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Opinión

Homenaje a un genio que pretendió ser inolvidable

Antonia Ponti

viernes, 5 de enero de 2018
Giorgio Strehler © Wikipedia

Llegamos a Milán a finales de noviembre con el afán de asistir al homenaje que la ciudad y, especialmente el Piccolo Teatro, rendía al más mítico de sus fundadores, el gran Giorgio Strehler,con motivo de los 20 años de su ¿ desaparición física? Como buena conocedora del arte del “Maestro” abrigaba grandes expectativas, pero en Italia no deja de sorprender en el arte del olvido que es justamente, lo que esta tierra ejercita soberanamente con sus representantes más ilustres.

 El día 28 de octubre, El Piccolo Teatro comenzó el homenaje a este gran artista ofreciendo un recital de la cantante Ornella Vanoni, quien se formó en el Piccolo y para la cual el mismo Strehler escribiera la mítica canción: Ma Mi.

La Scala, a su vez, presentó El rapto del Serrallo con la famosa puesta en escena de Strehler. Y a partir del 23 de noviembre fue el mismo Piccolo Teatro el que, ya fuera en sus diversas salas como en el Palazzo Reale - donde se expusieron algunos de los extraordinarios trajes creados para las distintas obras que dirigió el “Maestro”- el encargado de los festejos para recordar a este enormís(s)imo reformador del teatro italiano.

Así, a través de la pantalla, pudimos revivir obras como: Arlequín, servidor de dos patrones de Carlo Goldoni. El jardín de los cerezos de Antón Chéchov, La historia de la muñeca abandonada de Strehler/Brecht/Sartre, La tempestad de William Shakespeare, Elvira o la pasión teatral de Brigitte Jaques de Jouvet, Los gigantes de la montaña de Luigi Pirandello, La isla de los esclavos de Marivaux entre otras.

Hubo también presentaciones en donde algunos artistas, autores e intelectuales testimoniaron la forma en que Strehler abordaba a los diferentes autores que llevó al escenario y trajeron a la memoria preciadas anécdotas. Así asistimos a la noche de Strehler y Chéchov, la noche de Strehler y Schakespeare, la noche de Strehler y Brecht, para terminar con la noche de Strehler y Goldoni.

La noche de Strehler y Brecht contó con el aporte invalorable del recuerdo de Andrea Jonason, gran actriz alemana y viuda del artista. La Jonasson confiesa no haber superado la falta del “Maestro” ya sea como compañero de vida, ya sea como el gran creador que fuera. Esta excelente profesional interpretó - en su tiempo - fantásticamente a los clásicos del teatro en lengua italiana y continúa haciendo teatro en Viena como una forma de sobrellevar el vacío de su vida. Jonasson recuerda que el 23.12.1997 sentados en la sala del - para la época – aún no inaugurado “Lo Strehler” ultimaban los ensayos del Così fan tutte.Dos días más tarde perdería al gran amor de su vida, al hombre con el que no tuvo hijos para defender el Piccolo; el mismo Piccolo que tras la muerte de Strehler sólo la invita para algún que otro acto recordatorio.

El periodista Maurizio Porro presentó su documental Strehler, il mago dei prodigi - a mi modo de ver – un trabajo simpático, abundante en entrevistas, que no aporta un Strehler desconocido. El recuerdo de Luca Ronconi – sucesor de Strehler en el Piccolo - en el marco de la documentación se subraya con una valoración comparativa de ambos directores de teatro. Algo absolutamente imposible, aunque Ronconi haya desempeñado correctamente su trabajo.

Stefano de Luca, un joven director, actor y autor rememoró en un monólogo de su autoría, el momento traumático de su exámen de admisión al Piccolo. Aquel día Stefano fue el último de los aspirantes en subir al escenario. Era muy tarde y el único que tenía energía en la sala era Strehler, quien le pide que cante. ¡Un horror!, Stefano desentona - como siempre -. Continúa una escena en donde se queda en blanco y no puede continuar. Strehler le pide entonces que haga pantomima y Stefano desespera; todo parece ir a la deriva. Strehler sube entonces al escenario y, en silencio, hace un movimiento a través del cual el joven entiende que el “Maestro” le echa un cable imaginario. El texto vuelve a la mente y Stefano concluye la escena. Es cuando un Strehler, dueño y “Señor” del escenario exclama: “ el De Luca ha capito”, “el De Luca ha entendido”. Stefano supera el exámen e ingresa a la escuela de arte dramático del Piccolo. Más tarde será asistente de Strehler y hoy sigue con gran capacidad sus propios pasos en el mundo del teatro. Todos estos datos que describen la labor del profesional se enmarcan en una vida que no siempre fue feliz.

