguardia), Yáñez nos cuenta de su camino y se vende como un Quijote (consciente de serlo) que lucha todos los días por evangelizar: su Biblia, la música de “progreso” y la “modernidad”. Aquí la lente de Yáñez.

Estos dos artículos, algo pesimista el de Yáñez y optimista el de Baliñas, reivindican llanamente la subjetividad. El rey del nihilismo, en cuanto a títulos de esta serie se refiere, es Alfredo López-Vivié, que abre con la frase “No somos nada”. Bueno, el título iba a ser “Un soneto me manda hacer Violante”, pero se le adelantó Binaghi, quien acabó con una referencia a su propia mortalidad, nada nuevo en la prosa del argentino cuya pluma es prolífica en obituarios de cantantes: “Eso, si no me muero antes, que a estas alturas es algo cada vez más probable”, escribe Jorge sin ironía. Pero de vuelta a López-Vivié, su contribución es la que da coherencia (eso espero) a esta respuesta que escribo: "para escribir de música hay que saber escribir". En esto, Alfredo siempre da ejemplo y llena de vida crónicas de conciertos sinfónicos – lo logra incluso con Brucker.

Hay que saber escribir porque hay que saber comunicar. Lo que sea, me preocupa menos. Hay quien quiere informar (Otero), quien quiere calibrar cuidadosamente el mérito de una interpretación y así ayudar al público con sus dudas y decisiones (González Arévalo) y hay quien quiere también provocar (Blanco-Bazán). Agustín es en ese sentido la versión mundoclasico.com de Maruja Torres, “una mujer (en este caso un hombre) en guerra”. Dice que intenta que sus reseñas sean “un ejercicio de múltiple confrontación entre el crítico, los intérpretes, el público y el lector” y quién puede no estar de acuerdo. Como dice el eslogan del diario británico The guardian, uno lee el periódico para “be part of the conversation” (para ser parte de la conversación, literalmente, y de forma figurada, de la realidad, del presente que uno habita). “Como en la literatura o la filosofía —añade— todos debemos trabajar en común frente a una ópera o un concierto, para elucidar su valor intrínseco y representativo en nuestra circunstancia personal y social”. Dejando de lado la palabra “intrínseco” (para la que soy demasiado posmoderno pero con la que Paco quizás estaría de acuerdo), podría parar aquí y suscribir todo lo que dice.

Como ven, entre todos hemos ido dilucidando la función de este género literario. Mi tarea de responder ha sido, hasta el momento, fácil: no he hecho sino hilar y resumir. Quizás mi contribución es un punto de vista que se ha quedado fuera del debate. Retomo el argumento de que quien nos lee es un espectador: “la gente paga e rider vuole qua” (la gente paga y quiere reírse), que diría el protagonista de Pagliacci. En tanto que género literario, la crítica musical es también entretenimiento. Uno no se levanta el domingo por la mañana deseoso de leer el periódico solamente porque un articulista de confianza le va a decir lo que tiene que pensar de un debate político o un partido de fútbol. Al menos yo no lo hago. Yo me levanto de la cama, corro al quiosco y en cuanto llego a casa desvirgo ese enorme dominical con el ansia de pasar un buen rato y de que ese buen rato me aproveche en las cenas con amigos y reuniones de trabajo. Ansioso de que ese periódico contribuya a mi identidad, me ayude a definirme como quien soy. Quiero ser parte de la conversación. Me defino socialmente como alguien a quien le gusta tanto la ópera que, no satisfecho de ir a 50 representaciones al año, dedica tiempo a leer lo que han visto y oído otros. Y toma partido, y protesta y dice “¡qué idiota fulano que fue a ver Don Carlos y no entendió nada!”

Claro que ahora que les he hecho mi manifiesto, resultado de haberme obligado a pensar mientras editaba estos artículos, me siento en la necesidad a hacer examen de conciencia. Esto me ha llevado a re-leerme y, Dios mío, les debo a todos una disculpa. Me corté la coleta en enero de 2012 y desde entonces he escrito solo esporádicamente. Nadie que se declare parte de la industria del entretenimiento, como he hecho yo desvergonzadamente en este artículo, puede permitirse frases tan manidas como: “Rattle apostó por tiempos ligeros”, “inspirados cuerpos estables del teatro”, “una interpretación a este nivel se saborea con gusto” o “quien ha tenido el placer”. Como dice la copla, “era más cursi que un guante la señorita Adelina”. Gracias a mis compañeros de esta serie y a un poco de buena voluntad, hago propósito de enmienda. ¡Ay! ¡Acabo de caer en otro lugar común!

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