España - Andalucía

Viena transatlántica

Raúl González Arévalo

martes, 9 de enero de 2018
Málaga, miércoles, 3 de enero de 2018. Teatro Municipal Miguel de Cervantes. Berna Perles, soprano. Coro de Ópera de Málaga (Salvador Vázquez, director). Orquesta Filarmónica de Málaga. Manuel HernándezSilva, director. Obras de Franz von Suppé (Obertura de Dichter un Bauer), Johann Strauss II (“Mein Herr Marquis” de Die Fliedermaus; Vals Rosen aus dem Süden; Polca Tritsch-Tratsch; Vals Künstlerleben), Franz Lehár (“Mein Lippen, sie küssen so heiss” de Giuditta; Vals Gold und Silber), Federico Chueca (Preludio de El bateo), Manuel Fernández Caballero (“Yo quiero un hombre” de El cabo primero), Federico Moreno Torroba (Chotis de La chulapona), Tomás Bretón (Preludio y Seguidillas de La verbena de la Paloma), Ruperto Chapí (“Carceleras” de Las hijas del Zebedeo), Amadeo Vives (Coro de románticos y Fandango de Doña Francisquita). Bises: Pablo Luna (“Canción española” de El niño judío), Giuseppe Verdi (Coro de gitanos de Il trovatore), Johann Strauss I (Marcha Radetzky). Concierto extraordinario de Año Nuevo. Aforo: 1.104 localidades. Asistencia: completo.
Manuel Hernández-Silva © Carmen Navarro

Manuel Hernández Silva es una persona comprometida. Su compromiso con la cultura (no solo la música) y la sociedad fue evidente desde su primera alocución al público tras los aplausos que le recibieron. Antes de dar comienzo al Concierto extraordinario de Año Nuevo el maestro, haciendo gala de una capacidad de comunicación y de un sentido del humor que pocas veces se observa desde el podio, defendió con convicción la necesidad de retomar definitivamente el proyecto de construcción de un auditorio en San Andrés para que constituya la sede definitiva de la Filarmónica de Málaga. La formación, actualmente y desde hace años, ensaya en un local que está lejos de reunir las características ideales para su trabajo, por decirlo suavemente. No olvidó el argumento principal que asusta en general a los políticos, el dinero, esgrimiendo con vehemencia el papel de la cultura también como motor de desarrollo económico. Desde aquí nos sumamos a esta petición, que es una reivindicación cultural ciudadana desde que tengo memoria musical.

No fue su única intervención, fueron varias las ocasiones en las que Hernández Silva explicó el programa que había diseñado, con una primera parte dedicada a la opereta vienesa (von Suppé, Strauss II, Lehár) y una segunda a su prima directa, la zarzuela (Chueca, Fernández Caballero, Moreno Torroba, Bretón, Chapí, Vives), sin tratar en ningún momento ninguno de los dos géneros como hermanos “pequeños” (por no hablar de otros adjetivos más condescendientes, cuando no despectivos) de la ópera. Lo mejor fueron sus ilustraciones sobre la influencia en los compases vieneses del fandango y su ritmo 6/8, procedente de lo que definió acertadamente la “España transatlántica” como expresión de una cultura común iberoamericana. Fue una relación más evidente en el aria de Giuditta de Lehár. En sentido inverso, señaló las conexiones de la zarzuela con Centroeuropa: el chotis como expresión tan popular como el vals y la polca. Una clase magistral inesperada que el público disfrutó gracias a la simpatía del maestro.

La interpretación musical siguió los mismos derroteros. La formación y el conocimiento profundo de Hernández Silva del repertorio y el ambiente musical vienés de la Belle Époque fueron una garantía de estilo que tuvo sus mejores resultados en la famosa polca Tritsch-tratsch y en el delicioso vals Oro y plata, tan pocas veces escuchado en nuestro país, interpretados con pasión. La otra guinda de la primera parte fueron las intervenciones de la soprano Berna Perles, aquejada de un fuerte enfriamiento que no quiso anunciar al público y que apenas se dejó notar en la tirantez del sobreagudo que culminó el aria de El murciélago. Más cómoda estuvo con la de Giuditta, donde se pudo apreciar con mayor plenitud la homogeneidad entre los registros, con unos graves bien apoyados, un centro sólido y unos agudos timbrados; pero, sobre todo, la calidad de las medias voces y la capacidad para filar el sonido y sostenerlo “a fior di labbra”. Alta escuela.

En un momento de gran debate político, muy español y mucho español, demasiadas veces agrio, se agradece el acercamiento fresco y convencido a la zarzuela, cuya calidad se defiende sola, sin recurso a artificios patrioteros ni falsos casticismos. La Filarmónica de Málaga sonó con la misma calidad que en la primera parte, en la que se resolvieron rápidamente algunos desajustes puntuales entre los vientos en la obertura de Poeta y aldeano de von Suppé. La percusión fue un espectáculo y las cuerdas dieron cuerpo a un sonido cálido. El Coro de Ópera se lució en sus dos intervenciones, las famosas “seguidillas” de La verbena de la Paloma y el “Coro de románticos” de Doña Francisquita, reservando lo mejor para los bises: el “Coro de gitanos” de Il trovatore de Verdi, la única pieza de ópera que se coló en el programa. De la misma manera, tras dos arias en las que demostró un dominio total del estilo, Berna Perles remató con una “Canción española” de El niño judío fantástica, en la que pudo hacer gala mejor del virtuosismo del que es capaz, tanto en las difíciles agilidades como regulando el sonido. De remate, la Marcha Radetzky con Hernández Silva dirigiendo las palmas del público, por si alguien se había olvidado de que se trataba del concierto de Año Nuevo. Prost!

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