Giorgio Strehler

Strehler nace en Trieste, en 1921, en el seno de una familia culta. Su madre es una violinista destacada y su abuelo materno, director del teatro Giuseppe Verdi de su ciudad natal. Giorgio tendrá una tata que hablará el alemán, la lengua de su padre, austríaco de procedencia. Su abuela materna es francesa, por lo que el niño inicia su vida en el conocimiento de tres lenguas europeas. La felicidad familiar inicial se verá turbada por la desaparición física del padre cuando Strehler contaba 18 meses de vida. Algunos años después será el abuelo materno quien partirá definitivamente. Es en este momento que Giorgio y su madre se trasladan a Milán. El niño tenía 7 años de edad. 

Un día su madre, pequeña, pero enérgica y de carácter hermético, lo lleva a ver un espectáculo de Max Reinhardt que el niño no olvidará y contribuirá definitivamente a desvelar su profundo amor por el arte escénico. Reinhardt era por aquel entonces una figura carismática en una Italia en donde el teatro estaba en manos de algunos actores que se repartían los roles “a piacere” y alquilaban las salas de teatro que pertenecían a gentes, que del teatro en sí, nada entendían ni pretendían entender.

Giorgio crece en una Italia fascista y pobre. Será un muchacho inteligente, sensible y un antifascista declarado. Muy temprano conoce en Milán a Paolo Grassi, un intelectual apasionado de teatro que, al final de la guerra, será su mano derecha en la gestión del Piccolo Teatro y principal fundador del mismo.

Giorgio ingresará en 1938 en la Accademia dei Fillodrammatici donde se formará como actor, labor que absolverá con mención especial, para luego actuar en las compañías de la época que se trasladaban en carretas de pueblo en pueblo. Esta experiencia marcará al joven y prometedor actor , quien percibe que el teatro italiano necesita figuras que dirijan a los actores y se decide a realizar esta función.

La segunda guerra mundial detiene un instante esta aventura de Strehler, que en 1943 logra pasar a Suiza en donde aprovechará al máximo ese momento en las bibliotecas ginebrinas para leer a los clásicos del teatro y especialmente a los autores políticos prohibidos por el fascismo en su país. En Ginebra funda su primera compañía teatral bajo el nombre de George Firmy, apellido de su abuela materna. La vuelta a casa en 1945 lo reúne con Paolo Grassi y Nina Vinchi, alma materna del Piccolo Teatro que fundarán en 1947.

El Piccolo surge como una respuesta de la postguerra. Será un lugar en donde algunos hombres dirán cosas a otros hombres, un escenario que estará al servicio de la reconstruccion de la unidad milanés, desmembrada por el fascismo. Y el Piccolo tendrá pretenciones, pues desea ser el primer teatro público italiano con ensemble fijo. El Piccolo desea construir..., reformar. Éste será el carácter de la institución en aquel momento. Paolo Grassi, Giorgio Strehler y Nina Vinchi serán los grandes estrategas que junto a un gran hombre político del momento, el alcalde de Milán Antonio Greppi – quien apoya el proyecto - lograrán hacer realidad la creación de este mítico teatro.

En ese fermento renovador Grassi y Strehler se lanzan a la gran aventura del teatro. En apenas doce días Strehler presenta El hotel de los pobres de Maxim Gorki y a partir de ahí, no cesará de trabajar inintirrumpidamente conjugando su actividad de director de teatro con el de director de escena en el campo de la ópera lírica. Este movimiento reformador del teatro, que en realidad había comenzado en Roma en el año 1936 con un crítico de teatro, Silvio D´amico, tendrá como exponentes principales a Giorgio Strehler en el norte y al no menos mítico Luchino Visconti en la capital del hermano país.

Strehler pone en escena a clásicos como Goldoni, Schakespeare, Brecht y convierte en éxito todo lo que aborda. Strehler es en realidad un genio en lo suyo. Vive para su teatro y para la ópera lírica en las que despliega todo su talento y logra un trabajo con los actores y cantantes de altísimo rango.

