España - Galicia

Tomando el testigo de la historia

Paco Yáñez

jueves, 11 de enero de 2018
Ferrol, jueves, 11 de enero de 2018. Auditorio de Ferrol. Sayaka Shōji, violín. Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. Krzysztof Penderecki, director. Krzysztof Penderecki: Concierto para violín Nº2 "Metamorphosen". Antonín Dvořák: Sinfonía Nº7 en re menor opus 70. Ocupación: 70%.
Krzysztof Penderecki © 2018 by Antonio Lorenzo

Ejemplar fin de semana, el primero del 2018, en lo que al trabajo de las jóvenes orquestas españolas con grandes compositores de nuestro tiempo se refiere. Si en Pamplona la Joven Orquesta Nacional de España ensayaba mano a mano con José María Sánchez-Verdú su partitura para gran orquesta y cinco grupos instrumentales espacializados Desheret (2016), en A Coruña la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia acometía los últimos ensayos del concierto que hoy reseñamos, con el compositor polaco Krzysztof Penderecki (Dębica, 1933) sobre el podio.

Cierto es que Penderecki llegaba a la ciudad herculina con buena parte del trabajo realizado, pues su asistente, Maciej Tworek (batuta con una amplia experiencia en las partituras de su compatriota, como demuestra su discografía para el sello Dux), llevaba días ensayando de forma intensiva con los jóvenes músicos de la OJSG, en jornadas de mañana y tarde, un programa cuya dirección en el concierto celebrado en el Auditorio de Ferrol asumiría un Penderecki que se puso al frente de la orquesta desde el sábado 6 de enero hasta el propio día del concierto. Ese intenso régimen de trabajo se hizo patente en la primera parte del programa, que puso sobre los atriles de la OJSG el Concierto para violín Nº2 "Metamorphosen" (1992-95) de Krzysztof Penderecki, una obra claramente escorada hacia los presupuestos más conservadores del compositor: una deriva que, como señaló en su día Wolfram Schwinger en sus notas para la primera grabación discográfica de este concierto (Deutsche Grammophon 453 507-2), comienza con una página análoga: el Concierto para violín Nº1 (1976-77, rev. 1987); partitura a la que, en el periodo que considero más interesante en el catálogo del polaco (sus obras gráficas de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta), podemos contraponer el furibundo y dificilísimo Capriccio para violín y orquesta (1967), una pieza de gran enjundia técnica y una inventiva artística mucho mayor que la de los conciertos para violín. Si aquel primer concierto estaba dedicado a Isaac Stern, este segundo fue escrito por Penderecki para Anne-Sophie Mutter, siguiendo con su costumbre de componer sus páginas concertantes pensando en las posibilidades técnicas y expresivas de instrumentistas a él cercanos (e internacionalmente prestigiosos), como ya había sucedido con su Concierto para violonchelo Nº1 (1972), dedicado y estrenado por Siegfried Palm; o con el Concierto para violonchelo Nº2 (1982), página escrita para (y dada a conocer por) Mstislav Rostropovich.

En el Auditorio de Ferrol, fue la violinista japonesa Sayaka Shōji, la más joven ganadora (en el año 1999) del Concurso Paganini, quien se hizo cargo de la parte solista, mostrando una perfección técnica endiablada (sus pizzicati y arpegios sobre el diapasón sonaron con una delicadeza y un ataque increíblemente precisos). En los días previos al concierto, un buen conocedor de la música japonesa me había hablado en términos muy elogiosos de Sayaka Shōji, y la verdad es que sus buenos augurios se confirmaron, especialmente en lo que a mecanismo y digitación se refiere, ambos portentosos, como la afinación de la nipona, capaz de matices delicadísimos en una partitura en absoluto sencilla para su atril solista. En lo expresivo, quizás se echa en falta en la lectura de Shōji más de calidez, protagonismo y efusividad: los que conocemos a la dedicataria de la obra, Anne-Sophie Mutter, especialmente a través del registro fonográfico para la Deutsche Grammophon antes citado. Si Mutter es más lírica y -siguiendo a Wolfram Schwinger- rapsódicamente expansiva, rescatando ecos, al tiempo, acusadamente sombríos en su lectura (los que retoma de los motivos iniciales de la orquesta, señalando de forma más contrastante la metamorfosis lumínica de estos seis movimientos ininterrumpidos en los que destaca sobremanera como solista); Sayaka Shōji se ha insertado en la OJSG de un modo más esfumado y comedido, sin adquirir tanta presencia como la rutilante violinista alemana en su registro fonográfico de 1997 con la London Symphony Orchestra (grabación, en todo caso, que se intuye manipulada en sala de mezclas para reforzar su voz solista). En lo que no hay duda, es en la obligatoriedad de destacar la ejecución de la meditación para violín solo que Sayaka Shōji ataca en el último movimiento del concierto, 'Andante con moto'. En manos de la violinista japonesa, este pasaje se convierte en una verdadera cadencia en la que "Metamorphosen" implosiona, sintetizando muchos de sus pasajes previos, incluidas las propias voces orquestales. Como en el resto de su interpretación, volvieron a primar, en tan destacados compases para su instrumento, un mecanismo sonoro de orfebrería, una impoluta afinación, y una impresionante perfección técnica y estructural a la hora de condensar los principales temas del concierto.

