Alemania

El año de las tarantelas

Juan Carlos Tellechea

martes, 9 de enero de 2018
Gelsenkirchen, lunes, 1 de enero de 2018. Musiktheater im Revier, de Gelsenkirchen (Cuenca del Ruhr). Solista Judith Stapf (violín). Maestro de ceremonias, Markus Wallrafen. Orquesta Neue Philharmonie Westfalen. Director invitado Marc Niemann. Jacques Offenbach (1819 – 1880), Obertura de Orphée aux enfers. Émile Waldteufel (1837-1915), Vals de los patinadores, opus 183. Johann Strauß (hijo) (1825-1899), Obertura de El murciélago, opus 362. Emmerich Kálmán (1882-1953), Obertura de Condesa Mariza. Pablo de Sarasate (1844-1908), Aires gitanos, opus 20, para violín y orquesta. Franz von Suppé (1819-1895), Obertura de Poeta y aldeano. Gioachino Rossini (1792-1868), La Danza. Arthur Sullivan (1842-1900), Obertura de Ruddigore. Johann Strauß (padre) (1804-1849), Galope de los chinos, opus 20, y Marcha Radetzky (propina). Franz Lehár (1825-1899), Obertura de El país de las sonrisas. Paul Lincke (1866-1946), Aires de Berlín (propina). Concierto de Nochevieja y Año Nuevo de la orquesta Neue Philharmonie Westfalen. El encanto de la opereta. 100% del aforo.
Marc Niemann © Kaupo Kikkas

El 2018 comenzó con muy buen humor y la magia de la música de operetas en el Musiktheater im Revier, situado sobre la plaza Kennedy, de Gelsenkirchen, en el corazón de la Cuenca del Ruhr. El concierto estuvo a cargo de la orquesta Neue Philharmonie Westfalen, dirigida por Marc Niemann, especialmente invitado para esta oportunidad. El simpático presentador de la velada fue Markus Wallrafen, quien hoy libraba como jefe de la sección de violines segundos de ese colectivo musical y se encargó, con un estilo muy suelto y fluido, de mantener la tensión humorística en la abarrotada sala grande del teatro, el más hermoso de esta región carbonífera.

Como toda ciudad de tradición obrera que se precie de tal en Alemania, Gelsenkirchen adora apasionadamente el fútbol y su club local es el albiazul Schalke 04 (gran rival del Borussia Dortmund, BVB, 09), fundado en 1904 en el distrito minero del mismo nombre, La hilaridad de la platea fue incontenible cuando el maestro de ceremonias, antes de presentar La Danza, compuesta por Gioachino Rossini en 1835 e inspirada en el ritmo de la tarantella napolitana, evocó con mucha sorna que este año los italianos se dedicarán a bailarla furiosamente en casa (mamma mia, salta, salta, gira, gira, frinche, frinche), mientras todos miraremos el Campeonato Mundial de Fútbol de Rusia.

Abrió la velada de casi dos horas de duración, la Obertura de Orphée aux enfers, opéra bouffon en dos actos del genial Jacques Offenbach, con libreto de Hector Crémieux/Ludovic Halévy, estrenada en París (Bouffes-Parisiens, Salle Choiseul) en 1858, y después revisada como opéra-féerie en cuatro actos (París, Gaîté, 1874), cuyo final se convirtió en el celebérrimo cancán.

Uno de los puntos culminantes, al final de la primera parte del recital, fue la exquisita, delicada y precisa interpretación de Zigeunerweisen (Aires Gitanos) para violín y orquesta en do menor, escrita por Pablo de Sarasate en 1878 y estrenada en aquel mismo año en Leipzig, a cargo de la jovencísima, prodigiosa solista Judith Stapf (Rheinbach/Renania del Norte-Westfalia, 1997), formada primero en Colonia, y actualmente en la Academia Barenboim/Said de Berlín. Basada en la música gitana y en especial en las csárdás, esta famosa y exigente obra de Sarasate de 10 minutos de duración es una de las predilectas entre los grandes virtuosos del violín. Stapf toca un Andrea Guarneri de 1663 que enamora al instante por sus hermosas notas altas, la oscura y rica resonancia en las cuerdas graves, su timbre brillante, dulce, potente, refinado, rico, ligero, oscuro y penetrante; y por sus casi inagotables posibilidades para la expresión como las que demanda la composición de Sarasate.

El programa saltó de un entrañable tema a otro, siempre con acotaciones y comentarios de Markus Wallrafen muy versados sobre historia de la música e impregnados de muy buen humor. Wallrafen es muy apreciado localmente no solo como excelente violinista, sino también por su elegante vena de presentador, con la que reiteradamente ha animado estos conciertos de Año Nuevo.

El director Marc Niemann y la Neue Philharmonie Westfalen fueron desgranando una a una, con mucha entrega y una notable profusión de matices, la Obertura de El murciélago, de Johann Strauß (hijo), estrenada en 1874 en el Theater an der Wien, una de las creaciones magistrales del mundo de la opereta; el Vals de los patinadores (1882), el más célebre de Émil Waldteufel, inspirado en la pista de patinaje del Bois de Boulogne y certero evocador de románticos paisajes invernales; la Obertura de Condesa Mariza (1924), obra maestra de Emmerich Kálmán y una de las más bellas operetas austro-húngaras; así como la Obertura de Poeta y aldeano (1846), de Émil von Suppé, cuyas óperas han pasado casi al olvido, pero que no ocurre lo mismo con sus preludios.

Así desfilaron también ante la platea los acordes de la Obertura de Ruddigore o La maldición de la bruja, de Sir Arthur Sullivan, una de las óperas cómicas del londinense Savoy, que se destaca por ese equilibrio en la expresión, de refinado sentimentalismo y humor; el Galope de los chinos, la polca de Johann Strauß (padre); y la Obertura de El país de las sonrisas, otro homenaje a los habitantes de ese gran país, convertido hoy en uno de los más importantes socios comerciales de esta región, y con una de las arias de habla alemana más enternecedoras y apasionadas de que se tenga recuerdo, Dein ist mein ganzes Herz (Tuyo es todo mi corazón).

Al final la orquesta y el director Niemann tuvieron que entregar dos generosas propinas ante los estruendosos aplausos, ovaciones y expresiones de aprobación de más de un millar de espectadores: la popularísima Aires de Berlín, de la opereta Frau Luna (1899), de Paul Lincke, convertida en un himno a la capital alemana; y la también muy popular Marcha Radetzky (1848), de Johann Strauß (padre), en honor al mariscal de campo y conde Joseph Wenzel Radetzki, quien durante la revolución de 1848-1849 salvó de una segura derrota al poderío militar austríaco en el norte de Italia. La marcha, símbolo del nostálgico y trasnochado nacionalismo austríaco, sigue cerrando los conciertos de Año Nuevo en Viena.

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