Su Arlecchino de Goldoni traspasa las barreras del idioma en USA, en Canadá, en América Latina, en la antigua Unión Sovietica, en China, en Egipto,etc.. El Piccolo será patrimonio cultural de una Italia de la libertad. Su versión de La Tempestad de Schakespeare, que presenta un Ariel -a mi gusto- insuperable, se alza como una bandera de paz, cuando se la repone en respuesta al secuestro y posterior homicidio del político italiano Aldo Moro. La versión de Strehler de la Ópera de los tres centavos de Brecht sorprende al autor de la obra quien declara que: “Strehler es seguramente el mejor director de teatro europeo.” Su trabajo con los cantantes en la ópera lírica originó el reconocimiento de grandes directores de orquesta del calibre de Riccardo Muti, Claudio Abbado y Lorin Maazel.

Strehler era un genio. Dicen algunos de sus actores que del calibre de Mozart, o sea, un alguien brillante, de una facilidad asombrosa a la hora de interpretar un texto, crear una escena, transformar la materia que tocaba. De otro lado parece haber sido un hombre infinitamente sensible que necesitaba desposeerse de una carga psicológica que lo invadía, a través de la cual, comunicaba con otros seres humanos. Este era el motor de Strehler: el contacto con otros seres humanos, ya fueran su público o sus actores a quienes tenía que transmitirles todo su ser; ese ser con grandes defectos e infinitas virtudes. Strehler era indulgente, muchas veces, vulgar; imponía a sus actores una disciplina férrea e interminables horas de dedicación. Con Strehler se sabía a la hora que se comenzaba a trabajar, pero nunca, cuándo terminaba la labor.

Strehler tocaba todos los palos de la dirección: desde el trabajo con el actor hasta la búsqueda infatigable de un color para luego hacer crear un traje. Las luces del escenario eran otra región que dominaba hasta el último detalle, estando al tanto de las más recientes de las novedades tecnológicas; era normal verlo subir al escenario y dedicar horas a charlar con los iluminadores sobre los detalles más ínfimos a tomar en cuenta en el evento teatral.

Siempre se rodeó de los mejores colaboradores del momento. Este es un detalle a tomar muy en cuenta si consideramos que las escenografías en tiempos de juventud de Strehler eran un simple telón en donde se pintaba un motivo alusivo al tema que trataba la obra. Es con esta reforma del teatro que los escenarios empiezan a tener profundidad, altura, espacio y el primer escenógrafo que considera Strehler para el Piccolo es Luciano Damiani, un genio solitario, ensimismado en su trabajo. Le sucede y, a veces se intercalan con Damiani, el no menos genial Ezio Frigerio. Damiani y Frigerio tendrán personalidades diferentes y a menudo Strehler se decidía por la libertad del concepto que se le ofrecía. Es así cuando Strehler aborda La ópera de los tres centavos de Brecht. Se sentía aprisionado en el concepto de la interpretación brechtiana. Damiani le ofrecía seguir la línea de Brecht. Es entonces que Frigerio aporta una propuesta más libre y el “Maestro” se lanza a crear una versión a la italiana de la ópera que sorprende al mismo Brecht, quien acude a Milán a presenciar los ensayos de su obra en el Piccolo y, desde la platea ríe y ríe; luego felicita a Strehler y le confiesa elogiosamente que no sabía que su obra fuera tan divertida.

 El Piccolo era su “Reino” y él, de su reino, el “Señor”. Eso, lo dejaba claro Strehler. Pero sin su reino, se sentía inválido, mutilado, inexistente. Sus actores me han contado que había momentos en que se quedaba en casa unos días y dejaba todo en manos de sus asistentes hasta reponer fuerzas y volver al ruedo. Otros hablan de que había días en que se lo veía ensimismado y era inútil saludarlo porque él seguía en su mundo, pero todos coinciden en el mensaje humano que subyacía en la búsqueda y el resultado teatral, por lo que se aceptaban los ensayos interminables y hasta el malhumor de un “Maestro” insustituible como una forma de enriquecimiento personal.

Casi diría que aún no he logrado hacerme una idea sobre su madre. Andrea Jonasson, viuda de Strehler, la recuerda como una mujer que no hablaba nunca, fumaba y hacía palabras cruzadas. De todos modos fue esa madre quien lo llevó a ver a Max Reinhardt y fue la misma madre, la que cuando tocaba el violín, se dejaba poseer tanto de la pasión de sus interpretaciones, que Strehler al verla desde la platea, desesperaba pensando que a su madre pudiera pasarle algo.