El hecho de que Sayaka Shōji haya sonado tan empotrada dentro del efectivo orquestal se debe, en buena medida, a la magnífica interpretación que esta noche la OJSG nos han brindado: una de las mejores que recuerdo a una orquesta juvenil española en el repertorio contemporáneo (sensación corroborada tras el concierto por el propio compositor, que me manifestaba su satisfacción con la calidad de estos músicos). No cabe duda de que Penderecki sabe cómo realzar su música y qué aspectos han de primar en los relieves de su concierto (algo que, como veremos, la segunda parte del programa distó mucho de alcanzar). "Metamorphosen" es una página, dentro del periodo tardío de Penderecki, especialmente canónica en lo formal: tanto en el proceso continuo de fuga y contrapunto que se da entre las diversas secciones orquestales como en lo referido a la relación temática y al diálogo entre solista y orquesta. Se hace difícil destacar, por el extensivo uso que Penderecki realiza de toda la plantilla, a una sección de la OJSG, pero no cabe duda de que, dentro de una cuerda soberbia, violas y contrabajos han brillado a una altura propia de orquestas profesionales: afianzando los temas fugados y sus diversas variaciones de forma muy compacta y bien fraseada, así como dotando de muy sugerentes colores, ocres y oscuros, al conjunto. Otra sección que no puedo dejar de alabar es la de percusión, ya desde las primeras resonancias metálicas que, como una vibración sombría y amenazante, exponen en los compases germinales de la partitura. Comparada con las piezas de los años sesenta (especialmente en lo referido a escritura para cuerdas), "Metamorphosen" es una obra extremadamente convencional en lo tímbrico. Dentro de tan escasa inventiva orquestal (decepcionante, en un compositor que nos ofreció tan provocadoras y tensas texturas en los comienzos de su carrera), los efectos percusivos trazan algunos de los colores más interesantes de este concierto. Así pues, la contundencia expresiva, la respiración a pulso con solista y restantes secciones, y la adecuación técnica de los jóvenes percusionistas de la OJSG han ayudado a realzar los resultados finales esta noche escuchados, en lo que a los aspectos menos convencionales tímbricamente se refiere. A ello han colaborado, asimismo, sus compañeros en los metales, en los escasos pasajes en los que la obra se arrebata y alcanza unos clímax que, por muy convincentes que hayan sonado en manos de estos esperanzadores músicos, no dejan de ser tan previsibles y efectistas como toscos y anodinos, recayendo una y otra vez en lugares estructurales comunes ya agotados (rítmicamente sincopados hasta lo exasperante) de la tradición concertante occidental.

En todo caso, y aunque uno no comulgue estilísticamente con una página tan obsoleta como este Concierto para violín Nº2 de Krzysztof Penderecki, es siempre interesante el comprobar cómo las nuevas generaciones de músicos se acercan e interpretan con total fluidez y naturalidad el repertorio de su/nuestro tiempo (desde el que deberán construir la música del futuro), en cuya historia (que es amplia y comprensiva) el compositor polaco ocupa, a la par (hombre de múltiples rostros compositivos que es), un puesto destacado, por quien fue hace décadas, y un lugar más bien discreto (y soy hasta eufemístico), por quien en los últimos años ha sido. El contacto con figuras con un bagaje compositivo y cultural como el de Penderecki debería ser algo más frecuente en las programaciones de nuestras orquestas jóvenes (y en las de las profesionales, no pensemos que el aprendizaje y la formación continua son algo restringido a juventud e infancia), no sólo por los aspectos puramente musicales relacionados con las técnicas y los rudimentos expresivos de su contemporaneidad, sino por el contacto directo con la historia que ello propicia, abriendo a estos jóvenes la posibilidad de conversar con una figura que vivió en primera persona el comunismo, los conflictos políticos y culturales de la Guerra Fría, los años de la avantgarde y su rechazo (por parte de algunos; entre ellos, del propio Penderecki), etc. Quiero creer que todo ello ha formado parte, además del leer y ejecutar partituras musicales, de estos días de convivencia entre compositor y jóvenes intérpretes...

...la cuestión (y, como veremos, el problema) es que Krzysztof Penderecki, que se sabe una parte sustancial de la historia de la música en la segunda posguerra, tiende a tomar la batuta para dirigir partituras, destacadamente, de la tradición centroeuropea. Es algo que ya realizó en anteriores conciertos con las orquestas profesionales gallegas, con resultados interpretativos más bien mediocres (en buena medida, salvados por las rutinas afianzadas en los músicos tras reincidir, temporada tras temporada, en páginas clásico-románticas que ya tocan de forma automática), pues las dotes de Penderecki como director (más allá de su propia música) no son muchas. Esto quedó de manifiesto en la segunda parte del concierto, en la que escuchamos la Sinfonía Nº7 en re menor opus 70 (1884-85) del compositor checo Antonín Dvořák (Nelahozeves, 1841- Praga, 1904), página que, afortunadamente, da mucho más de sí que lo escuchado esta noche.

Ya desde el 'Allegro maestoso' inicial, las limitaciones de Penderecki como director se hicieron palpables, destacadamente en cuanto a construcción del edificio sinfónico, desapareciendo por completo planos, realce y sentido de las voces principales, y las estructuras básicas, ya no sólo armónicas, sino melódicas. Por tanto, un edificio sinfónico arruinado en la majestuosidad que conocemos en esta página gracias a dvořakianos de pro como Carlo Maria Giulini (sublime, su grabación del año 1977 con la London Philharmonic), Rafael Kubelík, István Kertész, Jiří Bělohlávek, etc. En buena medida, esa confusión temática a la hora de tramar las distintas partes de la sinfonía provino de una batuta confusa y poco clara (es de suponer que los ensayos se han centrado mayormente en "Metamorphosen"), y no creo pecar aquí, al afirmar esto, de ese localismo provinciano que tanto se estila en la prensa gallega, pues no me duelen prendas en señalar, paralelamente, que las trompas de la OJSG estuvieron a un nivel deficiente en los dos primeros movimientos, sin que la dirección de Penderecki, cierto es, les ayudara a tomar conciencia de su importancia ni a conocer los compases en los que adquirir un mayor protagonismo (además de sumar las habituales pifias en un instrumento de tan difícil -al menos, por estas latitudes de Europa- sometimiento).

Misma situación en un 'Poco adagio' expuesto, como la mayor parte de la sinfonía, con un tempo rápido que no ha buscado ningún tipo, ya no digamos de rubato, sino de inflexión expresiva o flexibilidad en el fraseo, resultando de ello una versión rígida y robótica que le hace a uno cuestionarse qué sentido tiene programar una obra así cuando lo escuchado en la primera parte del concierto había sonado realmente convincente. Así, este adagio ha carecido de aroma y poética, siendo de nuevo borroso, con la sensación de escuchar un marasmo de secciones orquestales carentes de jerarquía sonora, reincidiendo la dirección de Krzysztof Penderecki en una total carencia de sentido formal. Por otra parte, las indicaciones expresivas -en este movimiento tan importantes, aunque este defecto se extendió a toda la obra- se ven muy limitadas por el hecho de que Penderecki está constantemente cambiando de mano para marcar el tempo, imprimiendo esa velocidad unificada carente de vida y dificultando al músico el afianzarse en una gestualidad de referencia. Así, mano derecha y mano izquierda se alternan, una y otra vez, en una costumbre tan poco habitual en directores de nivel, homogeneizando y desdibujando cualquier perfil poético en un 'Poco adagio', como el inicial 'Allegro maestoso', malogrado.