Sin duda la relación madre-hijo de Strehler fue un capítulo que él no logró resolver. De su madre nunca condenó nada, ni siquiera su hermetismo. Desde mi óptica, el niño que coexistía en el Strehler adulto, entabla una lucha de emociones que lo embargan desde muy temprano y que subyacen prohibidas en su inconsciente. En el espectáculo estas pulsiones prohibidas hallarán su libertad; y ejercitarlas encontrará una justificación en medio del evento teatral. Así todo se transforma; como una pasión que irrumpe en el escenario y destruye la distancia; algo que en la vida, él mismo no logra superar, ya que según me confirman quienes lo conocieron, era un hombre que no solía abrazar a nadie y que si lo lograba, se alejaba físicamente casi en forma inmediata del otro.

La vertiente política fue un punto cardinal en la vida de este hombre de teatro que se dedicará a ella por un breve período de tiempo, y que lo lleva a cultivar amistad con grandes políticos de su tiempo, entre ellos, Francois Mitterrand, quien propone a Strehler y a Jack Lang, ministro de cultura francés de la época, fundar : “Le Theatre de l´Europe”. Y se emprende el trabajo que concreta esta fantástica idea y que reúne el teatro italiano al de la escena europea. Pero los cuentos de hadas nunca son ciertos y así, Strehler, cultiva en el camino muchos enemigos también.

Tres golpes fuertes para el “Maestro”

 - En el campo de la lírica, un golpe de gran calado tiene lugar en 1974 en el marco del Festival de Salzburgo con Herbert von Karajan, quien como nos ha contado la viuda de Strehler, Andrea Jonasson, parecía no ver con buenos ojos la participación de Strehler en aquel evento artístico y le mandaba mensajes en donde trataba – hoy diríamos – de ningunear al “Maestro”. En esa ocasión La flauta mágica de Mozart abría el festival y no tuvo la resonancia que se esperaba, sobre todo por problemas de orden musical. La dirección del Festival de Salzburgo, según Jonasson, no protege a Strehler, quien abandonará para siempre aquel escenario, aún cuando tenía en vista proyectos muy ambiciosos allí. Y es que no todo son amores en los escenarios del mundo.

- La política italiana de los 90 necesita, si acaso, teatros de entretenimiento y Strehler ve en peligro el futuro de su creación. No serán pocos los días que perderá el sueño por esta razón e innumerables los febriles enfrentamientos con la política de su país. Mientras Europa lo confima con premios y honores, Strehler teme por su único hijo. 

- A esto se suma un juicio del Estado italiano por supuesto fraude agravado y malversación de fondos. Algo que lo obliga a refugiarse en Suiza. Finalmente será absuelto por falta de pruebas. Dolores que marcan, a un ya anciano coloso de la cultura europea, cuando Europa cotizaba al alza.

 Tras 18 años de promesas del Estado italiano, finalmente en enero de 1998 todo estará listo para abrir las puertas del teatro “Lo Strehler” Theatre de L´Europe, la mayor sala del Piccolo. El “Maestro” dirige los ensayos del Così fan tutte de su amado Mozart para su apertura y durante los ensayos sueña…, con la claridad de la música de aquel genio a quien siempre anheló encontrar en el cielo. La muerte lo sorprende en Lugano la noche del 25 de diciembre de 1997.

Strehler había colmado el Piccolo Teatro de amplio material sobre su vida y obra. De hecho hay un archivo copioso del Piccolo que se puede visitar en Internet, pero el material fílmico del trabajo de este gran hombre de teatro fue comprado por la RAI que lo mantiene…, “archivado”. Quizás haya sido mejor...

Durante estos festejos he visto material invalorable de este gran “padre” del teatro italiano, pero puedo afirmar, con dolor, que hoy, sólo los italianos de la tercera edad recuerdan a Giorgio Strehler. Los jóvenes, seguramente, han escuchado su nombre. Nada más.

En el Piccolo Teatro de la Calle Rovello no hay expuesta una foto importante en forma permanente del gran reformador del teatro italiano. La celebración del veinteño de su desaparición ha sido una reunión de nostálgicos ya muy mayores. Nosotros, a través de esta nota, abrigamos la ingenua pretención de desafiar por un instante el ovido de esta enorme personalidad del teatro italiano y del mundo.

¡Gracias!, querido “Maestro”, Giorgio Strehler.

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