En el 'Scherzo-Vivace' las cosas mejoraron ligeramente, en un movimiento más directo y a pulso compartido, en el que la orquesta respira de forma más enérgica, sincopada y unidireccional, mostrando el brío de estos chicos y una espontaneidad a la hora de dar rienda suelta a sus instrumentos que es de agradecer (y que tanto se echa en falta en las orquestas profesionales gallegas, progresivamente anquilosadas con el paso de los años). Ello ayudó a que los jóvenes músicos de la OJSG encontrasen con mayor facilidad su lugar en el edificio sinfónico, a que sus voces respetaran las jerarquías temáticas, y a que el resultado conjunto se pareciese aquí un poco más a lo que desde hace décadas conocemos en las tradiciones dvořakianas más aquilatadas. Ahora bien, poco duró este atisbo de mejora (de la mano, también, de un mayor lirismo), pues el 'Finale-Allegro' nos devolvió a una masa sinfónica amorfa y desestructurada, en la que se dio, eso sí, una situación muy curiosa: al carecer la interpretación de una estructura definida al uso, voces habitualmente secundarias se igualan a las principales (aquí no respetadas ni temática ni dinámicamente), de forma que resultan audibles motivos y fraseos que la mayor parte de los directores más conocedores de esta Séptima sinfonía tejen en un segundo plano. Los temas expuestos por los segundos violines son un claro ejemplo de esta equiparación temática, pues es difícil escucharlos con tanta preponderancia en versión alguna de la obra, a todas luces sin sentido, pues pierden su carácter de apoyatura del entramado armónico para alzarse, por momentos, como una voz principal. Destacar, en los pasajes finales, a los metales, con apariciones rotundas y nobles, así como a unas maderas que me han parecido lo mejor y lo más en su sitio en la lectura de este opus 70. Todo ello nos condujo hacia una coda epítome de lo hasta aquí expuesto: calamitosa y sin sentido estructural alguno, ni en la recapitulación temática ni en la progresiva pujanza hacia la rúbrica conclusiva a una Séptima sinfonía cuya concepción interpretativa (que no la hubo) es preferible olvidar.

Visto, así pues, lo visto, mejor hubiese sido que el programa de esta noche en Ferrol, como el de la Orquesta Sinfónica de Galicia cuatro días más tarde, lo hubiesen conformado únicamente partituras del propio Krzysztof Penderecki; además de obras de mayor enjundia dentro del catálogo del compositor. Teniendo en cuenta que la OJSG es un proyecto no sólo artístico, sino formativo, no hubiese estado de más el trabajar las impactantes técnicas extendidas de las partituras firmadas por Penderecki en los años sesenta (páginas con ya más de medio siglo de historia), haciéndolo de la mano de uno de sus implementadores más eficaces y consecuentes (hasta que sus derroteros estilísticos se fueron por unos cerros neoconservadores de los que muchos descreemos). Ello facilitaría a nuestros jóvenes intérpretes una mejor y más amplia formación, dominando técnicas instrumentales cada vez más demandadas en las audiciones de las orquestas europeas más comprometidas con el repertorio actual (por supuesto, no las gallegas; pero sí, en el ámbito de nuestra eurorregión y dentro de una profesión con tanta movilidad laboral como la de músico, la Orquestra Sinfónica do Porto). Ahora que lo ideal sería, viendo la calidad que atesoran estos chicos y estas chicas, que progresivamente se fuesen incorporando tanto a Orquesta Sinfónica de Galicia como a Real Filharmonía, toda vez que tan importante caudal de talento no está encontrando el sitio que merece en nuestras orquestas (con atriles que claman por su renovación) y sí en numerosos conjuntos europeos ávidos de unos músicos cuya formación tanto esfuerzo presupuestario supone para las arcas publicas cada año...

...mientras esperamos a que tal escenario se revierta (cortando una fuga de talentos endémica en España que se ha agravado durante la actual crisis económica), nuestra más inmediata cita con Krzysztof Penderecki es el viernes 12 de enero, día en el que el polaco se pondrá al frente de un programa (por fortuna) monográficamente dedicado a su obra, en el que la Orquesta Sinfónica de Galicia interpretará Polymorphia (1961), el Concierto para violonchelo Nº2 y una Sinfonía Nº2 "Wigilijna" (1979-80) más afín al Concierto para violín esta noche escuchado en Ferrol en tan notable versión de la OJSG, por lo que el abanico estilístico se ampliará y hará más atractivo. En su momento, se lo contaremos.

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